I

168 55 278

España, 1493.

El día que la desdichada Juana María Osorio nació, fue el día que su madre murió y el día que inició su corta vida de desgracias.

Contó su matrona que el alumbramiento vino mal encauzado desde que la madre había roto la fuente. La niña no nacía porque se había encajado en el canal de parto por la prominente protuberancia del torso, y ella debió utilizar dos pinzas para desencajarla. Para cuando acabó el nacimiento la progenitora ya se había ido en sangres y pasado a mejor vida, mientras que su pequeña había llegado a esta, portando la "marca del demonio" en sus propios genitales.

Ella no dijo nada porque por esas épocas nadie al servicio del Excelentísimo Conde de Sarria se atrevería a hablar en su contra. Antes la lengua fuera cortada, que injuriar a quien era el protector del Condado.

Cubrió la llaga con ungüentos que ella misma preparaba a base de hierbas "curativas", así como también limpió la sanguinolencia de la menor y envolvió su pequeño cuerpo deforme con mantas limpias, para entregársela a su progenitor, antes de encargarse de la difunta.

Cuando el Conde la recibió solo le destinó un minuto de afecto, el que le concedía la ignorancia de las circunstancias, antes de condenarla a una vida de desprecio.

Después de rendirle un discreto rito fúnebre a su esposa, la Condesa Rosalía de Osorio, antes Ortega, se sumió en desafueros y vicios.

Si bien, el Conde siempre había sido un hombre de carácter intrépido y audaz, ávido de poder y con esa fanfarronería invistiéndolo como segunda capa, sus defectos se había incrementado considerablemente desde su fortuita "aventura" al recién descubierto Nuevo Mundo.

Claro que cualquier desvío de la moral, se hacía de puertas adentro de la Fortaleza de Sarria, porque hacia el exterior, se debían cuidar las apariencias. No fueran a llegar a oídos del Católico Monarca tales excesos, puesto que los favores que había recibido por gratitud de aquel, después de la Reconquista, bien podrían escurrirse como sábula entre los dedos.

De todas formas, no es que le quedara mucho que devolver. El título de nobleza se perdería con él y las infructuosas tierras que componían el Condado sobre el que ejercía su señorío, apenas si producían, pues no eran aptas para el cultivo. Las riquezas, por otro lado -tanto las adquiridas a través del título nobiliario, como las que había traído de aquellas nuevas tierras exóticas- menguaban cada vez más, pues su derroche era grande.

Pero esas preocupaciones por el devenir, quedaban invisibilizadas después de sus "sesiones purificantes" donde rendía cuentas al Altísimo por su libertinaje, a través de un extenso devocional potenciado por el efecto de ciertos alucinógenos.

A escondidas muchos tachaban al Conde de impúdico, licencioso, derrochador y orate, pero nadie se atrevía a soltar tales apelativos en su presencia; al contrario, durante sus juergas, quienes por dentro lo reprobaban, por fuera, lo secundaban, alentaban sus vicios e impulsaban la realización de grandes fiestas, buscando sacar tajada con algunos "favores", ya que en esos periodos de desquicio y convite era cuando más dadivoso de ponía "Su Excelencia".

Respecto a la niña, la desventurada Juana María, pasaba su tiempo en compañía de las amas de crianza y servidumbre.

Su sitio festivo eran las cocinas del Castillo y la gloria estaba en los pasteles que preparaban las cocineras, quienes sentían por ella una honda pena, traducida en afecto. Porque Juana María, pese a su físico deforme y a su delicada salud, era una niña buena y obediente. Un poco tosca para aprender, por aquella progresiva sordera que la aquejaba, pero muy dispuesta.

Sin embargo, ni toda la bondad y pureza que guardaba su alma infantil, pudieron protegerla del nuevo "mal" que comenzó a aquejarla con la llegada de la menarca a los 15 años.

La Marca Del Demonio¡Lee esta historia GRATIS!