C29

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Rápidamente quise abrir, pero me detuve en seco recordando lo que me había dicho días atrás en la calle. Ella ahora trabajaba con un tipo que quería verme muerto, me estaba odiando y yo no estaba dispuesto a morir. Me quedé al otro lado de la puerta esperando que se marchara, pero ella no se rindió, comenzó a golpear la puerta.

Giré el picaporte y abrí la puerta, me quedé de pie frente a ella sin dejarla entrar.

— ¿Qué estás haciendo aquí? —Le pregunté. Mi voz sonó fría, y se sentía tan mal volver a ser un hijo de puta con ella.

—Debemos hablar —soltó.

— ¿Con quién vienes?

—Sola —frunció el ceño.

—No te creo —la miré fijamente.

—Te estoy diciendo la verdad, Caín. Sólo déjame entrar.

—Está bien, pero no tengo mucho tiempo —la dejé entrar con un nudo en mi garganta. Me hubiese gustado verla entrar con su maleta diciéndome que volvería.

Miré en silencio sus movimientos, usaba una falda apegada a su cuerpo junto con una mini camiseta. Y sus ahora, infaltables tacones. Caminó por alrededor y sin sentarse se volteó para mirarme. Sus ojos cafés y sus largas pestañas se quedaron puestos en mí.

—Necesito que dejes de seguirme, Caín —me pidió. Reí ante su comentario y ella no se inmutó. —Te estoy hablando en serio.

— ¿De qué demonios estás hablando? —sonreí. — ¿Qué tan importante te crees ahora, Blancanieves?

—Tan importante como para que Darell Bennet tenga a todos sus hombres con los ojos puestos en lo que hago.

—Resulta que ahora te has convertido en una experta chica de las calles —me burlé. —No jodas, Cailín —me senté en el sofá, mientras ella me seguía con la mirada queriéndome asesinar.

—Es demasiado obvio, Caín.

— ¿Demasiado obvio para quién? ¿Para ti o para el hijo de puta con el que trabajas?

Mi comentario la hizo callar y lo único que hizo fue respirar profundo y acomodar su cartera.

—Sólo deja de molestarme —me dijo. Y rápidamente caminó hacia la puerta de salida, esta vez la seguí.

—No te vayas —le pedí. Ella volteó a mirarme.

Su mirada aún me decía que existía la Cailín de la que yo me había enamorado, la chica que corría a mis brazos para regalarme todo el cariño que tenía. Aquella chica que me había entregado todo y también la que me había enseñado a querer como nunca antes. Ella seguía ahí, inserta en esa careta que quería formar Cailín, y aunque sea lo último que hiciera en esta vida iba a traerla de vuelta, ya que jamás podría volver a enamorarme como lo estoy de ella.

— ¿Qué quieres? —Se dirigió hacia mí. Me sorprendía cada vez más lo fría que podía ser conmigo.

—Estoy preocupado por ti, Cailín —confesé.

—No necesito que te preocupes por mí.

Caminé hacia ella hasta que quedamos frente a frente. Nuestras miradas se repelían, pero yo luchaba constantemente en mantener mi vista en la de ella. Tomé su rostro con ambas manos sin recibir un rechazo de su parte.

— ¿Por qué estás haciéndome esto? —pregunté en un susurro. Pude notar el brillo en sus ojos, pero ella quería ocultar todo tras unos grandes muros. —Sólo tú puedes entender lo mucho que te amo, Blancanieves.

DECADENTES © #2¡Lee esta historia GRATIS!