CAPÍTULO I (EDITADO Y CORREGIDO)

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Lucha contra el mar de personas que están apostadas en el muelle de la ciudad. Golpea con toda la fuerza que da la desesperación, intentado hacerse paso hasta el punto cero. El mar, sin embargo, es demasiado fuerte como para permitirle dar más de dos pasos.

Tiene que llegar a él.

No puede dejarlo ir.

No ahora.

Las trompetas siguen sonando.

No escatima en empujones para hacerse espacio entre ese lugar que lo ahoga. No es solo la sensación de ahogo ante tantas personas, es la asfixia que causa la angustia, de temer no llegar a tiempo. La gente golpeada no lo ve, más preocupada en despedirse de su familia, de los hijos, padres, hermanos y tíos. Todos ellos, quien entregan sus cuerpos a la nación en peligro, apostado su vida en el azar que es la guerra.

Entre cantos y gritos le dan ánimos a cada soldado, quienes tan ingenuos como ellos, creen que la guerra será cosa de unos meses más. Que la poderosa Bretaña no tiene rival. Las voces retumban en el lugar, haciendo un eco por las calles, dejando estelas de energía, de buenas vibras.

Ilusos. Ilusos.

Maldice que tantas personas se les ocurriera venir a despedir a su gente. Odia de una forma insana que esa misma multitud se vuelva tan densa como una muralla y no le permita dar más de dos pasos. Para peor, manos y banderas le obstruyen su vista, desesperándolo. Sabe, está seguro, que, si no lo encuentra pronto, va a matar a alguien.

Y de repente, lo ve. Allá, a unos metros de donde está. Su rostro mira al suelo y se abraza al rifle, recordándole a un niño que se aferra al brazo de su madre. Pero ésta no es una buena mujer, el arma lo lleva directo a la tragedia.

El corazón se le detiene y todo a su alrededor se vuelve borroso, los latidos van in crescendo hasta dejarle sordo.

Sonríe, entre una mescolanza de alivio y angustia.

Es su momento para alejarlo del horror.

— ¡Alfred!

***

Toman una taza de té, sentados en la salita de estar. Se observan unos segundos, cómplices.

Por la ventana, se alza el fresco verano londinense. La ciudad ha estado más agradable que otros años. El cielo azul ha sido el predominante, con el sol claro en todo su esplendor. Si bien, Londres no sería Londres si no lloviera, ésta ha sido bastante suave e, incluso, escasa.

— ¿Entonces? —Arthur es el primero en hablar.

— Entonces, ¿qué?

— ¿Volverás a Estados Unidos, como tu madre quiere? — La taza hace un delicado eco de vidrio, tras que su dueño la deje sobre la mesita. Alfred mastica un panecillo que ha hecho la madre de Arthur, cierra los ojos, tan azules como el cielo de este año.

El recuerdo de ese color seguirá siendo nítido en la memoria de Arthur, a pesar de todos los años que pasen. Mientras todo se destiña en sepia, ese azul seguirá tan vibrante como inmortal.

— No, ya hablé con ella. Puede irse si así lo quiere, pero yo me quedaré en Londres. Padre y Matthew también pueden irse, no hay problema— Arthur se percata de que no sonríe, lo que resulta innatural. Las sonrisas molestas de Alfred no desaparecían ni en los momentos más inadecuados. Los labios en una línea generan una chispa de preocupación.

— Veces como ésta no te entiendo— El chico de ojos verdes se cruza de brazos. El té y los pastelillos comienzan a enfriarse — Tanto alardeas de que quieres tener una vida llena de aventuras ¿pero ahora, cuando tienes la oportunidad de comenzar en otro continente, prefieres quedarte aquí?

Volver a ti entre sangre y balas¡Lee esta historia GRATIS!