Treinta y ocho

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No creo que exista persona que pueda descifrar lo que mi rostro decía cuando lo vi allí. Indefenso.

—Ven—dije con la voz apagada mientras tomaba sus manos con las mías. Una vez dentro, cerré la puerta. La llovizna se dejó de oír.

No sabía qué estaba pasando. No sabía qué pensar. ¡No sabía cómo actuar! Es solo que jamás lo había visto tan vulnerable. Me costaba creer lo que veía. Él nunca se mostraba así... Él era el capitán del equipo fútbol, maldita sea. Era el chico que toda chica quería, el popular. El que nunca aparecería en la puerta de tu casa llorando en una tarde lluviosa.

Noté que se apresuró en secarse las lágrimas.

—Voy por unas toallas—dije aún sin atreverme a mirarlo.

Fui al baño de visitas, tomé algunas toallas y regresé casi volando. Él seguía en pie, firme, esperándome.

Me destrozaba verlo así.

—Tu suéter—susurré.

Él asintió y se sacó el suéter. Le tendí las toallas y empezó a secarse. Noté que la camisa que llevaba estaba mojada también.

—Tal vez quieras cambiarte—sugerí—Puedo conseguirte algo.

Él me miró y me mostró lo único que necesitaba ver: una sonrisa.

—Ok—dijo él.

—Espera aquí—dije devolviéndole el gesto.

Mi padre es un poco más grueso que Conor,—y más alto—pero eso no iba a ser problema. Papá jamás se desechaba de todas sus camisetas. Ni compraba nuevas. Siendo doctor, no necesitaba verse bien para el trabajo. Así que fue bastante fácil encontrar camisetas suyas de al menos seis años atrás, cuando su peso no era un problema.

Tomé una camiseta ploma, limpia y salí del cuarto.

—Toma—dije una vez de vuelta ala sala—Puedes cambiarte en el baño de allí.

—Gracias—respondió cauteloso.

Escuché la puerta del baño cerrarse y corrí al baño de arriba. Me miré al espejo; todo parecía estar en orden. Me apresuré en cepillarme los dientes y, cuando volví mi mirada al espejo, noté que estaba en pijama. No era una simple pijama, era mi pijama rosa. Rosa de pies a cabeza. Era la pijama que me hacía ver más como un chicle que como una chica.

Fui a mi cuarto para tomar mi suéter blanco y escuché el timbre sonar. Esta vez debía ser la pizza.

Bajé las escaleras con prisa y recibí la comida. Entonces salió él. La camiseta le quedaba un poco grande, pero seguía viéndose bien.

—¡Llegó la comida!—exclamé cerrando la puerta por detrás de mi espalda.

—¿Tus padres no están?—preguntó.

—No—respondí, llevando la pizza a la mesa del comedor—Están en Boston, visitando a mi hermana.

—Oh.

—¿Quieres?

—¿Qué?

—Pizza.

—Oh. No, no tengo muchas ganas de comer.

—No puedo comerla toda sola—dije mientras me cortaba una rebanada.

—¿Entonces por qué la pediste?—preguntó casi sonriendo—¿A caso sabías que aparecería de repente?

Levanté los hombros en señal de duda.—Siempre he pensado que soy mitad bruja.

—¿En serio?

Ahora él miraba por la ventana de la cocina. El chiste de pronto dejó de dar risa. Apoyé el cuchillo en la mesa.

—No—dije en voz baja. Él volteó hacia mi.

—No quería preocuparte. Ni asustarte.

—Si no querías preocupación, definitivamente acudiste a la persona equivocada.

Él asintió.

—Quiero—dijo señalando la caja de cartón. Corté una rebanada y se la acerqué.

Él le dio un mordisco. Parecía sentirse incómodo.

—¿Qué puedo hacer para que quites esa mirada de lástima de mi?—preguntó.

—Decírmelo—respondí—Tienes que decirme por qué estás aquí.

Él siguió comiendo su trozo de pizza.

—Para eso viniste, ¿Cierto?

—No exactamente.

—¿Entonces?

—Vine porque... Necesitaba estar contigo.

Algo en mi estómago se salió de su lugar.

—¿Y ahora te sientes mejor?

—Un poco.

—Entonces no vas a decírmelo—dije en modo de pregunta mientras le pasaba un vaso con agua.

—No mientras me sigas mirando así.

—Bien, dejaré de mirarte así. Ya no siento nada de lastima por ti. ¿Lo ves?

Él resopló y volvió su mirada a la ventana.

—Parece que dejó de llover—avisó.

Una idea atravesó mi mente. 

—Ven conmigo—dije tomándolo del brazo—¡Ven! La pizza puede esperar.

Subimos hasta mi habitación; él caminaba detrás de mi. Prendí la luz, tomé mi manta amarilla, abrí la ventana y salí al tejado.

—Ven—repetí.

Tomé asiento y esperé a que él hiciera lo mismo.

—¿Por qué estamos aquí?

El cielo estaba ahora despejado. Y azul. Totalmente azul. Las estrellas casi ya no iluminaban en Westfield... por lo menos no en invierno. Pero el cielo seguía viéndose hermoso. Como pintado.

—Quiero escucharte. Quiero escuchar lo que tienes que decir.

—No tengo nada que decir. 

Lo miré cansada. 

—Conor, entiéndeme. ¿Si? Por mucho que no quieras, me importas. En verdad me importas. Y creo que merezco saber lo que pasa. ¿Podrías al menos no ser tan duro conmigo?—rogué. 

Él pareció darse por vencido.

—¿Y la manta por qué es?

—Soy una persona friolenta... Y algo me dice que estaremos aquí por un buen rato.

—Ágnes... No quiero. No creo que sea una buena idea.

—Lo es. Es tu oportunidad de decirme eso que nunca pudiste decirme. Es tu oportunidad de explicarme todo ese tema de "tú no entiendes". ¡Vamos! Compartiré mi manta contigo.

—Es solo que... Es que no es fácil. Ágnes, he estado ocultando esto por mucho tiempo.

—No puedes seguir haciéndolo.

—No puedo solo soltarlo.

—Puedes.

Él me miró, pero se apresuró en bajar la cabeza. Tomé su mano con temor. Temía que mis ojos empezaran a lagrimear.

—Tengo que saberlo—dije muy seriamente—Si te está pasando algo, tengo que saberlo. No soporto más verte así.

Él apretó fuerte mi mano y asintió.

—¿Vas a decírmelo todo?—pregunté.

—Todo—repitió.

Todo Muy Bien¡Lee esta historia GRATIS!