Tu muñeca de trapo, Malfoy

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1. Unidos de por vida.

Sus oídos no escuchaban. Sus ojos no veían más que brillos plateados. ¿Qué estaba pasando? Recorrió el lugar y su vista se perdió en la multitud que aplaudía como loca. Algunos incluso vitoreaban ignorantes.

Sin darse cuenta, sus ojos fueron directos a donde estaban sus padres y su hermana mayor. Ninguno de los tres sonreía. Saludaban de manera forzada a los invitados que se les acercaban dándoles la enhorabuena. Con gesto triste, su padre daba la mano a aquellos que pasaban por delante. Su hermana miraba en otra dirección, incómoda por la escena. Nunca había sido buena mentirosa y se notaba en su expresión que aquella situación no le agradaba. Muchos, pero sobre todo muchas, murmuraban que era por celos a su hermana pequeña, ya que ésta había logrado un buen hombre y de familia noble, con tan solo veintidós años. Y por último, su madre, que había roto a llorar y se cubría la cara con un pañuelo. Pero ella sabía, que no eran lágrimas de alegría lo que empapaban la tela. Igual que sabía que lo que su hermana sentía, no eran celos, y que la tristeza de su padre, no era sino tristeza por la pérdida de una hija.

Astoria ladeó la cabeza y miró hacia arriba. Aún caían sobre ellos, cientos de estrellitas plateadas, que se les iban quedando en el pelo y en los hombros. Se apartó unas del antebrazo, donde se le habían quedado por mantener los brazos en horizontal. Miró el hermoso ramo de flores que sostenía entre sus manos. Ni siquiera sabía quién lo había escogido. Apenas sabía los detalles de la boda, pero no le interesaban. Lo único que sabía era que todo había sucedido demasiado rápido.

El mes anterior, cuando su padre les contó que la empresa familiar había quebrado, no pensó que pudiera verse en aquella situación. Pero el señor Greengrass había tenido que admitir capital de Lucius Malfoy y al no poder devolverle tales cantidades de dinero, habían llegado a ese acuerdo. Greengrass no tendría que devolver ni un sickle, a cambio de que una de sus hijas se casara con Draco. Todos habían pensado que su hermana sería la adecuada, teniendo en cuenta que había pertenecido al curso de Draco.

Pero cuál fue la sorpresa de todos cuando el mismísimo Draco pidió que fuera ella. La pequeña de las Greengrass.

Se sintió observada y desvió la vista al joven de su lado que no se había movido, a pesar de que la multitud ya se levantaba para que pudieran retirar las sillas plateadas. Allí todo era plateado. Incluidos los ojos de él. No le gustó el modo en que la estudiaba y apartó la mirada.

Se dio cuenta de que se habían quedado solos en el pequeño altar. El mago que había pronunciado las palabras que la enterraban en vida, ya se había alejado de ellos. Unidos de por vida, recordó, cuando ni siquiera pensaba haber estado escuchando. Su mente había estado lejos del lugar durante la ceremonia, y había hecho lo que le iban indicando, pero justo en esa frase, su cerebro parecía haberla devuelto al presente. Unidos de por vida. ¿Qué vida? Ella apenas había comenzado a vivir fuera de Hogwarts y ya se veía atada en matrimonio.

Alguien la tomó del brazo con delicadeza y la hizo girarse hacia la multitud. Miró la mano que la sostenía y volvió a toparse con esos ojos plateados y fríos. Miró adelante, mientras se dejaba guiar por él. A partir de ese momento, su vida ya no le pertenecía. Le había quedado bien claro que ahora pasaba a ser de la propiedad de Draco Lucius Malfoy, a quien debía seguir y obedecer sin atreverse a rechistar. Eso no constaba en ninguna de las cláusulas que su padre había firmado con el señor Malfoy. A partir de ese día, Astoria Greengrass, dejaba de ser una Greengrass para ser una Malfoy. Una Malfoy sin voz ni voto. Una muñeca de trapo, en manos de un niño travieso.

Siguió a su nuevo dueño y tomó asiento a su lado cuando éste lo hizo. Supo que era hora de brindar, al ver que todos los invitados levantaban sus bebidas y miraban a la pareja. Cogió su copa de Champagne, la alzó frente a ella y bebió en silencio.

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