Prólogo: Te contaré una historia...

430 29 2



Año 755, En algún rincón del planeta Vejita.

Hacia aquella celda oscura y fría se dirigía. Aún no entendía como era posible que un hombre como él, que había dedicado su vida completa a Dios, estaba en un lugar asi.

Había llegado tan solo hace dos horas a aquel planeta y ya sentía el olor a sangre y muerte recorrer el tétrico ambiente.

Al bajar de su nave fue directo a la cárcel, en donde habían solicitado su presencia. Pues sabía que aquella humana era muy especial y que aunque aquel era su último día de vida aún la complacian en todo.

Era ilógico saber como una bella y joven mujer podía llegar a tanto. De verdad había puesto patas para arriba aquel planeta, cuya reputacion era intachable y temida por todo el universo.

Una simple mujer había logrado sacudir a todo habitante no solo de allí si no que en toda la galaxia en donde conocían su nombre o mejor dicho, su apodo.

El sacerdote joven, de unos veinte años caminó escaleras arriba apenas entró al sitio. Unos pasillos silenciosos y perturbadores hacían su vista, despacio atravesó un oscuro pasillo al dejar atrás las enormes escaleras, en donde una ventana cada treinta metros hacía aparición. Las antorchas encendidas alumbraban el lugar que estaba construido de piedras y acero. El sitio era silencioso, pues solo las almas en pena vagaban por allí.

Se acercó a una de las ventanas mientras esperaba a ser llamado por uno de los guardias y vio como preparaban aquel lugar en donde le iban a dar muerte al fin a aquella mujer que tanto daño le había causado no solo al planeta entero, si no al mismo rey de la raza más poderosa de todas, con su traición.

El padre Isaías tembló al ver como estaban preparando un escenario macabro para decapitar cabezas, una guillotina que probaban con frutas, un artefacto un tanto primitivo, pero muy eficaz, lo levantaban y cuando bajaba rompia todo a su paso con su espeluznante filo. Tembló al pensar en el cuello de alguien siendo atravesado por aquella navaja.

El joven volteo la mirada, simplemente no comprendía como había culturas que aún condenaban a muerte a los traidores o los indignos. El no estaba de acuerdo con aquellos castigos, él era un hombre de dios, y su señor imponía el perdón y justicia divina, no podían tomar ajustes por mano propia, eso era pecado. Pero, sabía que no podía hacer nada, así era en aquel planeta y él debía abstenerse a comentar algo inadecuado o sabía que las pagaria caro.

Abrió sus ojos despacio y vio como el guardián del lugar le hacía señas para que se acerque. Camino hasta el final del pasillo y pudo ver frente a él una inmensa roca que cubría una especie de cueva. El soldado lo miró un segundo esperando que esté en posición y rápido abrió una especie de puerta de piedra enorme y muy pesada. El cura no pudo evitar pensar que la persona que estaba dentro la consideraban muy peligrosa, de otra manera la seguridad de su prisión no sería tan grande.

Despacio se acercó y entró al lugar, miró al guardia y con una sonrisa preocupada asintió con la cabeza. El guerrero lo miró y quedó serio.

-Solo tienen hasta el amancer... Lo vendré a buscar al alba.

Isaías, el cura rubio de ojos azules, bajó de estatura pero muy fornido solo asintió con la cabeza.

Vio al guerrero marcharse y cerrar detrás de él la enorme puerta parecida a una gigantesca roca.

Se dio la vuelta y buscó con la mirada aquella que lo había solicitado. Frente a una ventana, hecha de piedras también y cerrada con barrotes de hierro muy gruesos se encontraba una mujer.

La primera reacción de Isaías fue de sorpresa, increible que una criatura tan bella y joven pudiera tener la reputación que tenía. Luego pensó en la paz que tenían sus ojos. La joven parecía rendida, pero tranquila, esperaba su muerte y no demostraba aflicción por eso.

Loca TraiciónRead this story for FREE!