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Pen Your Pride

Capítulo uno.

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El sonido del timbre que anunciaba el fin de aquella tortura a la que llamaban aprendizaje sacó a Alex de sus ensoñaciones. Salió del aula rapidamente para ir a la taquilla en la que se encontraría con Sergio. Caminando por los enredados pasillos de aquel instituto, divisó su taquilla, y como si le hubieran inyectado una dósis de felicidad en las venas, apretó el paso. Segundos después, un pie se había interpuesto en su camino y, chica y mochila, volaron por los aires chocando con fuerza contra el suelo. Se oyeron un par de risas que fueron apagándose a medida que un chico de ojos tan claros como el cielo le tendió la mano para ayudarla. Ella le sonrió.

-¿Estás bien?

-Sí, gracias Sergio -dijo tomándole la mano y levantandose para recuperar la poca dignidad que le quedaba.

Y así, cogidos de la mano como los niños de un cuento de hadas, recogieron sus cosas y salieron de aquel espantoso lugar que en ocasiones les hacía preguntarse si el instituto era para modelar o para enseñar. A la salida les esperaban abrazos, despedidas y promesas de llamarse y quedar durante el verano que nunca se cumplirían.

-¡Cambia esa cara, Alex! -gritaba emocionado Sergio- ¡Es verano!

-Uno más para apuntarlo en el calendario, que emoción.

-¡Va a ser el mejor verano de nuestras vidas! -continuó él en un vano intento de emocionarla.

Ella resopló. Él la cogió por los hombros haciendo que se girara para poder mirarla directamente a los ojos.

-Alexandra García Hernández -dijo en tono serio-. Créeme cuando te digo que este va a ser el mejor verano de nuestras vidas.

Alex esbozó una sonrisa tímida que hizo que se ampliara la de él.

-¿Juntos? -preguntó en voz baja, tímida, como si temiera su respuesta.

-Juntos -dijo él sin vacilar ni un segundo.

Ella rió. ¡Ni que fueran los protagonistas de una novela! Aunque, ese verano, Alex se daría cuenta de que su vida estaba destinada a tener tinta y papel de por medio. Siguieron caminando y, como siempre, Sergio la acompañó a su casa.

-¿Quieres quedarte a comer?

-Prefiero una cena de avión contigo.

Ella lo miró sin comprender ni una sola palabra, pero no le dió importancia. Se despidió del chico con dos besos y entró a su casa. Su madre la recibió con un abrazo y una sonrisa. Una al lado de la otra, caminaban hacia el salón, Alex subió corriendo a su habitación mientras su madre se dirigía hacia la cocina. Al cruzar la puerta, notó su habitación algo más ordenada que de costumbre, aunque sin darle mucha importancia, dejó caer la mochila en el suelo y encendió el ordenador. Inició sesión en Skype y, mientras esperaba a que la ruedecita blanca le indicara que ya estaba disponible, le daba golpecitos a la mesa ritmicamente. Su sonrisa se amplió al ver que, al momento de estar en línea, había recibido una petición de videollamada.

-¡ALEEEEEX! -gritó la chica rubia y de ojos verdes como la hierba al verla através del monitor de la pantalla.

-¡LAIAAAAA! -contestó esta con el mismo entusiasmo.

Tras sonreírse unos segundos, se echaron a llorar. Hoy, 21 de Junio, hacía exactamente tres años que, por capricho del destino, Laia y Alex se conocieron en un chat de internet. Nadie se imaginaría que, a cientos de kilómetros, aquellas dos chicas se convertirían en mejores amigas. Si cierran los ojos, todavía recuerdan aquel día a la perfección. La impotencia de no poder abrazarse las llevó a ahogarse en un mar de lágrimas del que, sin duda, saldrán a flote juntas.

-No llores, Laia, que me pondré peor -intervino Alex sollozando.

-Es que son muchos años -contestó la muchacha-. Y los que nos quedan.

La conversación continuó en risas y un cúmulo de recuerdos que venían acompañados de alguna que otra lágrima. La puerta de la habitación de Alex se abrió tras un par de toques que le indicaban que su madre había subido a por ella.

-Hola Laia -saludó alegremente la mujer-. ¿Todo bien?

La muchacha asintió e intercambió unas palabras con la madre de su mejor amiga y, acto seguido, se despidió de esta. Madre e hija bajaban las escaleras charlando animadamente, hasta llegar a la cocina. Sobre la mesa no habían ni cubiertos, ni platos, ni siquiera vasos. En el centro de la mesa había una maleta vacía y, encima de esta, un sobre. Alex caminó despacio hasta llegar al borde de la mesa. Extendió la mano, cogió la misteriosa carta, y, con la delicadeza con la que trataría a un bebé la abrió para leer:

«Estimada Alexandra:

Hace unos meses recibimos su solicitud para participar en esta locura de proyecto y, a día de hoy, me enorgullece comunicarle que ha sido seleccionada para adentrarse en esta aventura para jóvenes talentos durante todo el verano. Le adjunto los billetes de avión y las indicaciones que deberá seguir durante la duración del programa. Un saludo y mis más sinceras felicitaciones, 

Álvaro, director del programa de jóvenes talentos de España.»

Alexandra, una chica acostumbrada a no mostrar sus emociones, dejó escapar una lágrima de felicidad acompañada de un grito de eufória.

-¡No me lo puedo creer! ¡Pero si no envié ni la solicitud! -dijo Alex cuando consiguió articular palabra.

-Pero, un chico rubio y de ojos azules -le aclaró su madre refiriendose a Sergio-, convenció a tu vieja madre para que te presentara a ese programa.

-¡Lo adoro! ¿Y a él? ¿Lo han cogido?

-Por supuesto, ¿quién en su sano juicio se atrevería a desperdiciar el talento que posee ese chico con la guitarra?

Alex se abalanzó sobre su madre sin parar de sonreír y, por primera vez en años Ester vio a su hija realmente feliz. Por fin Alexandra tendría la oportunidad de mostrar el talento que poseía al usar tinta y papel para crear las más bellas palabras, aunque, lo que no sabían ni una ni la otra, es que Alex, ese verano, no solo descubriría y aprovecharía ese talento.

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!