Capítulo 5

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Las calles habían estado muy oscuras o tal vez es que había estado abrumado últimamente. Sofía no se veía muy bien y aunque ella le aseguraba que no pasaba nada, estaba inquieto. La veía pálida y hasta débil. A veces ella le decía que no podía verlo, que dormía desde temprano hasta tarde. Cada vez más se le notaba que algo le preocupaba. David había tratado de hablar con su madre, pero no había hallado una buena ocasión para ello. Estaba preocupado, sin embargo, aún albergaba esperanzas de hallar mejor a Sofía al día siguiente.

Siempre había sido así, terca y orgullosa, aunque esta vez David sentía como si su motivo para ocultarle la verdad fuera otro. Tal vez en verdad estaba pasando algo y no quería asustarlo. Sabía que su optimismo lo levantaría mientras no se enterase de qué se trataba, pero, ¿y si se enterara demasiado tarde? No. Nunca se habían mentido, aunque confieso que nunca habían tenido realmente necesidad de ello. Se amaban demasiado como para estar buscando el uno la ruina del otro. No, tal vez había algún problema entre sus familias, aunque no, eso también lo creía imposible.

David estaba confundido. Pensándolo mejor, tal vez debía dejarse de burradas y dar la cara a la verdad. No creía en ninguna de las suposiciones anteriores. Casi estaba seguro de que estaba enferma, gravemente enferma. Pero, ¿qué sería? Por un lado, seguía yendo a la escuela, pero por otro, no había querido decirle nada y hasta evadía el tema con su preciosa sonrisa y un pequeño juego de palabras en que David acostumbraba caer dócil y tiernamente.

Ya casi llegaba a su casa. Esa linda casa donde había vivido desde que nació, a diferencia de su hermano, Fernando. Sus padres antes habían vivido en un pueblo vecino que David no recordaba siquiera cómo se llamaba cuando me lo contó, días antes de morir. Ninguno de los dos nació allá, sino en Almasi, pero por azares del destino residieron un tiempo allá y se conocieron; se casaron, consiguieron dónde vivir juntos y felices, tuvieron a su primer hijo y a los cinco años se les presentó la oportunidad de volver y así lo hicieron; pronto, nació David. Quizá fuera por eso que él no sentía esa pasión que tenía su familia por la tierra árida, fina y aburrida de aquel pueblo. Sencillamente no le importaba, salvo por la comida, que es tan diferente y que sólo allá podía conseguir. Curiosamente, si sus padres no se hubiesen conocido allá, jamás lo hubieran hecho, ya que, antes de eso, vivían en lados opuestos de la ciudad. Su padre vivía en la zona sureste de la ciudad, mientras que su madre residía casi en las afueras, cerca del cerro Uzuri, al noroeste. Y ahora, curiosamente, vivían en un punto un poco intermedio, cercano al centro de la ciudad, a la casa de los abuelos y a la vez, al trabajo de su padre.

Era una zona muy linda aunque un poco pobre. Se veían algunas casa pintadas con esmero y al lado otras que ya ni pintura tenían, salvo los pocos pedazos que quedaron de algún glorioso tiempo que ya nadie recordaba. Algunas partes eran muy pintorescas y alegres mientras que a la cuadra siguiente se encontraban calles sucias y tristes. Pero vivían muy bien, además de muy felices. La escuela quedaba cerca, el trabajo de su padre y el de su madre, también. Su novia vivía también cerca y los amigos daban fácil con la dirección.

Antes de que David naciera, su madre se embarazó, pero fue una mala temporada, llena de problemas, de cambios y de estrés, así que abortó, pero el tiempo la curó y le renovó los ánimos. El padre de David la apoyó muchísimo y su hermano le siguió pidiendo un hermanito, así que al fin llegó un día David, con otro tanto de problemas y de cambios pero en perfectas condiciones y tan optimista como siempre. En realidad, vivían una buena vida y su única amargura era la preocupación por el mañana y la posible guerra con la ciudad vecina. Era un absurdo, pero era tan real y tan destructivo que ya empezaban a buscar posibles soluciones y hasta vacilaban un poco pensando en heroicas e imposibles salidas al problema. Cada día parecía algo más real. Su única ventaja era el petróleo recién hallado en las costas, pero nadie estaba seguro de sobrevivir por mucho tiempo. Algunos, sin embargo, aseguraban que Aracena necesitaría un verdadero milagro para poder invadirlos o hacerles la guerra. Y hasta había rumores de que el gobierno ya estaba con la Unión. David no lo creía. Una cosa era ser diplomático y otra muy diferente era ser un verdadero hipócrita sin principios. Así pensaba él.

