Dos botones por Navidad

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Victoria estaba muy enfadada. Su hija Elena se había escapado de casa la noche anterior y no había vuelto hasta el día siguiente. Sabía que se había ido a casa de su mejor amiga a dormir, aprovechando que sus padres no estaban aquel fin de semana. Aunque Victoria le había prohibido ir a casa de su amiga sin un adulto que cuidase de ellas, Elena no había vuelto aquel día del instituto.

—¡Llamé incluso a la policía! — gritó la madre enfadada.

—Por Dios mamá, qué exagerada eres — resopló Elena metiéndose en la cama.

—¡Estaba asustada!

Fuera comenzó a nevar silenciosamente.

—Quiero dormir, mamá. ¿Me puedes dejar tranquila? — preguntó Elena de forma insolente .

Victoria se acercó a la ventana del dormitorio para contemplar los copos de nieve. De repente, una breve pero intensa chispa prendió en sus ojos.

—¿Sabes? De pequeña mi madre me contaba una historia cuando me portaba mal — comenzó a decir sin dejar de mirar por la ventana —. La historia de la Mujer de las Nieves, que traía dos botones por Navidad a los niños que se portaban mal.

—Por Dios, mamá — respondió Elena con tono de desesperación — . ¿Ahora vas a contarme una historia sobre hombres del saco?

—Eso son cuentos — dijo Victoria con voz sombría —. La historia de la Mujer de las Nieves es real.

—O sea, que si me porto mal estas Navidades una señora me va a traer unos botones, ¿no? Menuda estupidez.

—No exactamente. Esos botones son solo un aviso.

—¿Un aviso de qué? — preguntó Elena comenzando a interesarse.

—¿Quieres escuchar la historia?

—Bueno... si así me dejas de dar la brasa y me puedo ir a dormir... —respondió Elena haciendo un hueco en la cama a su madre para que se sentase.

—Bien... escucha atentamente.

>>La nieve llegó una fría mañana. Durante toda la noche habían caído los copos densamente dejando las calles cubiertas de blanco y un cielo incoloro por la mañana. Laura miraba a través de la ventana de su habitación el paisaje blanco y ondulado que se extendía más allá del vidrio. Le encantaba pasar el invierno en la casa del pueblo y no podía resistir las ganas de salir a jugar y hacer un muñeco de nieve. De modo que se alejó del cristal y de puntillas fue a buscar a sus padres que todavía dormían.

—¡Mama, ha nevado! — gritó la niña despertando a sus padres sobresaltados —. ¡Papá, vamos a hacer un muñeco de nieve!

Laura tenía once años, una edad cargada de felicidad e inocencia. Su pelo era largo y rizado como el de su madre, y oscuro como el de su padre. Esperaba con una sonrisa radiante a que sus padres terminasen de desperezarse y le dejasen salir a jugar.

—Abrígate cariño, no te vayas a poner enferma — respondió el padre saliendo lentamente de la cama.

La niña se alejó sin esperar más respuesta y corriendo regresó a su habitación, donde se puso la ropa impermeable para jugar en la nieve. Se acercó a su cama y recogió con un abrazo a Lucy, su muñeca de grandes ojos verdes que la miraba con una amplia sonrisa.

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