Introducción.

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En una oscura y calurosa noche a finales de Junio, Alexandra, se despertó más alterada que de costumbre. El reloj marcaba las tres y veinte de la mañana, cosa que apenas la inmutó: hacía mucho tiempo que esto se había vuelto habitual para ella. Una angustia la envolvió, y como solía pasar, las lágrimas acudieron sin ser llamadas, cayendo una tras otra, como si de la cascada más grande y silenciosa se tratase. En cierto modo si lo era, pero en este caso de recuerdos. Le dolían tanto que pensó que, quizás, el dolor físico alejaría el emocional. Con el sigilo de un gato, caminó hasta su escritorio a la vez que alcanzaba uno de los ganchos que sujetaba la coleta en la que estaba recogido su largo y sedoso cabello castaño. Divisó un sacapuntas, el cual cogió con la rapidez de un rayo. El proceso duró apenas unos segundos, desatornilló con el pequeño gancho el diminuto sacapuntas hasta que sólo fueron piezas sin sentido: una carcasa vacía y una cuchilla, aunque no tan afilada como sus pensamientos. Tomó la cuchilla con sumo cuidado y, como si fuera una melodía grabada a fuego en su memoria, trazó aquellas dolorosas notas en su piel, dejando unas cicatrices que le recodarían que nunca sería lo suficientemente fuerte. La sangre brotaba de las heridas a un ritmo casi aburrido.

El despertador sonó recordándole que ya eran las seis y cuarto. Se levantó de su incómoda silla de escritorio, y todavía con las muñecas cubiertas de sangre, se dirigió al baño. El chorro de agua limpió sus heridas, dejando unas pequeñas cicatrices. Se puso la ropa interior y, envuelta en una toalla, salió del cuarto de baño, adentrandose en su habitación. Cuando estuvo frente al espejo, dejó caer la toalla que recubría su cuerpo y alzó los ojos hacia su reflejo. En él encontró a una chica de poca estatura, alrededor de un metro cincuenta, con un cabello castaño que le llegaba casi por la cintura, y como tantas veces le había recordado su abuela, con los ojos sensualmente cafés. No era una modelo de revista, estaba claro, sus curvas no eran de escandalo, pero a más de uno le hubiera gustado matarse en ellas. Objetivamente, era preciosa. Aunque si vieramos el mundo a través de sus ojos, no habría nada más odioso que aquel reflejo de una adolescente de quince años. Se vistió tan rápido que apenas le importaba lo que estuviera poniendo en su cuerpo. Bajó atropelladamente las escaleras para encontrar a su madre en la cocina, a la que regaló una sonrisa. Se colgó la mochila en la espalda y, mientras cogía una manzana, se despidió de la mujer que le había dado la vida con un beso en la mejilla.

Al llegar a la parada del autobus, la esperaba un chico rubio y de ojos azules con la sonrisa más bonita que el mundo vería.

-Buenos días, Alex -la saludó aquel chico al que tenía por mejor amigo.

-Buenos días, Sergio -saludó ella devolviéndole la sonrisa.

Así era su vida: fingía ser feliz ante todo el mundo excepto cuando estaba con aquel chico de ojos claros. A las ocho y media, cruzaban juntos por última vez en meses la puerta de aquel odiado instituto. Alex, desganada, se dejaba caer en la silla que estaba al lado de su mejor amigo durante una clase tras otra. Las horas pasaban demasiado lentas en comparación a lo rápido que pasaría ese verano. Aunque eso, Alexandra, todavía no lo sabía.

Una sonrisa más, Alex.¡Lee esta historia GRATIS!