1

400 32 10

Todos tenemos sueños por cumplir y posibilidades que nos llevan a su realización, eso me decían cuando era chica, si ponía el suficiente esfuerzo en algo que quisiera, podía tenerlo, si lo deseaba con suficiente fuerza, el universo me recompensaría, pensaba que eso era el camino correcto para manejarse en la vida, tomar ciertas acciones me llevarían a resultados que a su vez me envolverían en un ciclo, hacer, obtener, hacer, obtener. 

En eso se resumía mi vida, era ley que imperaba dentro de mi casa, cuando miraba a mi mamá, cuando miraba a mi papá, cuando miraba a mi hermana y cuando me miraba a mí, veía lo mismo, personas en un ciclo interminable al que no podíamos resistirnos, un orden al que pertenecíamos, la historia de cada uno siempre similar a la del otro. 

 —¿Cómo llegaste a Anónima?

—Llegué como todas, sin nada que perder, sin un peso en los bolsillos y con la moral por los suelos.

—¿Cómo llegaste a querer trabajar de prostituta? 

—Querer...querer no, pero siempre es bueno tener un lugar seguro, vivo segura como Nyx.

No había entendido que pasaba cuando me asomé  entre los barrales de la escalera esa noche, porqué había visto a mi mamá arrodillada frente a un hombre desconocido, sus manos formando una súplica, sus ojos aguados. 

No me iba a olvidar del por favor ahogado en sus labios antes de escuchar un estruendo. Gotitas rojas le bañaron el rostro, al tiempo que gritaba y se dejaba caer al suelo arrastrándose hacia ese lado de la habitación que no llegaba a ver. Agarrada del barandal me estremecí del susto.

Subí corriendo las escaleras y me acosté, tapada hasta la cabeza con la frazada, haciendo como que no había visto nada, ¿Dónde estaba papá?.

Tenía miedo. 

La puerta de la pieza se abrió despacio tras algunos minutos en los que el silencio se me hizo eterno, el tic tac del reloj sobre la mesita de luz me había aturdido. Me quedé quieta, quieta como si fuera una muñeca, como si no sintiera los pasos acercándose, como si no sintiera la mano que me acariciaba el pelo. 

Casi no quise respirar y deseaba poder hacerme más chiquita hasta desaparecer. Él corazón me latía frenético en el pecho, en los oídos la sangre bullía abundante por todo mi cuerpo y empezaba a sentir calor, mucho calor.

El sonido de pasos subiendo las escaleras me tranquilizó al notar el paso de mi mamá, el zapateo amortiguado de sus viejas pantuflas sobre la madera vieja, esa que crujía al menor peso.

—No. —Tenía la voz ahogada— Mi hija no.

Los dedos que me tocaban se alejaron lentamente, dejando una sensación extraña. Frío.

—No, ella no, es muy chica todavía. — 'Ella no' eso había dicho y me relajé instantáneamente, no entendía lo que hablaba, pero mi cuerpo parecía sentirse aliviado ante lo dicho.

—¿Cuántos años tenías?

—...siete.

En ese momento no entendí nada de lo que se desarrollaba a mi alrededor, me había parecido un sueño, que ni siquiera podía clasificar de horrible, era simplemente un sueño en el que no alcanzaba a comprender lo que se había dado en esa noche, no había comprendido el sonido estridente que había escuchado, no había comprendido la súplica en los labios de mi madre, ni porqué mi hermana que esa noche no debería haber estado en casa, volvió.

Corina me llevaba ocho años. 

El rudio de cosas golpeando, cayendo, rompiéndose, los grititos de mi hermana ahogados por la distancia entre mi habitación y el primer piso me llegaron a los oídos. Apreté más los ojos, luchando por no abrirlos.

Anónimas¡Lee esta historia GRATIS!