Capitulo 27.

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—No creo que sea una buena idea que se levante, milady —dijo Jen en tono de ruego, esperando convencer a Emmeline para que se quedara en la cama. Pero para ella, dos días era el límite. El primero se lo había pasado durmiendo, y el segundo aburrida y sola en la habitación. Solo había visto a Joseph por unos minutos, y a su madre mucho más de lo que podría haber deseado.

Todavía estaba molesta con ella, y no quería ni pensar en Francis, quien por cierto, estaba esperando que ella se repusiera lo suficiente para sacarla de la casa.

—Dejé pasar el desayuno, pero no quiero almorzar en la cama. Ya me siento bien.

—Bien —suspiró Jen resignada—. Entonces será mejor que la ayudemos a prepararse. No puede ir vestida como siempre, el Duque y la Duquesa continúan aquí.

Y cuando vio el vestido que Kat estiró frente a sus ojos, consideró volver a la cama.

Pero dudaba que ellos se marcharan pronto. Y además, todavía tenía que conseguir la forma de tener una charla con Su Excelencia.

El vestido no era enorme, ni tan pesado, pero no sería su primera elección después de pasar tanto tiempo acostada. Aun así, accedió a todo lo que las doncellas le ofrecieron, y tan solo pidió que su cabello quedara solo medio recogido.

Bajó la escalera con cuidado, y caminó en dirección al comedor.

—¡Emmeline! —Lady Claire apareció delante de ella desde la puerta del salón dorado, el cual era realmente dorado—. Veo que te encuentras mejor, te ves muy bien.

—Me siento bien, Lady Claire, gracias. Me dirigía hacia el comedor. No han almorzado aún ¿cierto?

—No, déjame acompañarte. Yo también me dirigía hacia allí.

Emmie sonrió y caminó junto a la señora por el largo pasillo, notando recién ahora que estaba un tanto nerviosa. Y con un buen motivo. Varios buenos motivos. No tenía ni idea de qué esperar cuando entrase al comedor, cuando todos estuviesen allí.

Gimió por lo bajo y apretó la tela del vestido dentro de sus puños.

Lady Claire se giró para verla. —¿Estás bien, Emmeline?

Ella levantó la cabeza hacia ella.

—No lo sé. Estoy un poco nerviosa —suspiró—. Bastante nerviosa.

—¿Por qué ibas a estarlo? —La mujer sonrió y observó su mano mirando el anillo que Joseph le había dicho que no se quitara—. Veo que has hablado con mi sobrino. Mis felicitaciones. Al final, ya lo ves, no necesitamos tomar ninguna medida drástica.

—Oh, yo no estoy tan segura. Mi hermano... Él no va a aprobarlo. Yo lo sé, él no lo hará. Usted lo vio.

La dama sacudió una mano restándole importancia.

—Tú no te preocupes por eso.

Pero lo hacía. Emmeline realmente lo hacía, se preocupaba. Su hermano podría estar comportándose como un asno, pero seguía siendo su hermano. El único que tenía. El único que había soportado golpes con fustas, puños y otras cosas inimaginables por defenderla. No podía ignorarlo por siempre, tampoco podía ni deseaba expulsarlo de su vida.

Esos pensamientos la tuvieron distraída durante toda la caminata hacia el comedor, y una profunda melancolía comenzó a picarla por dentro. Se había olvidado de eso por los últimos dos días. Su enojo había superado a todo lo demás, pero ahora que se sentía más calma en ciertos aspectos, todas esas cosas habían regresado.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!