Respondiendo a su grito ahogado de socorro, jinete y caballo giraron torno a ellos en un galope furioso. Los fantasmales cadáveres, cogidos por sorpresa, parecían debatirse entre seguir estrangulando a la chica o dejarla ir antes de que el jinete los alcanzara. Por fin, cuando ya podía sentirse el aliento del animal, decidieron soltarla y huir, pero el caballo continuó persiguiéndolos.

Scarlett se agarró el cuello. Lentamente su respiración fue calmándose y notó que sus pulmones volvían a llenarse de aire frío. Le dolía un poco, pero se sentía aliviada al comprobar que podía respirar de nuevo. Había perdido la consciencia de tiempo y lugar. Tenía los ojos llorosos y la mirada borrosa, pero sabía que seguramente aún fuese noche cerrada, porque no sentía ninguna luz. Otra vez sola en aquellas calles que no conocía, empezó a invadirla una sensación de temor y se puso alerta. Tenía que salir de allí como fuera, no podía esperar a que aquellas criaturas volviesen a por ella.

Se levantó y emprendió un intento de vuelta a casa, aún sin saber por dónde ir.

El silencio nocturno fue resquebrajado de repente por unos gritos sobrenaturales. Se le erizó todo el pelo del cuerpo. Eran gritos de desesperación, como si alguien estuviese al borde de la muerte. Dejó de andar y empezó a correr como alma que lleva el diablo. Los gritos habían sonado lejos, pero al parar estos abruptamente, en vez de tranquilizarla, solo la puso más nerviosa. Corriendo, escuchó tras ella el ruido de unos cascos y volteó la cabeza. Suspiró aliviada al no ver nada, pero al instante siguiente, un enorme caballo negro salió de una esquina a una velocidad desmesurada. Scarlett se dio cuenta de que por mucho que ella corriera el caballo siempre sería más rápido y acabaría atrapándola. Así que frenó en seco y dio la vuelta, dirigiéndose en dirección contraria. Por un momento, estuvo segura de que había desconcertado a su perseguidor, pero poco después ya lo volvía a tener en su nuca. Ahora también podía oír al animal bufar enfadado, no parecía haberle gustado ser toreado. Scarlett se dio cuenta de que iba mucho más rápido que antes y que un cambio de dirección repentino no iba a engañarlo dos veces.

De repente, vio su única posible salvación: un pequeño negocio con una enredadera frondosa y fuerte cubriendo las paredes del edificio. No era mucha altura, y aunque sabía que iba a tener que tragarse un poco de su vértigo, echo las manos a la planta y se dispuso a trepar.

Apenas se había elevado cuando sintió unos brazos agarrándola por la cintura y levantándola en el aire un momento para luego colocarla en una superficie dura. Su espalda chocó contra el torso de otra persona y apenas le dio tiempo a soltar un grito cuando una mano le tapó la boca.

Notaba el vaivén del movimiento acelerado del caballo y supo con seguridad que se habría caído de no ser porque la seguían sujetando con firmeza. Iban a una velocidad de locos.

—Cálmate, estás poniéndolo nervioso.—susurró una voz masculina en su oreja.

—¡Mmmmhhhh...!

Se acababa de dar cuenta de que nadie tenía las riendas. El jinete solo se estaba agarrando con las piernas y Scarlett aún no entendía como se mantenían en equilibrio. El caballo se revotó ante la conducta ansiosa de la muchacha.

El jinete se inclinó sobre el lomo del animal y murmuró algo hacia él. Scarlett fue desplazada ligeramente hacia un lado pero seguía estando bien agarrada, así que no se cayó. Intentó girar la cabeza para mirar a su raptor, sin embargo, solo vio una figura alta cubierta vestida de negro de pies a cabeza, incluso con la cara tapada hasta la nariz.

El ritmo cambió y el caballo bajó la velocidad de un galope furioso a un trote rápido. Su raptor volvió a hablar, esta vez dirigiéndose a ella:

—Voy a quitarte la mano de la boca. No grites.

Eso la frustró. No tenía ni idea de quién era aquel hombre, pero si pensaba que iba a cooperar en un secuestro estaba muy equivocado. Además, sabía que si la raptaba no era para pedir un rescate: ella no tenía ningún valor. Pero había oído historias de Larissa de lo que le hacían los soldados a las mujeres prisioneras en las guerras o los forajidos que deambulaban por los montes. Asustada con esa imagen, mordió la mano que la mantenía en silencio.

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