- Necesito su mano izquierda. Ese será el pago por matar al sastre.- Explicó Sogblé.

- ¿Y no podías pedirla antes? ¿Qué no existe la magia para eso? Además, ¿quién dijo que yo aceptaría ese precio?- Contestó Villanueva.- Suéltame.- Sogblé volvió a abrir su boca y soltó al fin el brazo de Villanueva.

- Sois vil y sinceramente no tenéis mucho que dar, así que no dudé que fuera a oponerse. Es sólo una mano y lo que usted me pide es la vida de alguien. En cuanto a la magia, no veo mejor que la de mis dientes. Cortan bien.- Sogblé seguía mirándolo a los ojos. Parecía como si no aguantara esperar más para llevar a cabo su horrible misión, pero antes, debía cobrar.

- ¿Y el sastre está muerto?

- No, no habíamos hablado sobre el precio.

-Aún no lo hacemos.

- De acuerdo, como deseéis. Tendréis que darme primero vuestra mano y después, yo iré por el sastre.- Sogblé ahora sonreía con verdadero placer. Parecía estarse divirtiendo con los nuevos pensamientos y reacciones de la gente, incluso comenzaba a cambiar su lenguaje. Mientras, Villanueva se sentía cada vez peor. Estaba asustado. Realmente no pensó que fuera a tener que pagar tan alto precio. Pobre iluso, en verdad pensaba que un ser tan antiguo no sería peligroso. Tal vez hasta lo engañaba y no estaba haciendo otra cosa que tratando de comérselo. Villanueva tembló ante esta idea.

- ¿Y cómo sabré que realmente lo has matado?

- Jaja. Tendréis que confiar en mí.

- No, tal vez sólo estás buscando la forma de comerme y luego te irás a buscar más víctimas. Realmente no entiendo en qué te beneficia ayudarme o por qué lo haces.

- Mirad, si estoy aquí, es porque me habéis sacado de esa aburrida cueva donde hace tanto me obligaron a entrar. Y si estoy tratando de quitaros la mano es porque la quiero como pago de lo que voy a hacer, ya que en vuestra mísera vida no hay más que pueda yo llevarme. No sois negocio.

- Así que pronto te desharás de mí.

- Puede ser. Aunque realmente no lo creo. Vuestra vida no vale nada, no me interesa en lo absoluto. Así que, ¿queréis sí o no que me deshaga del sastre?

- Bien, hazlo.- Sogblé se lanzó hacia la mano de Villanueva, por lo que él saltó hacia atrás, resbalándose un poco y golpeándose otro tanto, pero al fin, con su mano en su lugar.- Vete de aquí. ¡No quiero volver a verte! ¡Vete!- Villanueva estaba asustado, otra vez, Sogblé lo había tomado por sorpresa.

- Jajaja, bien, me iré, pero el trato está hecho, de manera que tendré que volver pronto por vuestra mano y usted no tendrá más opción que dármela.-Villanueva ya sólo vio que Sogblé caminaba tranquilamente hacia la puerta. ¿La demás gente lo vería? Tal vez. Pero entonces, Sogblé llegó a una de las esquinas del baño y entró en ella.

Le ardía la mano y estaba empapado, así que tuvo que cubrir su mano primero con una toalla y tratar de secarse después con otra y medio vestirse. Salió del baño y llamó a gritos a una de las sirvientas. Ella entró y, después de ver al patrón, no tuvo dudas, salió corriendo para buscar a la anciana que solía curar a la servidumbre pues realmente era muy noche para llamar a un médico.

Regresó a los pocos minutos acompañada de una anciana mujer a la que Villanueva jamás había visto pero pensó que seguramente mantenía dentro de la servidumbre por alguna razón. En este momento agradeció su presencia. La anciana mujer era realmente pequeña y encorvada. El cabello, todo gris, lo tenía trenzado y envuelto en la cabeza. Venía vestida con un montón de harapos y con los pies descalzos pues nunca había usado zapatos o algo por el estilo. Desde chica había aprendido a andar descalza y casi sin ropa, pues estos son lujos y ella no tenía para tanto. Sólo ahora que tenía casa y gente que la cuidaba se daba el lujo de traer un rebozo y una pulserita que le tejiera una de sus nietas, la única a la que no habían vendido ni sus hijos, ni el patrón y con quien solía pasar mucho tiempo en las noches, antes de que la niña tuviera que dormirse, pues ya trabajaba en el terreno de Villanueva.

La vieja se sentó en el piso, junto a la cama donde estaba sentado el patrón. Observó la herida y le hizo seña a la otra sirvienta para que se acercara, ya que ella traía el balde con agua y las vendas. Se acercó y la vieja pudo lavar la herida, pero entonces, se quedó muy quieta y en silencio, observando la muñeca y las múltiples cortadas que tenía. Se santiguó y empezó a recitar algunas oraciones en una lengua que Villanueva no entendía y le recordaba un poco a lo que solía decir Sogblé entre dientes. Después le vendó la mano y lo miró a los ojos.

Normalmente hubiera sido una insolencia, pero esta vez Villanueva lo tomó como lo que realmente era, una advertencia. "No juegue con las cosas que no conoce- le había dicho la anciana -hay fuerzas obscuras que se han liberado hace no mucho; tenga cuidado y no les hable, no las vea, o quedará atrapado en sus engaños. Sólo la voluntad humana puede darles vida y fuerza, así que ellos las usan para sus propios fines. Son limitados, pero también astutos. Son seres malvados y aburridos. No harán nunca un bien, sólo harán destrozos con el permiso y la voluntad humanos y al final, se comerán su alma. Tenga cuidado."

Villanueva ya no supo qué decirle, era como si esta señora supiera lo que estaba pasando, tal vez, pero no, no podía ser, eran sólo cuentos para asustar niños. Le dio las gracias y la despidió. En eso vio que la sirvienta que traía el agua tenía un ojo vendado. ¿También ella había visto a Sogblé y había cometido el error de cerrar un trato con él? Villanueva hubiera querido detenerla y preguntarle, pero se contuvo. No solía hablar con la servidumbre. No esperaba que le respondiera con franqueza, además, ¿qué le diría? Era realmente absurdo tomar tan en serio todo eso. Tal vez siempre había estado ella así y él no lo había notado, era demasiado distraído. Bien podía ser así, aunque ni siquiera él lo creyera.

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