-Estábamos en la Maratón de Tokio del año pasado, ella era voluntaria. Y bueno, una cosa llevó a la otra. Tú sabes.

-Ya ¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

-Lo que intento decir es que nunca se sabe dónde puedes conocer a alguien interesante.

-¿Interesante? No me vengas con estupideces, esa tipa era una desquiciada.

-¿Y? No me arrepiento. Fueron meses intensos -ríe y estoy segura que se muere por contarme detalles calientes de sus aventuras-. La clave está en lo que proyectas...

-Oliver, no. Ahora no -lo miro con cariño. Su charla motivacional de andar de pasarela por Tokio la he escuchado cientos de veces-. Necesito concentrarme para mañana. Dormir bien. Sabes que es un día importante.

-¡El graaaan lunes! -me imita con exageración.

-¡Noooo! ¿Tan mal me veo?

-Lo harás bien, tranquila. Sólo intenta ser más sociable, reírte con más frecuencia. No vaya a ser que termines almorzando sola.

-Qué bonito. ¿Tan poca fé me tienes? Puedo ser muy adorable cuando quiero -pestañeo con gracia.

-Ese es el problema Alicia, sólo cuando quieres.

-Oh... golpe bajo.

Nos reímos.

-¿Hora para Battlefield 3? -y señala la pantalla del televisor-. Siempre he tenido la esperanza que juegues conmigo. Te serviría para liberar tensiones.

-No, gracias. La piscina fue más que suficiente. Y no creo que tus bombas y metralletas me ayuden en nada. Creo que me iré a dormir -y me incorporo-. Tú deberías hacer lo mismo. ¿A qué hora entras?

-A las siete cuarenta -suspira y frunce los labios con una mueca infantil-, horario de profesor.

-Al menos sales temprano -respondo desde la cocina, botando aquella bonita bandeja de obento negra con pétalos rosados. Qué desperdicio, pienso.

-Algo bueno que tenga este empleo ¿No?

-No seas tan negativo, debe ser entretenido trabajar con niños.

-Si es que te gustan -y hace una mueca irónica-. De todas maneras ahora que tengo visa puedo buscar un empleo a mi altura.

-¿A tu altura? Vaya, hace tiempo que no decías un comentario tan...

-¿Profundo? -me interrumpe con esa sonrisa boba-. ¿Honesto?

-¡Pedante!

-Lo tomaré como un cumplido, gracias.

-Buenas noches.

-Suerte mañana, anda guapa. Muy guapa. ¡Despampanante!

-Sí, jefe.

Camino al baño lo vuelvo a escuchar.

-¡Y sonríe!

A la mañana siguiente, cuando se abren las puertas del tren, un tumulto de gente desciende ordenada y silenciosamente por el andén de la estación de Shimokitazawa. No me opongo a la presión corporal, a cómo de lugar entraría a ese vagón.

Sé que muchos estarían extasiados por la locura y movimiento de Tokio, pero de vez en cuando la sensación de vivir en una galaxia paralela me aturde. Todo este orden y protocolo de convivencia es asombroso. Tal vez yo soy el problema, claro. Me agarro a un toma manos, bajo la vista y no me sorprende ver a todas esas personas dormidas o ensimismadas en sus celulares. Se cierran las puertas, y poco a poco olvido el sonido de los rieles. Un silencio absoluto me envuelve, recordándome hacia donde me dirijo.

Y te encontré en Tokio¡Lee esta historia GRATIS!