9. Día de Picolia

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Capítulo nueve

¿Me protegerías de ti mismo no apareciendo, Ed? ¿O serías mi propia sombra? Tu disfraz era bueno, tanto, que ni si quiera te había reconocido.

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Aquella conversación, aún qué corta, me había privado del sueño aquella noche.

¿A que clase de mal se supone que debía precaver?

Las llamas del mal eran incesantes al igual que las del bien, eran parecidas en tantas cosas y diferentes en tantas otras, tan distintas y tan parejas a la vez. Entonces con tantas similitudes era normal que hasta a los mismísimos ángeles nos costara hacer constantemente el bien. Claro que por contra, habiendo tantas diferencias y tantas evidencias, en otras ocasiones fuera tan fácil que parecía imposible, increíble, inimaginable que el bien fuera algo tan sencillo, tan elemental. La naturalidad de hacer actos correctos era una persistencia de la cual la persona necesitaba carecer para, quizás no ser un ángel, pero si una buena persona. Las buenas personas en la tierra estaban infravaloradas.

Una pequeña exclamación proveniente de entre los labios de Clair despertó mis sentidos de la filosofía de la cual había deliberado sin necesidad de diversas opiniones. Froté mis ojos con cuidado y dejé caer un murmullo sorprendedor para Clair.

- Vaya, ya estás despierta Jainnie. -Asentí y esta acercó su cuerpo, al menos el que podía mover, hacía mi.- Buenos días hermanita.

- Buenos días pequeña picolia.

- Vaya, pensaba que no te acordabas, hacía mucho que no me llamabas así. -Me alcé de hombros y esta tan solo sonrió.

- Te ayudo a ducharte, te vistes y nos vamos. ¿Vale? Hace un día precioso, no hay porqué negarse a él. ¿Lo oyes, picolia, lo oyes? -Esta negó y yo coloqué la mano tras mi oreja, para dar la sensación que oía mejor.- ¡Escucha la invitación que te ofrece el viento, y acéptala! ¡El día es tuyo y yo también! -Me puse de pie sobre la cama y movía con entusiasmo los brazos, al estilo teatreal.- ¡Hoy haremos lo que digas pequeña! ¿Estás dispuesta a hacerlo, Picolia? -Alargué mi mano en forma de invitación y esta aceptó entre risa y risa.

- ¡Por supuesto!

- ¡Así me gusta Clairie! -Coloqué su cuerpo en la silla de ruedas y dejé caer un par más de frases para hacer reír a la inofensiva criatura.

Entre risas y risas causada por mi comedia acabó la ducha y la vestimenta por parte de Clair. Preparé el desayuno en su compañía para disfrutar del mismo a un tiempo sincronizado. Desde que un día decidí preparar un simple desayuno a Clair había cogido el gustillo por repetir lo mismo el día que la viera, para no olvidar nada ni perder costumbres, dejando que la vida cotidiana la consumiera de una manera a la que ella estaba acostumbrada, indolora. Acabando el desayuno y fregando los cuatro platos que habíamos utilizado dejé a Clair viendo la tele en el salón a la vez que yo subía para darme una ducha y ponerme ropa decente.

Media hora más tarde estaba acabando de poner el gorro de lana sobre la cabeza de la chica con cabellos de oro fino y pequeños rasgos castaños. Salimos de casa y las abrigadas ropas no pudieron impedir que una corriente de aire se paseara por mi anatomía sin permiso alguno; el suelo nevado dejaba un bonito paisaje para la vista y la risa que a lo lejos se escuchaba de unos pequeños entregaba al cuerpo una agradable sensación.

- Me acuerdo que cuando éramos pequeñas nos subíamos a los árboles y era nuestro fuerte. ¿Lo recuerdas Jane? Nuestras conquistas de barcos, nuestras reuniones de té. -Citó con un ápice de melancolía arrastrada en sus palabras.

- Como olvidarlo, si aún están ahí. -Esta sonrío y seguimos adelante en nuestro paseo.

En realidad ninguna casa fue construida como la típica casita del árbol que se veía en la televisión, nosotras tan solo nos subías y decíamos que éramos una casa y estábamos en un árbol. Aquella era nuestra casa del árbol, un simple árbol sobre el cual pudieras llegar a la parte superior era válido. Llegamos a una cafetería con ambiente apaciguado por apenas una pareja mayor en una mesa y un chico muy cubierto en otra. El chico me llamó la atención por su gran intención de discreción, pues llevaba una chaqueta color negro, del mismo color que la gorra, la chaqueta dejaba al descubierto unos tejanos oscuros y unos mocasines. Por último, sus ojos eran cubiertos por unas gafas de sol.

Firefly |Ed Sheeran|¡Lee esta historia GRATIS!