Capitulo 28.

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Lo que siguió fue bastante confuso. Todos estuvieron en silencio por un momento hasta que Beth volvió a estremecerse con otra contracción y entonces se armó un revuelo de órdenes hacia los criados por parte de alguien, y muchas personas moviéndose en el no tan ancho pasillo que parecía unas diez veces más angosto de lo que en verdad era.

Sebastian siguió sujetando a su esposa por la cintura sin saber muy bien qué hacer.

—¿Estás segura de que es el momento, Beth? Creí que faltaban unas semanas —Emmie se acercó a ellos un poco temblorosa y mareada.

—Y faltan, pero estoy bastante segura de que no va a aguantar allí tanto tiempo.

—¿Es por mi culpa? —Preguntó mordiéndose el labio inferior—. ¿Te disgustaste tanto con la noticia que se adelantó la hora? ¿Le he hecho daño al bebé?

—No seas tonta, Emmie —respondió soltando una risita—. Me he sentido así desde que desperté esta mañana. No tiene nada que ver contigo. Aunque estoy un poco molesta con ustedes. Vamos a tener una conversación nosotros tres cuando todo esto termine.

Un poco aliviada, Em asintió y se giró para ver cuál era la respuesta de Joseph, pero se encontró con que allí no había nadie.

—Si estás buscando a tu querido Marqués, harás bien en saber que se marchado luciendo peor que su hermana —comentó Francis entre divertido e intrigado al mismo tiempo—. Creí que ese era tu papel. —Le apuntó a Sebastian que no estaba mucho mejor.

—Oh, no —suspiró Beth—. Creo que debería hablar con él.

—Tú no vas a ningún lado, excepto a la cama —intervino la Duquesa apareciendo de repente sin saber de qué estaban hablando.

—Yo iré, no te preocupes. —La tranquilizó Emmeline dándole una última mirada. Ya sabía que no iban a dejarla entrar a la habitación durante el parto, o ni siquiera antes de eso. Una joven dama soltera no debía de ver aquellas cosas. Algo que para Emmie era sumamente tonto, se suponía que todas las mujeres pasaban por lo mismo y no le vendría mal ver con sus propios ojos a lo que se enfrentaría.

Francis estuvo en segundos pisándole los talones.

—¿A dónde crees que vas? —Inquirió frenando la marcha y girándose para enfrentarlo.

—A donde tú vayas. No me fío de Thornehill.

—Voy a casarme con él. —Le recordó solo por si acaso lo había olvidado.

—Eso está por verse —gruñó el Conde.

Emmeline no se creía lo obtusa que podía llegar a ser una persona que compartía su misma sangre. Pero no iba a discutir con él, no allí, no ahora. Tenía algo más importante que hacer, y era no fallarle al hombre que amaba.

—Como digas, Francis. Ahora, si me disculpas, tengo que estar en otro lugar. —Y con eso, volvió a caminar hacia donde estaba convencida de que él había ido a parar.

Y cuando llegó a la puerta del despacho del Marqués, su hermano todavía caminaba detrás de ella. No se molestó en decirle nada, porque sabía que sería inútil, así que abrió la puerta lentamente y se asomó un poco antes de entrar por completo.

Joseph estaba sentado no muy elegantemente en el sofá del que ella tenía muchos recuerdos, y tenía un vaso en la mano. A pesar de todo, Emmie quiso sonreír. Era una visión maravillosa, era tan guapo que quitaba el aliento, incluso cuando estaba un poco abatido.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!