Treinta y nueve

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—Antes que nada—empezó a hablar—Necesito que entiendas que este es un tema muy complicado. Ni siquiera sé cómo empezar. Nadie sabe sobre esto, ¿Entiendes? Y... habrán momentos, mientras esté hablando, en que sonaré desesperado o tonto o extremista. Solo... Intenta ponerte en mi lugar. O no lo hagas. Solo escucha. Intentaré ser claro, ¿Bien? Es solo que no sé hacer esto. No sé qué decir. ¡No puedo hacer esto!

—Oye, relájate. Mis padres no volverán hasta la próxima semana.

—Intento ser serio, Ágnes.

Suspiré. Acaricié su mano suavemente.

—Conor, puedes decirme cualquier cosa. Solo suéltalo. Si no te entiendo o me pierdo, qué más da. Solo dilo. No puedes seguir reteniéndolo.

—Es que es muy, muy malo. Tal vez no quiero que lo sepas.

—Yo quiero saber.

—No creo que ayude en nada.

—Te ayudará a ti. Confía.

Él dudó un segundo, y luego empezó a hablar:

—Mi vida no es fácil, Ágnes. Ese chico que ves en los pasillos de las escuela, siempre ignorándote; ese que se cree la gran cosa y por el que las chicas hacen fila... Ese no soy yo. Ágnes,  ese chico no existe. Es más: esas personas que están siempre a mi alrededor, ¿Haz notado que nunca te he hablado de ninguno de ellos? Ni siquiera sé cómo llamarlos; la mayoría de ellos son solo extraños. No saben nada de mi. ¡No saben nada de esto! Mira, tú conoces a mi familia. Hasta hace cuatro años, tenía un padre. Mi padre era alcohólico. Nunca quiso hacerse cargo de nosotros. Nunca nos quiso, a ninguno de nosotros. Después de que lo despidieron de su trabajo, se las pasaba de bar en bar. Hasta que descubrieron la enfermedad de Sophie. Mamá se lo dijo. Para entonces ya teníamos problemas con el dinero. Aún así él prometió hacerse cargo. ¿Crees que lo hizo? No, Ágnes. Él se fue. Nos abandonó. Abandonó a mi madre y abandonó a mi hermana enferma. Todas las noches, por casi un año, todas las noches escuché a mi madre llorar de impotencia y no se sintió bien. Y ahora, ¡Ahora es tan fácil enviar una carta pidiendo disculpas como muy bien gracias!

—¿Él qué?—pregunté petrificada.

—Envió una carta—dijo extrayendo una hoja arrugada y hecha bolita de su bolsillo—Era para mi mamá, pero por suerte la vi primero.

La carta estaba escrita con letra casi ilegible. En ella, el padre de Conor hablaba de lo arrepentido que estaba de haberlos abandonado. Decía que se había encontrado perdido sin ellos, que sus esperanzas se habían esfumado, pero había podido sobreponerse. Decía también que estaba iniciando una nueva vida y que quería que ellos, su familia, fueran parte de ella. Sonó bastante sincero para mí.

—¿No crees que tu madre querría ver esto?—pregunté.

—¿No?—respondió—¿Después de todo el daño que le ha hecho, saber que está por allí disfrutando de su "nueva vida" sin una gota de remordimiento? Ella no podría manejarlo.

—Bueno... Si escribió esta carta, es porque algo de remordimiento tiene.

—Ágnes, él nos hizo daño. ¡Él no va a cambiar! ¿No lo ves? Si vuelvo a verlo algún día yo-

—Está bien. Olvídalo—me apresuré en decir—Tienes razón. No debí decir nada.

—Hay más.

—¿Qué más?

—Toda esta "reputación" de capitán que he inventado. Todo es una farsa.

Abracé más fuerte mi manta. El frío empezaba a aumentar.

—¿Qué quieres decir?

—Hace dos años... Cuando entré a la WS. Inventé todo este estereotipo de chico deportista que todos creyeron. Pasé todo el verano practicando fútbol. Yo solo. En las canchas municipales. Me preparé muy bien para las pruebas, pero ni así llegué a ser el mejor.

—¿Entonces?

—Entonces... Aquí viene lo feo: Había un chico, Alan, que era el capitán en ese momento. Yo estaba justo después de él en la lista. Yo, um, en resumen... Yo le pagué a un chico de primer año para que lo empujara por las escaleras.

—¡Eres un monstruo!—grité alterada.

