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Pen Your Pride

Capítulo dos.

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Mientras su hija subía atropelladamente los escalones de dos en dos, Ester la seguía de cerca. Al llegar a su habitacíon, Alex abrió de par en par los armarios para encontrarlos vacíos. Las carcajadas de su madre resonaron en toda la habitación, lo que provocó que ella se sonrojara.

-Esta mañana te he hecho las maletas, tranquila -sonrió-. Sólo nos queda hacer un par de compras para llenar esa maleta tan vacía.

¿Maletas? ¿En plural? Y, ¿compras? ¿De qué iba aquello? Alex arqueó una ceja y miró a su madre en busca de respuesta, lo que hizo que esta riera de nuevo.

-Cariño, te vas casi tres meses, tienes que llevar muchas cosas -dijo tranquilamente-. Y tendremos que ir de compras a por vestidos, maquillaje y esas cosas que suelen tener las adolescentes normales, ¿no crees?

Alex resopló.

-¿No pretenderás quedarte encerrada en la habitación que te asignen y simplemente asistir al programa? ¡Ni que fueras una monja de clausura! -bromeó Ester.

La sonrisa de Alex se ensanchó. Al fin y al cabo, su madre sólo quería pasar un tiempo con ella como si fuera una adolescente normal. Se acercó y le dio un beso en la mejilla.

-Cojo un par de cosas y salimos, ¿te apetece comer fuera?

Ester, con los ojos rebosando alegría, aceptó de buen gusto y, mientras ella cargaba las maletas, Alexandra guardaba en su mochila el ordenador, la cámara de fotos, el cargador, un estuche y un discreto cuaderno naranja atardecer. Una vez que todo estuvo cargado en el coche, se dirigieron al restaurante favorito de Ester. Pidieron una pizza de bacon y cebolla, la cual compartieron. Media hora y un par de trozos de pizza después, llegaron al centro comercial. Tras dar vueltas por todas las tiendas, empezaron a comprar: unos pares de tacones por aquí, un puñado de vestidos, faldas y camisetas por allí, y demás accesorios. Alexandra sonreía sin parar al ver a su madre tan feliz, mientras, Ester, le redactaba las pequeñas historietas de su juventud. Entre unas cosas y otras, se hicieron las ocho y debían ir al aeropuerto. Al llegar allí, en cuanto Alex vio a Sergio entre la multitud, corrió hacia él para fundirse en un abrazo.

-Gracias -susurró la chica a su oído, lo que hizo que él se estremeciera.

Cuando aquel emotivo abrazó terminó, la pequeña Nadia se lanzó a los brazos de Alex para luego plantarle un enorme beso en la mejilla. Mientras sus padres facturaban las maletas, Alex y Sergio se quedaron sentados en un banco, uno junto al otro.

-Tenías razón -suelta ella sin previo aviso girándose bruscamente para buscar sus ojos.

-¿Qué? -dijo él desconcertado.

-Lo de esta mañana -cogió aire-. Tenías razón, puede ser el mejor verano de nuestras vidas.

-¿Perdón? ¿He oído bien? Alexandra García admitiendo que tengo razón, ¿puedo grabarlo para futuras generaciones? -dijo él entre carcajadas.

-Capullo.

Ella le sacó el dedo corazón y se dio la vuelta, fingiendo estar enfadada. Él, conociendo el temperamento de su mejor amiga, se levantó del banco para agacharse frente a ella. Le tomó la cara con una mano y le puso cara de cachorro. 

-¿Me perdonas? -rogó.

Alex, intentando no reír, negó con la cabeza. Sergio, sin darse por vencido, se acercó más a ella y volvió a usar su técnica anterior. Esta vez, ella estalló en carcajadas y asintió. Él le tendió la mano, como tantas veces antes había hecho, y la guió hasta la puerta de embarque, para despedirse de sus familias.

-Mamá, te quiero -dijo Alex.

Ester la abrazó.

-Y yo, cariño. Estoy tan orgullosa de ti, que no puedo ni expresarlo con palabras.

Alex se limitó a sonreír y a devolverle el abrazo. Quizá si su madre supiera lo que hacía cada noche desde que tenía ocho años, cambiaría de opinión. La voz dulce de una mujer interrumpió aquel emotivo instante anunciando que los pasajeros de su vuelo estaba apunto de embarcar. Tras una última despedida, los dos muchachos embarcaron y subieron al avión.

-¿Pasillo o ventanta? -prguntó él, que, al ver la emoción y el temor en los ojos de la chica, contestó por ella-. Ventana, ¿verdad?

Ella asintió. Se colocaron en sus respectivos asientos y, una vez estuvieron volando, Alex apoyó la cabeza en el hombro de Sergio para disponerse a dormir. Él ni siquiera se inmutó, es más, dejó a la chica dormir apoyada en él mientras con una mano le acariciaba tranquilamente su larga cabellera castaña y, con la otra, sostenía una de las pequeñas manos de su mejor amiga. Finalmente, él también cayó rendido y cerró los ojos quedándose profundamente dormido para soñar con cosas que, hasta ahora, solo él conocía. Pero pronto, viviría un sueño. Su sueño.

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!