Capítulo 3

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-Terminé -digo al fin y me doy golpecitos en los hombros.

-A ver -se asoma Eri desde el escritorio continuo. Verifica minuciosamente el informe y mueve la cabeza afirmativamente-. Perfecto, llévalo de inmediato al salón R6. Probablemente no haya nadie, aún así déjalo en el escritorio de Bessette san, el francés.

-Claro, ya vengo.

En estos últimos días he sobrevivido con orgullo a las exigencias y perfeccionismo del jefe Tanaka, el cumplir un horario, las tediosas horas extras y los informes de última hora como éstos. Miro a mi alrededor, ya casi todos se han marchado. Vida de dibujante, me lamento.

Al menos Eri ha hecho de cada día algo entretenido. Me identificó los talentosos y renombrados arquitectos, los extranjeros mujeriegos rompe corazones, las historias sin resolver y algunos tríos amorosos del pasado. Es muy divertida, entre ingenua y audaz, en especial cuando da sus teorías e interpretaciones románticas de las cosas. Eri siempre tiene algo que contar, para ella todo es noticia.

Camino por el pasillo de cristal, como le llaman, rodeado de salas de reuniones y proyectos exclusivos. Todo de vidrio y estampados opacos.

Salón R6: Mirai Tower.

-Sumimasen -digo al entrar.

No sé dónde va a parar mi mandíbula, es casi como mi primer encuentro con Shibuya. Doy unos pasos y agradezco no tener testigos.

El proyecto es simplemente sensacional. La construcción de un rascacielos de novecientos metros de altura en pleno Yokohama, en Minato Mirai. Literalmente será La Torre del Futuro si la firma gana el concurso. Vidrios, luz y verde. Terrazas en desniveles y estructuras blancas. ¿Podré llegar a diseñar algo mejor que esto? Lo dudo, me conformo con un edificio. O una casa. O una casa en el árbol. Algo.

Miro el informe que tengo entre las manos con desilusión. Y suspiro.

Mi primer viernes y yo aún en la empresa.

Camino alrededor de aquel mesón central observando con curiosidad las maquetas y algunos bocetos de la fachada. Una serie de visualizaciones 3D empapelan una de las paredes, muy llamativas. Por los costados están los escritorios de los creativos. Todo de lujo, todo a otro nivel. Confirmo sus nombres en las placas, al parecer todos son hombres, avanzo hasta el último escritorio, Vincent Bessette. ¿Será tan fiestero como lo pinta Eri?

Dejo el informe con cuidado y procuro no tocar nada. Y nuevamente lamento mi nula participación creativa. Nada desafiante. Nada brillante. Vida de dibujante.

Sin pensarlo dos veces me siento en aquella silla de cuero roja de contextura exquisita. Deposito mis brazos en el escritorio y cierro los ojos. Necesito sentir algo, una pizca de inspiración. Algo que me...

-¿Te puedo ayudar en algo? -escucho a mis espaldas.

Me paro de un salto y empujo la silla en su lugar.

Al ver quién está apoyado en el marco de la puerta quedo muda, quieta como una estatua. Esos profundos ojos azules. Aquel mentón anguloso. Y esos labios... Madre mía.

Max.

Luce distinto, más serio con ese peinado perfecto y traje gris a medida. Paso por alto lo empaquetado y elegante que está, y sin poder reprimirlo esbozo una sonrisa.

-¿Qué estás haciendo aquí? -me para con brusquedad.

Me remuevo aterrada a su mirada punzante. No necesita palabras para decirlo. Soy una intrusa, una extraña que no recuerda.

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