Capítulo tres.

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Él abrió sus claros ojos y parpadeó un par de veces para acostumbrarse a la luz del vuelo. Sergio solo había dormido un par de minutos, pero le supieron a gloria. Miró a la chica que aún dormía sobre él y sonrió. ¿Cuántas veces habían dormido juntos desde que eran pequeños? Son tantas que ni las recuerda. Volvió a acariciar su pelo paulatinamente, cosa que ella ni notó, pero a él le hacía feliz, y es que, nadie en el mundo, excepto ella misma, dudaría de que Alexandra fuera una de las chicas más bonitas del mundo, y él tenía la suerte de que fuera su mejor amiga. Mejor amiga. Esas dos palabras resonaban en la cabeza de él constantemente. Sonrió. Estirando un poco el cuello, con cuidado de no despertarla, miró por la ventana: era increíble. Pensó que a ella le gustaría ver aquello.  El leve movimiento de la mano de Sergio contra su hombro la despertó.

-Siento haberte despertado, pero no podía dejar que te perdieras esto -dijo señalando hacia la ventanilla.

Alex, todavía desperezándose, se giró hacia donde le indicaba su mejor amigo. Al ver desde el cielo aquella ciudad que de noche le recordaba a una tarta de cumpleaños repleta de velas de colores, abrió los ojos de par en par. Miró a Sergio y articuló un 'gracias' con los labios, al que este contestó con un beso en la mejilla. Él, seguidamente, la envolvió por la espalda con los brazos y contempló junto a ella aquella maravillosa vista. Era una abrazo inocente, de esos que se suelen dar cuando a la otra persona le debes más que la vida. Suspiraron. Cada uno por motivos diferentes que, antes de lo que ambos creían, saldrían a la luz.

El parpadeo verde que les indicaba que debían permanecer sentados en sus asientos cesó en el momento que el avión tocó tierra. Uno al lado del otro, bajaron del avión y recogieron su equipaje. Un señor, que se hacía llamar Alfredo aunque le llamaban Al, los llevó hasta el autobus y subieron junto al grupo que dirigía Al. Una vez arriba, Sergio, al lado de Alex, observaba atentamente al conductor, se le veía cansado, aunque, por su sonrisa, él dedujo que Al amaba su trabajo. Mientras estaban en el autobus, se escuchaban risas nerviosas, comentarios y suposiciones de cómo sería el verano. Y es que, todos aquellos jóvenes estaban allí por una misma razón: intentar cumplir su sueño.

-¡Vivan los jóvenes talentos de España! -gritó el conductor alegremente.

-¡Vivan! -corearon todos.

Alex sonrió nerviosa y, con un rápido e innotable movimiento, secó las palmas de sus manos en sus vaqueros. Sergio, contemplandola, sonrió.

-¿Nerviosa? -dijo cogiendo una de sus manos.

-No -dijo ella.

Él la conocía tan bien que al verla negarle lo evidente, empezó a reír.

-Relájate Alex, va a ser un buen verano, ya lo verás -siguió riendo-. ¿Te has planteado alguna vez que a lo mejor eres así de bajita porque estás muy tensá? -bromeó

Ella rió y golpeo cariñosamente a Sergio en el hombro.

-¿Te has planteado alguna vez por qué eres así de idiota? -se burló ella y luego le dio un beso en la mejilla.

Al llegar a aquel campus en el que pasarían todo el verano, la sonrisa de Sergio se amplió y la cara de póker de Alex se reforzó. Había gente, mucha gente, demasiada para su gusto. Mientras bajaban su equipaje, pudieron observar que ya habían diferentes grupitos, aunque los más notables eran: los novatos por un lado y los que ya habían sido seleccionados durante varios años, por otro. Cuando Sergio bajó su última maleta se colocó a su lado, un par de chicas vinieron a saludarle. Alex intentó contener la risa, ¡acababan de llegar y él ya tenía a chicas ligando con él! Tras esta divertida escena, se dirigieron hacia recepción junto al grupo de alumnos que iba con ellos en el autobus. Una vez les asignaron una habitación y les informaron de que mañana a las diez y media debían de estar en el auditorio, Sergio acompaño a Alex hasta su residencia y la ayudó a subir las maletas hasta el pasillo. Él miró el reloj: ya eran las once menos diez. Se despidió de ella con dos besos y un abrazó y se fue diciendo que mañana, pasaría a recogerla. Alex abrió la puerta de su habitación: su compañera no estaba. Entró las maletas y empezó a colocar sus cosas en su espacio libre. Una vez estuvo todo en su sitio, llamó a su madre.

-¡Alex! -contestó ella al tercer bip.

-¡Mamá! -contestó esta.

Alex le relató lo bonito y grande que era el campus, cómo era su habitación, qué tal había ido el viaje y demás, hasta que la puerta de su habitación se abrió, dejando ver a una hermosa chica con las manos llenas de bolsas de comida, de metro setenta y, con una melena larga y rubia que para ella era inconfundible. El móvil de Alex calló al suelo con un golpe sordo.

-¿Laia? -dijo en un susurro.

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!