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Pen Your Pride

La alborada traía siempre consigo un extraño sabor amargo que se matizaba día tras día. En cuanto abrí mis ojos, recorrí, con éstos, cada rincón de mi habitación, siempre con la esperanza de encontrar algún detalle – aunque fuese muy mínimo – que indicara algún cambio… Solamente yo sé cuanta era mi desilusión de ver que todo seguía tan exactamente igual que ayer… que nada cambiaba… que todo era tan periódico.

Suspiré resignadamente. Llevaba años buscando algo que no encontraba. Ya no debería de doler tanto el sentir ese sentimiento de vacío oprimiendo mi pecho…

"Princesa, ¿Me permite pasar?"

"Adelante" – indiqué

"Hace una linda mañana" – comentó mi doncella, mientras abría las cortinas de par en par.

No contesté, ¿Para qué contagiarle mi apatía? Me limité a ver cómo preparaba mi vestido en completo silencio y, cuando era ya el momento, le permití que me ayudara a vestirme.

Bajé hacia el comedor, en donde ya me esperaban mis padres y mi hermano, junto con su esposa.

"Buenos días" – saludé, dando una pequeña reverencia ante los presentes. Mi hermano se levantó de su asiento y me ayudó a tomar lugar en la mesa.

"Realmente la tiara te hace lucir más hermosa" – comentó mi padre, con orgullo, mientras se llevaba una copa de vino a los labios.

Intenté sonreír, pero, dudo mucho que el gesto haya parecido sincero.

"Los guerreros lograron capturar, ayer, a tres vampiros" – comentó mi hermano, dirigiéndose principalmente a mi padre – "Su ejecución será dada dentro de poco"

"¿Puedo estar presente?" – pregunté, atrayendo la atención de todos en la mesa

"Cariño, puede ser una escena muy fuerte para el alma de una dama"

"Tomaré el riesgo"

Mi padre intercambió una pequeña mirada con mi hermano y, después, asintió. El desayuno transcurrió en completo silencio, después de lo dicho y, al terminar, me incorporé rápidamente de mi asiento y seguí los pasos que me llevarían a presenciar un nuevo espectáculo.

Casi me siento emocionada de poder ver, al fin, algo nuevo… casi.

Llegamos al patio que se encontraba en uno de los rincones del castillo y, en cuanto vi las secas manchas rojas que pintaban el suelo, di un paso hacia atrás de manera involuntaria –sabía perfectamente que no era sangre de vampiro, ya que estos no sangraban, al menos, que se les hiriera pocas horas después de haberse alimentado –. James me tomó de la mano y acercó sus labios a mi oído

"Aún estas a tiempo de dar media vuelta e irte" – recordó, con voz cariñosa.

Inhalé profundamente y, levantando levemente mi barbilla en un gesto de valentía, me negué. Jamás antes había entrado en ese lugar y me pareció como si estuviera en un pequeño coliseo romano. Mi padre me tomó de la mano y me ayudó para que pudiese tomar asiento en una de las gradas de piedra. Mis ojos buscaron ansiosos a los vampiros, y no tardaron mucho en encontrar su objetivo ya que, éstos, se encontraban justamente en el centro del círculo que yacía debajo de mí, de rodillas y amarrados por los fuertes cadenas, que estaba especialmente hechas para ellos y su fortaleza.

Tal y como había dicho James, eran tres: dos machos y una hembra. Todos iguales de hermosos y jóvenes, con sus ojos resplandecientes en un perturbador color carmesí, contrastando con la palidez gélida de sus facciones. Uno de ellos, un hombre de cabello largo que caía por sus hombros y topaba con el suelo, levantó la mirada y la dirigió en mi dirección. Sentí como sus venenosos y rabiosos ojos se clavaban fijamente en mi figura, provocando un terrible estremecimiento que me erizó la piel y, aunque intenté mantenerle la mirada con gesto valiente, fracasé al cabo de unos cuantos segundos.

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