Lo importante no era que Francis liberara su dote para Joseph, o que no armase un escándalo por su relación, lo importante era que él aceptara que ella era feliz y que el hombre que había elegido era el correcto. Pero no sería feliz por completo si él no la apoyaba. ¿Quién la entregaría en la iglesia?

—¿Qué estás haciendo, Emmeline? —Oyó la voz de su madre que estaba siseándole casi al oído—. ¿Por qué te has levantado?

—Ya estoy bien, madre. Nunca estuve enferma y estoy cansada de estar en la cama. ¿Está Francis aquí?

—Allí dentro, hablando con el Señor Green. —Emmie tardó en reconocer el apellido de Sebastian, no estaba segura si alguna vez ella lo había utilizado para llamarlo.

—¿Puedes decirle que quiero hablar con él un momento? Ahora.

—¿Ahora? El almuerzo está casi listo. Empezaremos cuando el Marqués llegue.

—¿Joseph no está allí dentro?

—No, pero el Duque sí. No quiero otro evento como el de hace dos tardes frente a él. No podemos ofrecerle un espectáculo tal si pretendes casarte con su heredero.

Emmie evitó hacer un comentario acerca de aquello.

—Por favor, pídele a Francis que venga al pasillo. Solo será un minuto —pidió con voz suave y sus mejores ojos tristes.

Francis estuvo con ella en cuestión de segundos. Lo había esperado un poco más allá de las puertas del comedor para que nadie pudiese escuchar por casualidad, lo que quería decirle. Ese día iba vestido de un color verde aceituna y una camisa blanca que se asomaba por debajo. Al parecer viajar, había mejorado mucho su sentido de la moda, desde que había llegado lo había visto utilizar varias prendas similares, que no habían sido características de él en el pasado.

Emmie estaba apoyada en la pared, con las manos delante de su cuerpo cruzadas entre sí.

Francis se acercó en silencio y se colocó a su lado, en la misma posición que ella.

—¿Cómo te sientes? —Preguntó sin mirarla, o eso era lo que ella creía. Desde que había llegado ella no lo había mirado por temor a lo que pudiera ver en sus ojos.

—Mejor —susurró.

Por un momento, él no dijo nada. Y Em creyó que ya no diría más, hasta que sintió como la rodeaba con un brazo y la sujetaba contra él, besándola en la sien.

—Bien. —Lo escuchó decir apenas—. Estaba preocupado. Y todas estas mujeres no me dejaban entrar a verte. ¡Soy tu hermano, por favor! ¿Qué podría hacer? —Se quejó apretándola un poco más.

Emmeline soltó una risilla sintiendo como las lágrimas le escocían los ojos.

—Lo siento, Francis —soltó sin poder guardárselo—. Lamento todo lo que te dije —gimió con dolor—, dije todas esas cosas horribles y... Tú no eres como el Conde —remarcó con firmeza refiriéndose a su padre—. Todavía estoy enojada contigo por lo que hiciste y algunas cosas que dijiste, pero...

—Shh, calla Emmie. Ya lo sé. Podemos hablar después, con calma, sin perder la cabeza. Te prometo que todo estará bien.

—No, no lo sabes. Yo te quiero y no podría vivir contigo molesto por siempre y sin hablarme. —Tomó un respiro mientras levantaba una mano y así callarlo antes de que volviese a abrir la boca e interrumpirla—. De verdad me importa mucho que me des tu bendición para estar con el hombre que amo. —Y al decirlo, se percató que para su fortuna y no arruinar el momento, había levantado la mano contraria a la portadora de la sortija.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!