—Escucha, escucha—dijo intentando tranquilizarme—Sé lo que piensas, pero todo tiene una explicación, ¿Si?

De pronto recordé lo que Lauren y Kevin me habían dicho en el primer partido de fútbol al que asistí:

"Hay ciertas cosas que cierta gente hace para obtener cierto prestigio en la escuela... como aplastar a ciertas personas en el camino."

—Claro—dije poniéndome en pie—¿Sabes algo? No quiero escuchar más.

Escuché el crujido de una de las tejas saliendo de su lugar.

—¡Ágnes por favor! ¿Puedes no pararte? Esto es un tejado, es peligroso.

Dicho esto, me tomó de la mano y me ayudó a sentarme otra vez.

—¿Cómo pudiste hacer algo así?—pregunté luego de unos segundos.

—Lo sé, estuvo mal. No debí sobrepasarme tanto. Pero no le causé tanto daño... Solo tuvo que usar un yeso por unas cuantas semanas. Para cuando volvió al equipo, un mes y medio después, ya ocupaba su lugar. Y sé que sueno egoísta y arrogante y que doy asco pero, créeme, hay una segunda razón por la que hice lo que hice.

—Muero por saber cuál es.

—Sophie.

—¿Sophie?

—Mi madre, en realidad.

Al ver que no había respuesta, prosiguió.

—Sé que no tiene el dinero suficiente como para pagar una universidad. Y no quiero cargarla con eso. Ese ha sido mi plan desde que conocemos la enfermedad de Sophie. Es por eso que practiqué tanto: es por eso que hice todo lo que estuvo a mi alcance para ser el deportista más reconocido de la escuela... Incluso ignorar mi moral. Necesitaba una entrada directa a la universidad. Necesitaba una beca. Ahora la tengo.

Él se acercó a mi y acarició mi mejilla con su pulgar.

—¿En serio?—pregunté—¿A cuál?

—A la Universidad de Boston.

—Oh—dije bajando la cabeza y alejando su mano de mi rostro—Eso es genial.

Porque era genial no solo tener a mi hermana tan lejos, sino también a él. Era genial el hecho de que en seis meses él simplemente desaparecería de mi vida.

Ese momento llegaría tarde o temprano, ¿Cierto?

—Sí—dijo con una media sonrisa—Lo es.

—Entonces... No todo en tu vida está tan mal.

Él rió.

—De lo mucho que me sirve de consuelo.

Apoyé mi cabeza en su hombro y él me rodeó por la cintura.

—Quiero tanto ayudarte, de verdad—dije en voz baja—Pero no sé qué decir. No... ¡Todo esto es tan ajeno a mi! Yo jamás he pasado por algo que al menos pueda compararse a esto. Jamás he conocido a alguien que haya pasado por algo así... Excepto a ti, claro. Es solo que... No me golpees, ¡Pero es tan difícil ponerse en el lugar de alguien más cuando en tu vida va todo tan bien!

—Lo sé—dijo sonriendo—Lo entiendo. Pero, aunque no lo creas, me has ayudado mucho solo por estar aquí... Conmigo.

Volví a mi posición normal para poder verlo a los ojos, extrañada.

—Es por eso que vine—continuó—Porque sabía que lo único que necesitaba era estar contigo. Ágnes, estoy enamorado de ti. Es por eso que vine. Porque no podía seguir mintiendo; no podía dejar que tuvieras una idea tan mala de mi. Porque quería que supieras que mis sentimientos son reales... que no estuve jugando ningún juego. Estoy enamorado de ti. Yo, Conor. No Bur. No ese chico que todos creen conocer. Yo, el chico que solo conoces. Estoy enamorado de ti.

—Tal vez sea porque lo repetiste muchas veces,—dije intentando causar gracia—pero por alguna razón te creo. 

Él rió.

—Entonces, ¿Realmente estás enamorado de mi? -pregunté nerviosa. Él asintió efusivamente.

—¿Quieres que lo repita?—preguntó levantando una ceja. 

—¡No, por favor!—reí muy fuerte. Él copió la acción, avergonzado, y me miró de reojo.—Conor...

Él se inclinó hacia mi para escuchar lo que tenía que decir. Tartamudeé un poco al hablar. 

—¿Esto qué quiere decir?

—Esto quiere decir: Señorita "me va todo muy bien", ¿Te gustaría intentarlo?

Todo Muy Bien¡Lee esta historia GRATIS!