Capítulo 1: La casa encantada

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El guante de cuero dio buena cuenta del barro que quedaba sobre la hombrera de la sotana. Un gesto medido, acostumbrado, y la mano volvió a su posición a la barra de madera para asirse con seguridad. Odiaba los viajes en esos antiguos carromatos, tirados por un solo caballo, que traqueteaban durante todo el camino tropezando con piedras y socavones de la no pavimentada calzada que todavía quedaba por recorrer. Calculaba que, al menos todavía, estarían una hora y poco serpenteando por los caminos rodeados de verdes planicies hasta llegar a la hacienda de Warks, que era mi destino. Me preguntaba si la fermosa tierra del bardo de Avon había lucido igual de bella que ahora, con todos los excrementos de caballos alrededor y el cargamento de verduras que había quedado volcado sobre el camino que habían pasado hacía cinco minutos.

―Y, óigame, padre ―dijo la exageradamente carrasposa garganta protegida por un cuello lleno de arrugas.

Esa parte era la que más me molestaba. Tener que confraternizar con todos aquellos que me acompañaban, de alguna manera u otra, en el viaje. No es que el oficio fuera muy agradable, pero aquello era lo que más detestaba. El contacto con el resto del mundo era toda una ciencia sin descubrir para mí. ¿Cómo podía comportarse con tanta normalidad el resto de humanos? Eso, eso, no lo sabía. Yo solo intentaba imitar, en la medida de lo posible, los comportamientos que había aprendido, por excesiva repetición, en el mundo que me rodeaba. Aun y así, parecía que, a veces, no era suficiente. No lo era. Había intentado mantener un semblante serio, de religioso experimentado y poco hablador. Sin embargo, aquel granjero que había aceptado llevarme por algunos peniques y el brillo oculto de un chelín como promesa del final de destino tenía ganas de hablar. ¡Y vaya si tenía ganas de hablar! Solo me había salvado de su cháchara al fingir que rezaba un padrenuestro, cosa que, reconozco, no hacía desde mucho tiempo atrás.

―Dígame, buen señor, ¿qué desea? ―pregunté con educación y amabilidad, quizás, excesivas.

―Estaba yo pensando ―dijo, rascándose la cabeza―. ¿Por qué usted no lleva eso al pescuezo?

―¿Eso al pescuezo?

―Sí, hombre, sí, eso, eso ―insistía, girando y desviando la vista del camino, soltando las riendas, y señalando al cuello.

―¿Eso? ―Entiendo. Una descripción magnífica de lo que creía que se refería a mi alzacuellos.

La gente tenía la manía de fijarse en los más ínfimos detalles para hacer sus molestas preguntas. Algo que, con sinceridad, detestaba. No me gustaba que la gente se quedara mirando o preguntara cosas sobre mí. Era algo que sucedía con asiduidad. Al fin y al cabo, todo mi cabello que llevaba algo más corto y por encima de los hombros, destacaba. No lo suficiente como para hacerme una coleta, pero lo suficiente para que ondeara ante los rápidos pasos de una persecución. Mas no era la forma en lo que la gente más se fijaba, sino en el más puro blanco color de su tonalidad. Con una cabellera tan notoria, a uno le era difícil pasar desapercibido.

―Se refiere a...

―Eso, claro, hombre ―dijo él, riendo y girándose a mirar a la carretera al ver que se había retirado demasiado a la derecha―. Usted, sí que se lo sabe.

Suspiré. No sabía muy bien cómo tratar con la mayoría de personas; ese granjero hablador no era una clara diferencia. Podía entender, eso sí, que su vida de granjero fuera monótona y que la promesa de unas monedas le hubiera sacado de su campo y ahora, olvidándose del premio y solo disfrutando del cambio en su monotonía, le entrara la flojera y las ganas de hablar de lo que fuera. Pese a ello, detestaba tener que mantener la compostura con la gente a mi alrededor.

―No llevo alzacuellos porque no soy sacerdote.

―Ah ―dijo de pronto el granjero―. Es usted uno de esos seminararios.

De Humanos y Monstruos - Lágrimas de Nieve¡Lee esta historia GRATIS!