Alamasi jamás aceptaría unírsele a una congregación tan hipócrita y tan vil. Esta era la discusión favorita en su familia desde hacía no menos de cuatro años. No es que fueran aficionados de la política, sino que la polémica les fascinaba, especialmente porque se aprenden muchas otras perspectivas y corre la adrenalina al defender un punto del que nadie está seguro de su absoluta veracidad. Esa tarde, por desgracia, dudaba que hubiera plática que lo distrajera y lo relajara aunque fuera un poco. Su padre había tenido mucho trabajo y su madre acababa de regresar de un viaje. David también estaba cansado y esperaba poder llegar y dormirse.

Se extrañó al llegar a su casa, pues estaba completamente a obscuras. ¿En verdad no habría nadie? Era realmente raro. La cerradura de la puerta estaba cerrada con llave y parecía como si hubiera llovido. Sin embargo, su madre había pronosticado mucho viento y calor, ella era buena para eso. Su abuela fue quien le enseñó a observar el cielo, analizar las nubes y sentir la humedad en la piel. Era raro, pero en fin, estaba todo mojado así que no había duda: esta vez, su madre se había equivocado. Qué silencio... Hacía tanto que no veía su casa así.

Decidió encender las luces y ver si había algo que comer. Ni una nota... ¿Dónde estaría su familia? Tal vez su padre había regresado temprano y habían decidido salir a dar una vuelta, tal vez. David estaba meditando en esto cuando se apagó la luz del comedor. ¿Se habría fundido el foco? No. David volvió a encenderla y siguió revisando en el refrigerador en busca de comida cuando se apagó la luz de la cocina. Ya, que así se quede, pensó. Había cereal, refresco y mantequilla. David estaba pensando en qué hacer cuando se volvió a apagar la luz del comedor.

Pensó que debía haber un falso o algo así. Ya era de noche y sin embargo se sentía mucho calor dentro de la casa. Abrió las ventanas. Era extraño, como si el clima se hubiera vuelto loco. Primero, hizo un excelente clima con viento y calor; luego llovió enfriando todo y ahora era como si pagase todo el calor que les debía. Otra vez la luz. Ya, la encenderé y si se apaga, la dejaré apagada y ya, pensó David quien lo único que quería era comer algo. Otra vez..., casi podría jurar que había escuchado el interruptor de la luz cuando se apagó.

Estaba confundido y hambriento. Decidió que definitivamente debía haber una falla. Volvió a sonar el interruptor a la vez que se encendía la luz. Ahora sí lo había escuchado, estaba seguro. Debía haber alguien. Tal vez su hermano sí estaba en la casa... o tal vez era un intruso. Se estaba poniendo nervioso. ¿Y si hubiera alguien? ¿Sería un ladrón atrapado que quería espantarlo para que se fuera y poder salir? Pensó en la posibilidad de que fuera eso y decidió que era mínima. ¿Y si sí era alguien? ¿No debería salir de aquí?, pensó, ¿no me supone un riesgo? ¿Y si más bien fuera algo...?

-¡Ya! ¿Te quieres dejar de apagar?- Entonces se oyó el cerrar de una puerta en el piso de arriba y pensó que sería su hermano que después de todo, sí estaba en la casa. Subió pensando en darle un buen susto que bien le serviría de escarmiento por estarlo molestando. Todas las luces estaban apagadas y extrañamente se sentía aún más calor. Las escaleras de la casa ya rechinaban así que ya debía saber su hermano que había subido y tal vez que ya se había dado cuenta de su bromita. El calor estaba más que insoportable.

-¿Fer? Ya te oí, no molestes, ¿sí?- No estaba en su cuarto. Al fin, David decidió encender todas las luces y abrir todas las puertas.

...

David escuchó entonces un estruendo, como si hubieran roto varios vidrios. Tal vez del cuarto de sus padres, o ...

-¡David! - Ah, jamás lo había asustado tanto la voz de su madre. ¿A qué hora llegó? No la escuchó entrar, ni siquiera oyó la puerta del patio, mucho menos la de la casa.- ¿Ya estás aquí hijo?

-¡Sí, mamá!- Bien, al menos su madre ya había llegado. Debía de haber salido a pasear o algo por el estilo. ¿Y Fernando? ¿Vendría con ella? Bueno, definitivamente no estaba en la casa, ya estaba bueno para una broma. Empezó a soplar algo de aire fresco por las ventanas y David lo agradeció enormemente.

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