Capitulo 38

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—Ya que presumes de lo bien que se cuida a los animales en el circo, deberías saber que la casa de fieras es una vergüenza.

—Estoy totalmente de acuerdo contigo, Llevo años diciéndolo, pero a Owen le encantaba y siempre se negó en redondo a deshacerse de ella.

—¿Y Sheba?

—Opina como yo,Espero que la cierre pronto, pero no hay mercado para los animales viejos de los circos. En realidad están mejor con nosotros que si los vendiese a los cotos de caza ilegales.

Isabel se llevó un poco de chile a la boca pero volvió a poner el tenedor en el plato como si comer supusiera demasiado esfuerzo, Harry ya no lo soportó más. No le importaba si le criticaban por darle a su esposa un trato de favor, pero no podía tolerar esas sombras púrpura bajo sus ojos ni un día más.

—Vete a la cama, Isabel. He cambiado de idea, Hoy puedes saltarte la función.

—¿De verdad? ¿Estás seguro?

La alegría de Isabel lo hizo sentir todavía más culpable.

—Eso es lo que he dicho, ¿no?

—Sí, sí, claro. Oh, gracias, Harry. No lo olvidaré.

Isabel durmió durante la primera función pero, para sorpresa de Harry, se presentó cuando comenzaba la segunda función. La siesta de dos horas había hecho maravillas en ella y parecía más relajada que en los días anteriores. Mientras recorría la pista de arena sobre Misha, Harry la vio saludar con las manos y lanzar besos a los niños sin ser consciente del efecto que aquel llameante maillot rojo tenía en los padres de las criaturas. Harry tuvo que contenerse para no arrancar la gorra de alguno de esos palurdos con el látigo.

Cuando la función finalizó, él se fue a la caravana para cambiarse de ropa. Isabel solía estar ya allí, pero no la vio por ninguna parte.

Intranquilo, se vistió rápidamente y regresó al circo. Un destello de lentejuelas rojas cerca de la puerta principal atrajo su atención, Vio a su esposa rodeada por tres espectadores. Todos se comportaban con cortesía y, desde luego, ella no corría peligro, pero aun así quería estrellar el puño contra aquellas caras presumidas.

Uno de ellos dijo algo y Isabel se rio, un sonido angelical que flotó en el aire de la noche, Harry maldijo por lo bajo.

—¿Qué es lo que te pone de tan cabriado?

Al ver a Brady detrás de él, Harry se obligó a relajarse.

—¿Qué te hace pensar que estoy cabriado?

Brady se puso un palillo en la comisura de la boca.

—La manera en que miras a esos tipos.

—No sé de qué estás hablando.

-No lo entiendo, Harry Pensaba que ella no te importaba.

—No quiero hablar de eso.

—No te preocupes, no tengo intención de hablarte de ella. —Se pasó el palillo de un lado a otro de los labios. —Pero de todas maneras creo que, a pesar de que sea una ladrona y la odies, no deberías hacer trabajar tan duro a una mujer embarazada.

—¿Quién te ha dicho que está embarazada?

—Es lo que piensa todo el mundo. La noche de la fiesta sorpresa no parecías exactamente un novio feliz.

Harry apretó los dientes.

—No está embarazada.

A Brady se le cayó el palillo.

—¿Entonces por qué mierda te casaste con ella?

—Eso no es asunto tuyo. — Harry se alejó.

Harry trabajó hasta medianoche. Cuando entró en la caravana, Isabel estaba dormida, pero en lugar de estar acurrucada sobre un montón de sábanas arrugadas como siempre, yacía en el sofá con el maillot de la función todavía puesto, como si se hubiera sentado unos minutos y se hubiera quedado dormida sin querer. Él sabía que una cosa era ser duro con ella y otra llevarla hasta el límite de sus fuerzas. En ese momento supo que no podía dejar que siguiera trabajando así. En lo que a él concernía, Isabel había pagado su deuda y había llegado el momento de bajar el ritmo.

Isabel tenía los labios ligeramente entreabiertos y los mechones del pelo oscuro se extendían sobre el almohadón del sofá como cintas sedosas. Estaba tumbada boca abajo y a Harry se le secó la boca al ver esas dulces bragas respingón cubierta sólo por la trama en forma de diamantes de las medias negras de red. La fina tira de lentejuelas que cubría la unión de las nalgas hacía que la visión fuera todavía más atrayente. Se obligó a apartar la mirada, se desnudó y entró en el cuarto de baño, donde se metió rápidamente bajo el agua fría.

El ruido de la ducha debió de despertar a Isabel, porque cuando Harry apareció envuelto en una toalla, la joven estaba delante del fregadero con la bata azul de Harry cubriendo el maillot. Las pequeñas manos femeninas asomaban por las mangas mientras cortaba un trozo de pan.

—¿Quieres que te haga un bocadillo? —Isabel parecía de mejor humor que cualquiera de los días anteriores. —Me quedé dormida antes de cenar y estoy muerta de hambre.

Se le abrió el albornoz, revelando las curvas de los pechos bajo las lentejuelas llameantes del maillot. Harry deslizó la mirada sobre ella y en vez de agradecerle el ofrecimiento, le espetó:

—Como Sheba te atrape durmiendo con uno de sus maillots, te desnudará estés donde estés.

—Entonces tendré que asegurarme de que no me pille.

El renovado ánimo en la voz de Isabel hizo que Harry se sintiera mejor.

—No se puede esperar que lo aprendas todo de inmediato.

Isabel se volvió hacia él, pero cualquier cosa que fuera a decir murió en sus labios. Deslizó la mirada por el pecho de su marido hasta la toalla amarilla que le cubría las caderas. Harry quiso gritarle, decirle que no lo mirara de esa manera a no ser que quisiera acabar en la cama con él, Casi sintió que perdía el control.

—¿Quieres que... eh.. quieres tu bata? —preguntó ella.

Él asintió con la cabeza. Ella tiró del cinturón, se la quitó y se la tendió, Harry la dejó caer al suelo. Ella se lo quedó mirando.

—¿No acabas de pedírmela?

—Lo único que quería era que te la quitaras.

Isabel se humedeció los labios y él la estudió mientras esperaba una respuesta, llamándose estúpido en todos los idiomas que conocía, pues sabía que no podría resistirse a ella otra noche.

—No estoy segura de qué quieres decir exactamente —dijo ella con timidez.

—Quiero decir que no voy a poder mantener mis manos alejadas de ti durante más tiempo.

—Eso es lo que me temía. —Isabel respiró hondo y alzó la barbilla. —Lo siento, pero no puedo acostarme contigo, No estaría bien.

—¿Por qué?

—Porque no sería sagrado,Hacer el amor significa algo más para mí, No lo hago con cualquiera.

—Me alegro de oírlo. —Impulsado por una fuerza que no podía resistir, Harry se acercó a ella. Isabel dio un paso atrás, hasta tropezar contra el mostrador, sin apartar la mirada de los ojos de él.

—No puedo hacerlo sin que signifique algo.

—Espero que eso quiera decir que no tengo que preocuparme por ninguna enfermedad de transmisión sexual como las que le mencionaste a la camarera al poco de casarnos.

—¡Por supuesto que no!

—En ese caso tampoco tienes que preocuparte por mí, Estoy perfectamente sano.

—Me alegro mucho por ti, pero...

—¿No te ha dicho nadie que hablas demasiado?

Él plantó las manos en el mostrador atrapándola entre sus brazos.

Besar un Angel¡Lee esta historia GRATIS!