Capitulo 39

64 2 0

—Tenemos que hablarlo. Es importante, Es...

—Lo que realmente necesitamos es dejar de hablar.

Rodeó la cintura de Isabel con las manos.

—Ya hemos jugado suficiente al gato y al ratón, cara de ángel. ¿No crees que ya ha llegado el momento de actuar?

El olor de Isabel lo tentaba. La recorrió con la mirada; su cuerpo quedaba resaltado por el maillot de llameantes lentejuelas rojas.

—¿Por qué quieres hacerlo con alguien a quien no respetas?

A Isabel se le cerraron los ojos cuando él inclinó la cabeza y le acarició el cuello con los labios.

—¿Por qué no dejas que sea yo quien se preocupe de eso?

—Me consideras una ladrona.

—Bueno, he estado dándole vueltas a ese asunto.

Isabel ladeó la cabeza, y otra punzada de culpabilidad golpeó a Harry cuando vio que los ojos de su esposa brillaban con deleite y su boca suave se curvaba en una sonrisa tonta.

—¡Me crees! ¡Sabes que no fui yo quien robó el dinero!

Él no había dicho eso, Pero ya no estaba enfadado. Aunque no podía perdonarle lo que había hecho, entendía lo que era la desesperación y no quería seguir juzgándola.

—Creo que eres endemoniadamente sexy. —Le rozó el labio inferior con el pulgar y lo encontró húmedo bajo su caricia.—¿Utilizas algún anticonceptivo o quieres que me encargue yo?

Los ojos de Isabel llamearon.

—Tomo la píldora, pero...

—Bien, Harry inclinó aún más la cabeza y cubrió los labios de ella con los suyos. Los dos se estremecieron. ¡Santo Dios, qué dulces eran! Isabel  debía de haberse comido una de las ciruelas maduras que había en una bolsa sobre el mostrador, porque él podía saborear la fruta en su boca.

La joven entreabrió los labios, pero el movimiento fue titubeante, como si aún no hubiera tomado una decisión. A él le resultó muy excitante esa aceptación tímida e insegura. En ese momento decidió que no le daría más tiempo para pensar, y la estrechó contra su cuerpo.

Fuera del pequeño mundo de la caravana, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, que golpearon el techo metálico con un ligero y agradable repiqueteo, El sonido era hipnótico y tranquilizador. El ruido de la lluvia los aislaba, los apañaba del resto del universo y los llevaba a un lugar íntimo y acogedor.

Isabel suspiró contra los gentiles y pacientes labios de su Esposo. La medalla esmaltada que colgaba del cuello de Harry se rozaba contra ella y, cuando él le pasó la punta de la lengua por la sensible superficie interior del labio inferior, una oleada de calor le atravesó las venas. En ese momento todos sus principios morales se evaporaron, y cualquier idea que hubiera tenido de rechazarlo se esfumó. Ella había deseado eso desde el principio y ya no podía reprimir la fuerza que la impulsaba hacia él.

Se rindió y separó los labios, dejándole entrar.

Harry se tomó su tiempo y, cuando le invadió la boca, el beso fue completamente arrebatador.Isabel respondió con fervor y él le permitió indagar todo lo que quiso. Ella introdujo la lengua entre los labios de Harry, besando las comisuras de esa boca dura, explorando el interior una y otra vez. Rodeó los hombros de su marido con los brazos y se puso de puntillas para mordisquearle la oreja. Le dejó la marca de los dientes en la curva de la mandíbula antes de regresar de nuevo a su boca.

Se retiraba e indagaba.

Isabel se sentía cada vez más excitada, una excitación alimentada por la respiración entrecortada de Harry y por la sensación que le provocaban sus manos, estrechándola con fuerza: una en la cintura, otra magreándole las nalgas. ¿Cómo podía haber tenido miedo de él? La imagen de los látigos guardados bajo la cama apareció en su mente, pero ella la ignoró. Harry no le haría daño. No podría.

Isabel lamió el dulce camino entre el cuello y el pecho de su Esposo. La respiración de Harry era ahora más rápida y, cuando habló, su voz sonó ronca.

—Si es así como besas, ángel, no quiero ni pensar en cómo... —gimió cuando ella mordio su hombro.

Isabel le subió los brazos al cuello y uno de los dedos se le quedó atrapado en la cadena de oro que sostenía la medalla esmaltada. Esos besos ardientes y esas caricias tentadoras eran tan deliciosos que no tenía suficiente, El cuerpo de Harry era ahora suyo para explorarlo a placer, y ella ansiaba conocer cada centímetro de él.

—Quiero quitarte la toalla —susurró.

Harry le hundió los dedos en el pelo. Ella alargó el brazo hacia el nudo, pero él le atrapó la mano.

—No tan rápido, cariño Primero enséñame tú algo.

—¿Qué quieres ver?

—Lo que tú quieras.

—Con este maillot no dejo nada a la imaginación

—Aun así quiero verte más de cerca.

Isabel sabía que el sexo podía ser excitante, pero no había esperado el sensual tono provocador en la voz de Harry. De repente pensó que quizá debería decirle que era virgen, pero entonces él creería que era aun mas  rara. Y lo cierto es que Harry nunca lo sabría si ella no se lo decía, Al contrario de lo que decían los libros románticos, los frágiles hímenes no sobrevivían a veinticinco años de exámenes médicos y ejercicio físico.

Echando la cabeza hacia atrás, Isabel observó cómo Harry se la comía con los ojos y, mientras permanecía delante de él, sólo cubierta por el maillot, encontró que la idea de jugar a ser una experimentada mujer fatal era demasiado excitante para ignorarla. Había leído montones de libros al respecto, pero ¿sería capaz de conseguirlo? ¿Qué podía hacer para provocarlo aún más?

Le dio la espalda, intentando ganar tiempo para pensar, y entonces vio que las cortinas azules que colgaban en la ventana de la cocina no estaban cerradas del todo. Dudaba que alguien se paseara por ahí fuera con ese tiempo, pero por si acaso se apresuró a cerrarlas, Apoyando una mano en el mostrador, se estiró por encima para alcanzar la cortina. Oyó un sonido ahogado, casi como un gemido.

—Una buena elección, cariño.

No supo de qué estaba hablando Harry hasta que lo sintió detrás, acariciándole las nalgas. Él le amasó la carne por encima de las mallas de red en forma de diamante.

A Isabel se le tensaron los pezones y su piel comenzó a arder de una manera extraña, Comenzó a sentirse nerviosa. No importaba lo que había querido que pensara él, ni siquiera sabía hacer el amor de la manera básica, así que mucho menos podía probar a hacerlo de forma exótica.

Harry le deslizó un dedo bajo la tira de lentejuelas y le dibujó la hendidura entre las nalgas. Isabel se mordió los labios para no gritar de placer.

El dedo se deslizó más abajo, Incapaz de resistirlo más, Isabel se enderezó y se giró hacia los brazos de Harry.

—Quiero volver a besarte.

Él gimió.

—Tus besos son más de lo que puedo manejar ahora mismo. — Harry se ajustó el nudo de la toalla y Isabel se dio cuenta de que la tenía abultada. De hecho estaba muy abultada.

Ella se quedó mirándolo fijamente y sintió que se le secaba la boca.

Besar un Angel¡Lee esta historia GRATIS!