El agente West puso dos hojas en blanco junto con dos plumas sobre la mesa, frente al rubio y la pelirroja.

—Van a escribir todo lo que recuerdan en estos momentos, las memorias que tienen presentes. Escriban recuerdos que fueron momentos trascendentes en sus vidas. Escriban lo que quieran recordar, así como lo que no quieran recordar. Escriban lo más que puedan, después se pueden arrepentir —.

—¿Me podría repetir por qué tenemos que hacer esto? —preguntó Ophellia mirando al hombre castaño que estaba de pie al otro lado de la mesa de metal.

—Porque queremos fundamentos para ustedes, para que sepan qué hacer y con quienes hablar —.

—¿Qué quiere decir con eso? —volvió a preguntar la chica.

—Paciencia, señorita Freezell. Haga lo que le pedimos y entenderá —.

La chica miró al rubio quien se encontraba sentado a su lado, él le dedicó una mirada de confianza, tranquilizándola.

La puerta detrás de ellos se abrió.

—Ern, acaba de ocurrir algo inesperado —la voz de una mujer inundó la habitación.

Ophellia y Austin giraron su torso para mirar a la mujer.

—¿Es algo grave? —preguntó el agente West, rodeando la mesa de metal y dirigiéndose hacia la puerta.

La mujer pelirroja puso los ojos en blanco.

—¿Crees que si no fuera algo grave hubiera venido yo a hablarte? —respondió una vez que el hombre castaño llegó a la puerta, desvió su mirada hacia los dos jóvenes sentados, mirándola.

La mujer enfocó su mirada en la chica, su boca se entreabrió y unas náuseas la invadieron.

—¿Qué ocurre, agente Rowland? —la voz de Ern la hizo pisar tierra.

Desvió su mirada de Ophellia y cerró la puerta, dejándolos solos en la habitación.

Los chicos regresaron sus miradas a las hojas en blanco frente a ellos.

—¿Viste cómo me miró la mujer? —preguntó la pelirroja algo temerosa.

—¿Qué tantas cosas malas has hecho, eh? —preguntó el rubio bromeando.

Ella rió.

—¿Qué vas a escribir en la hoja? —.

—Que te amo —respondió Austin.

Ophellia lo miró unos segundos y desvió su mirada hacia la hoja en blanco. Tomó la pluma y comenzó a escribir.

Austin miró disimuladamente la hoja de la pelirroja y una sonrisa apareció en su rostro, tomó la otra pluma y comenzó a escribir en su hoja.

Pasaron unos cuantos minutos y los adolescentes aún seguían escribiendo. Más memorias venían a sus mentes y las hojas se les terminaban. Tomaban una nueva de la pequeña pila que se encontraba frente a ellos.

El rubio se detuvo repentinamente, recordando lo que se encontraba en el bolsillo de su chaqueta. Mordió su labio inferior y decidió escribirlo.

La puerta volvió a abrirse pero esta vez ninguno de los dos jóvenes le prestó atención.

Colocaron una silla a lado de Austin.

—Toma asiento, por favor —se escuchó la voz del agente West nuevamente.

Una figura femenina se sentó en la silla a lado del rubio, quien la miró de reojo. La reconoció y la miró directamente.

—¿Cómo llegaste aquí? —.

La pregunta despertó la curiosidad de la pelirroja, haciéndola mirar a la chica.

—Desperté —respondió.

—¿Cómo? No viniste con nosotros —Austin desvió su mirada hacia Ern—. ¿Ella también tenía que despertar ya? —.

El hombre castaño puso sus manos sobre la mesa, apoyando gran parte de su peso en estas. Suspiró y miró a la chica.

—¿Por qué lo hiciste, Connie? —.

La rubia miró al agente West.

—Era una pesadilla, no pude soportarlo —respondió con indiferencia.

Ophellia desvió su mirada hacia su cuarta hoja de memorias, la cual estaba casi llena. Tomó bien la pluma y escribió una última oración. Acomodó las hojas y se las entregó al agente West.

—¿Cómo supiste que al suicidarte terminarías aquí? —volvió a preguntar el hombre castaño.

Austin volvió a mirar a la rubia, alarmado.

—¿Te suicidaste? —.

Connie lo miró por unos segundos, después regresó su mirada al agente West.

—No tenía ni idea de que terminaría aquí. Creí que despertaría en algún lugar de los York y me matarían en cuanto abriera los ojos —.

Ern suspiró y le entregó una hoja de papel en blanco junto con la pluma que Ophellia acababa de usar.

—Escribe tus memorias, todas. Los momentos más trascendentes que recuerdes. Todo —.

El rubio regresó su mirada hacia las hojas con sus memorias escritas. Una sensación de remordimiento comenzó a invadirlo a recordar los momentos con Connie. Miró disimuladamente a Ophellia y esta se encontraba con la mirada perdida hacia el frente.

Regresó su mirada hacia las hojas y decidió escribir todo lo que se le venía a la mente relacionado con Connie.

Pasaron unos cuantos minutos antes de que Austin entregara sus hojas, al igual que Connie.

—¿Ahora qué? —preguntó la pelirroja casi en susurro.

—Acompáñenme —ordenó Ern, abriendo la puerta.

Sin pensarlo, Austin se puso de pie.

—¿A dónde vamos? —preguntó la rubia, no muy convencida.

—A que recuperen sus memorias —.

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