Capítulo 2

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Un año después


-¿Ya volviste? -dice sin despegar su mirada del televisor.

-¿Todavía sigues en lo mismo? Han pasado casi dos horas, Oliver -contesto al sacar palillos y vasos del mueble de cocina-. ¿Tienes hambre? Traje obentos.

-Dame cinco minutos -y vuelve a apretar los botones a una rapidez, a mi juicio, incoherente.

Cada vez que Oliver se sumerge en sus consolas se transforma. Vuelve a ser un niño, pero de aquellos que no saben perder. Que son capaces de intentarlo cuantas veces sea necesario con tal de ganar y llamar la atención. En eso se parece al Oliver adulto, el economista inglés que adora sacar ganancias de su imagen. Suspiros femeninos, oxígeno a su vil ego.

Hace dos semanas que nos mudamos a un segundo piso de una casa cercana a la estación Shimokitazawa, un barrio bohemio y juvenil. El departamento, de paredes blancas y piso de madera clara, tiene todo lo que había deseado. Dos dormitorios de tamaño razonable, un baño, una diminuta cocina americana conectada a un living comedor con vista a una pequeña terraza. ¡Lo adoro!

Aún cuando el departamento está casi vacío, con Oliver estamos muy orgullosos de haberlo arrendado. Los últimos tres años tuvimos malas experiencias viviendo en multitud. Odiamos el dormitorio de la universidad, los tiempos y visitas restringidas, la lejanía con todo. Y cuando intentamos vivir en una casa compartida no calculamos bien los problemas de convivir en multitud. Algunas personas fueron sucias y otras muy ruidosas, y no faltó la enamoradiza que vio en Oliver su príncipe azul. En fin, de ahí que decidimos ahorrar por algo mejor, privado y bien ubicado.

-Estoy hambrienta, comenzaré sola entonces.

-¡Ahh! -pausa el juego y su cara de espanto se vuelve en esa risa burlona que bien conozco-, ¡No me digas que fuiste así!

-¿Así cómo?

-Ay, Alicia. ¿Te has mirado al espejo? -se sienta a mi lado, alrededor de la mesita de centro y me mira como si mi pregunta fuese tonta-. Pensé que te habrías librado de una vez por todas de esa sudadera. No sé, podrías ir a nadar con algo más provocador, mostrar el traser...

-¡Tú no cambias! -lo fulmino con la mirada. Sé que mi carita de piscina y mi tenida no es la más favorecedora. Calzas, una larga sudadera con capucha y un moño loco. Pero no tengo ganas ni tiempo para escuchar sus discursos-. ¡Itadakimasu!

-¡Ah comehr! -dice él en un español raro que me hace sonreír de inmediato.

Oliver Smith es mi mejor amigo en este país. Llevamos prácticamente tres años juntos, tres años en los que este ruliento colorín de oscura mirada insiste en encontrarme pareja. Pese a que muchas veces se comporta como un ogro luce como esos personajes de cuentos épicos, pero de los malvados.

-Tampoco te digo que vayas de peto.

-Oliver...

-Nunca se sabe -y me guiña el ojo-. Te daré un ejemplo. ¿Te acuerdas de Keiko?

-¿La chef?

-Esa era Mai. Keiko, la doctora celosa...

-Ahh, la que me amenazó por Line. Cómo olvidarla -digo en un tono sarcástico-. Espera, no me digas que volviste con ella.

-¡No! ¿Estás loca? ¿Recuerdas cómo la conocí?

-No quiero escuchar tus historias pervertidas. Intento comer ¿Vale? -y me lleno la boca. Estoy realmente hambrienta. Después de una hora de intensa piscina creo poder comer por dos fácilmente.

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