El diario de Alistair

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Sobrevivir al fin del mundo es algo tan cruel como paradójico. ¿Qué sucedería si la Humanidad se viese destruida por culpa de su propio poder, qué pasaría si finalmente todo el progreso acumulado y el egoísmo de las personas por conseguir su propio bienestar se viesen revertidos, y acabasen con nosotros tan rápidamente como podemos chasquear los dedos?

“El fin”, es lo que la mayoría de la gente diría. “Se acabó”, y, a pesar del dolor, no habrá más que llorar hasta que llegue, pues no habrá un mañana. El problema fue que, en nuestro caso, sí que hubo un mañana, bajo un sol más gris y más lejos de nosotros, diezmados, agotados, hambrientos y enfermos. Porque nos tocó seguir en un mundo que ya no debería existir.

Hasta los planes del mismísimo Anticristo pueden salir mal.

Vivíamos en un mundo poderoso, donde nos vimos superiores y más unidos entre nosotros gracias a las grandes comunicaciones y a la globalización. El cambio climático y el hambre en el mundo estaban a la orden del día. Las grandes empresas eran más poderosas que los países, algunos de los mayores peces gordos planeaban comprar incluso un estado propio donde poder hacer siempre su voluntad. Las compañías más importantes tenían ejércitos propios. En medio de aquellos poderosos gigantes, las ONG habían cambiado su estrategia para luchar contra el hambre en el mundo y dejaron de pelear contra ellos. Compraban con el dinero recaudado las suficientes acciones para poder hacerse oír en las reuniones de las empresas, para así tratar de que fuesen un poco menos crueles, tal vez incluso un poco más solidarias. Y fue por medio de esta nueva estrategia como Mitch Silver entró en SALIF.

SALIF era quizá la más potente empresa de creación de armas, tanto para la guerra en los países pobres como para la autodefensa en los países ricos y su poder se extendía con gran suerte gracias al hambre y las peleas por los recursos, por la energía, y por el agua, ocupando posiciones estratégicas en la mayoría de las ciudades y países. Tratando de mermar los terribles efectos de SALIF, la organización Wealth & Health compró parte de su capital, y la obligó a reinvertir sus beneficios en hospitales y medicinas, en investigación biomédica y material sanitario. Esta idea fue muy aplaudida, pero no era fácil mantenerse cerca de un gigante del dolor y de la guerra sin contaminarse de su mal.

Al cabo de unos años, la corrupción de las buenas obras de Wealth & Health, completamente absorbida por SALIF, era un secreto a voces. La promoción de los conflictos estaba totalmente relacionada con la consiguiente venta de medicinas, la creación de hospitales y el reparto de material, de forma que, tras vender las armas, el siguiente negocio de la empresa era vender la cura para aquellos que habían sobrevivido a los conflictos. Y Mitch Silver, el presidente de la ONG, vio cómo su idea se había convertido en el mayor de los errores hasta ese momento, cómo el sufrimiento se iba incrementando y se convertía cada vez en un mejor negocio mientras los líderes de SALIF se enriquecían. Y decidió subsanar ese error.

Era martes, un martes de invierno, y en Magerit no había amanecido del todo cuando todas las radios y televisiones comenzaron a transmitir su mensaje. Puede que, después de todo, Mitch Silver tuviera razón, pero había tomado una decisión espeluznante y había logrado mantenerla en secreto hasta ese momento, cuando ya no había marcha atrás.

“¿Es que tenemos derecho a vivir como lo hacemos mientras la gente pasa hambre, agoniza en las guerras, gime de dolor al perder las piernas o aúlla suplicando clemencia cuando va a ser ultrajada? Siempre me he dicho que, si en mis manos estuviera, firmaría el fin del Mundo que conocemos, para todos sin discriminación, a fin de ahorrar a tantos miles de millones de personas el sufrimiento incesante de unas vidas sin sentido. Pues bien, hoy está en mis manos.

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