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Pen Your Pride

Capítulo cuatro.

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Al escuchar aquella voz que tantas veces había deseado tener cerca, dejó caer las bolsas en el suelo y miró con sus ojos verdes empapados por las lágrimas a su mejor amiga que, por primera vez desde que la conocía, no evitó llorar. Corrieron una hacia la otra para fundirse en un abrazo. Un abrazo esperado, deseado. Un abrazo que para ellas valía más que nada en el mundo. Un abrazo que las hizo sentir que estaban cerca y que nada las separaría. Un abrazo que para cualquier persona sería uno más, pero que a ellas les daba la vida. Un abrazo que, sin duda, era el abrazo. Las lágrimas corrían por sus rostros.

-Te quiero -susurró Laia, aún abrazada a su mejor amiga.

-Te quiero más -contestó Alex.

-Felices tres años, mejor amiga -dijo Laia.

-Felices tres años, parabatai -sonrío Alexandra entre lágrimas.

Habían imaginado ese momento millones de veces, pero nunca habían imaginado que fuera así: tan loco y emotivo. Laia soltó un grito de euforia y la abrazó de nuevo. La voz de la madre de Alex, todavía en la otra parte de la línea, interrumpió aquel momento. Ellas rieron: Ester siempre tan oportuna.

-¿Alex? ¿Ocurre algo? ¡Se oían muchos chillidos! -preguntó la mujer.

Laia sonrió y recogió el teléfono por su mejor amiga.

-¡Buenas noches, Ester! -gritó Laia.

Ester se quedó muda. Y, después de despedirse de su hija y de la mejor amiga de esta, colgó para que pudieran disfrutar de aquel momento: su hija quería ese momento más que cualquier otra cosa, lo hubiera dejado todo por un segundo con su mejor amiga, y ahora que por fin había lo conseguido, ella no iba a arruinarle el momento. Alex y Laia se pusieron el pijama y se sentaron en una de las dos camas. Alex, estirando el brazo, cogió su camara de fotos e indicandole a Laia que sonriera, hizo clic en el botón. El móvil de Alex sonó de nuevo, pero en este caso, era un whatsapp.

Espero que te haya tocado una buena compañera de habitación. Mañana a las diez y cuarto te paso a recoger, ¿te viene bien? Buenas noches, Alex.

Ella miro a Laia, que también había leído el mensaje y ambas sonrieron, ¡tenía a su mejor amiga de compañera! ¿Qué había mejor que eso? Alex tecleó un 'bien' como respuesta afirmativa y le dio las buanas noches. Laia sonrió ante aquella escena de libro y abrazó a su mejor amiga.

-¡Todavía no me lo creo! -gritaba Laia.

-¿Y yo sí? -contestaba Alex entre risas.

Se observaron mutuamente, eran tan diferentes: Laia era alta, con una larga cabellera rubia, con los ojos tan verdes como la hierba, con un cuerpo envidiable, una sonrisa preciosa y una alegría que se contagiaba, por otro lado, Alex era bajita, con los ojos marrones, un cuerpo de ensueño, la sonrisa más hipnotizante del mundo y tan fría como el hielo, aunque en aquel momento se permitió sacar a la luz su lado tierno. Se quedaron hablando hasta la madrugada, como si realmente fuesen amigas de toda la vida, de esas a las que ves cada día. En realidad, a partir de aquel instante y durante los meses siguientes, se verían una a la otra en cada instante del día. Se dieron un abrazo antes de irse cada una a su respectiva cama: Alex derecha, Laia izquierda.

-Buenas noches, Laia.

-Buenas noches, Alexandra.

Ambas sonrieron a cada lado de su habitación: por fin habían conseguido lo que, hasta hace unas horas, era imposible. De una forma que parecía coreografiada, cerraron a la vez sus ojos y acompasaron su respiración hasta que en vez de ser dos, fueron una. Porque esas dos chicas, eran más que amigas, eran hermanas. Alex, minutos después de haberse quedado dormida, se despertó dando un grito sordo debido a las pesadillas que solían perseguirla noche tras noche. Sin hacer el más mínimo ruido, se levantó, cogió su sacapuntas favorito y entró al baño. Cerró la puerta con pestillo, y, una vez más, pensando que le dolor físico alejaría el emocional, volvió a trazar en su piel aquella odiada melodía. La sangre corría por su brazo. Alex limpió sus heridas hasta que dejaron de sangrar. Se colocó de nuevo sus pulseras y salió del baño. Ya tumbada en la cama, se dispuso a dormir un par de horas esperando que el dolor de sus muñecas, borrara el de sus recuerdos y, por increíble que parezca, Alex pudo dormir gracias a este dichoso remedio que, pronto, dejaría de ser suficiente.

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!