4. [Editado]

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"Soy el castigo de Dios, si no hubieses cometido grandes pecados, Dios no habría enviado un castigo como yo sobre ti"

-Gengis Kan-

*

Su cuerpo permanecía tendido sobre la cama, tan hermosa. Toda su figura resplandecía como un brillante en una mina oscura, iluminando la habitación de esa espléndida luz que ella poseía y reflejaba en cada aspecto de su ser.

Mi respiración se agito más al verla abrir sus preciosos ojos cafés.Tan llenos de misterio, llenos de miles de promesas oscuras que me prometía con cada mirada fija.

-Deseaste que pasara esto, Gabriel. Desde el primer momento en que me viste. Me convertí en tu obsesión, en eso que deseas reprimir hasta el punto de tratar de negarte a ti mismo lo que sientes.- Su voz rompió el silencio. Siempre tan directa, siempre tan fría. Su mirada, a pesar de ser una de las cosas que más me han fascinado de su persona, es una de las cosas que más me han herido con tan solo una mirada. Un arma de doble filo. Siempre fui consciente de esa parte oscura oculta. Fría como un hielo que podía quemarme solo por su propia diversión. Aún así, la aceptaba con devoción.- Déjate llevar, estamos ya en el fondo...descendamos dignamente.

Y despertó bañado en sudor. Miro el reloj alarmado, dándose cuenta que eran las 4:40 de la madrugada. Con un suspiro se levantó de la cama, fue hasta la cocina y del refrigerador sacó una botella de agua.

Sus ojos miraron su reflejo por un momento, dándose cuenta de la magnitud del sueño que había tenido. Cerró los ojos con cansancio, y un dolor de cabeza comenzó a molestarle.

Sin duda alguna está noche era la más inquietante de su vida.

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Paulette.

Las clases pasaron lo bastante rápido. Cuando menos lo esperé ya había terminado la clase de matemáticas, dando por finalizado la hora de clases. Camine en silencio por los pasillos, esta era la única clase que no compartía con Rose ya que teníamos diferentes horarios.

Fui a comprar una barra de cereal a la cafetería mientras emprendo camino hacia la biblioteca. No puedo creer que solo por ese estúpido accidente ahora tendré que limpiar la biblioteca hasta tarde.

Cuando llegué aún no llegaba el Padre Gabriel, por lo que puse mi mochila en una mesa del lugar y me dedique a ver los libros (sin tocar nada) para evitarme más mierdas como las de ayer. Las bibliotecas siempre me habían alegrado, por la paz que llegan a reflejar.

-La puntualidad siempre me ha fascinado en las personas.- Dijo una voz tras de mi. Me gire hacía Gabriel, que estaba mirándome con una amplia sonrisa. Vestía un pantalón de mezclilla y un suéter de lana negro, algo informal para un sacerdote, supongo.

-Debería empezar a practicarla.- Solté volteando a verlo. Su sonrisa nunca desapareció mientras miraba la hora en su reloj. Me alegré de eso. Por lo menos tiene sentido del humor.

-Lamento haber llegado dos minutos tarde, estuve ocupado haciendo algunas cosas. Bien señorita Paulette,¿lista?.- Asentí y ambos comenzamos con el trabajo.

Estuvimos acomodando desde el primer estante hasta el último. Había mucho polvo ya que al parecer Gabriel no permitía que nadie más limpiara este lugar. Solo él se encargaba del mantenimiento de la biblioteca ya que era precisamente el lugar que más quería del colegio.

-Escuche sobre el pequeño problema que tuviste con tus compañeras en la cafetería.- Comentó de pronto, mientras yo estaba arriba de una pequeña escalera acomodando los libros mientras él desde abajo me los pasaba.

Los siete pecados. [Editado]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora