Pasé todo el fin de semana en casa de Emilia, recibiendo miradas de disgusto de su pobre abuela rencorosa, viendo viejas películas de terror y comiendo tanto helado como para alimentar a todo un pueblo. 

Lo más divertido sin duda fue ir al trabajo, de hecho, siempre era divertido cuando me tocaba trabajar a tiempo completo los sábados, porque me enteraba de más cosas como que Mark, el perro, tiene moquillo, que Clint y Myra están saliendo y que el señor que siempre pide los tacos sin cebolla acaba de casarse con una mujer que bien podría ser su hija.

Aunque nadie en el trabajo estaba consciente del mal rato que me había hecho pasar mi madre, todos intuían que algo estaba mal conmigo y por ello se dedicaron la mayor parte del tiempo a reconfortarme, aunque ninguno de ellos se atrevió a preguntar lo que me pasaba. Realmente agradezco eso.

Durante todo el día estuve recibiendo llamadas y mensajes de mi madre y de Maia que quería que le pasara la tarea de matemática, pero no respondí ninguno, en su lugar apagué el teléfono y esperé a que me dejaran tranquila.

El domingo por la tarde decidí regresar a casa, o a la que era mi casa o lo que sea. Me topé con mi madre en la cocina, preparando quién sabe qué en la sartén y tarareando la melodía de una canción que no reconocí, mientras bamboleaba sus caderas de un lado a otro.

Cuando ella sintió mi presencia, se dio la vuelta y me miró con una amplia sonrisa.

-¡Adeline, cariño! No sabía a qué hora vendrías.

No respondí, sólo enarqué las cejas, preguntándome que tjan cínica podía llegar a ser, fingiendo que absolutamente nada pasaba.

Me miró durante unos segundos y luego se dio la vuelta para seguir preparando lo que sea que estuviese preparando.

-Necesito que hoy termines de empacar tus cosas, mañana por la tarde vendrá el camión de mudanzas.

Una vez más me quedé callada, aplicando lo mismo de siempre: "Si no hay nada bueno que decir, mejor es quedarse callado"

Suspiró y volvió a pararse frente a mí.

-Cariño, sé que esto es difícil para ti, pero también tienes que pensar en mí. Llevo seis años soltera y ahora por fin he encontrado la oportunidad de ser feliz al lado del hombre que quiero, yo... solamente espero que me entiendas y que algún día puedas perdonarme. Quiero que seas mi dama de honor en la boda y que estés bien con eso.

A la mierda lo de no decir nada, me harté.

-¡¿Qué demonios te hace pensar que yo quiero ser tu dama de honor?! Ni siquiera he aceptado el hecho de que te vas a casar y ya quieres que plante mi más ridícula sonrisa frente a todo el mundo fingiendo que soy feliz cuando no es así.

-Adeline, eres mi hija, te quiero junto a mí, quiero que me apoyes siempre.

-Claro, mamá, siempre se trata de lo que tú quieres, siempre, ¿sabes por qué? porque eres egoísta- a este punto sus ojos comenzaron a aguarse.- Le prometí a papá que estaría siempre a tu lado y que te querría, pero ya no puedo más, porque resulta ser que el último lazo que existía entre tú y yo era esta casa y ahora la vas a vender como si nada de lo que hubieramos vivido aquí tuviera importancia.

-De todas formas te tienes que ir a vivir conmigo, no tienes dónde quedarte.

-Por ahora, en unos meses, cuando tenga el dinero suficiente, econtraré un piso y te prometo que a partir de allí serás muy feliz porque no volverás a verme.- esperé a que dijera algo, pero ella estaba en estado de shock, así que simplemente suspiré.- me voy a empacar.

Y así cerré nuestra conversación, yendo escaleras arriba a hacer las maletas.

***

Al día siguiente cuando sonó el despertador, me sentía emocionalmente cansada, sentía que no tenía fuerzas y que mi suelo había sido borrado, dejándome solamente a Kiki para sostenerme.

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