Capítulo 4

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Esa mañana, Villanueva llegó a su casa con la cara pálida y muy pensativo. Cualquiera hubiera dicho que había visto a un muerto. Su casa era grande y muy moderna. La rodeaban bellos jardines solitarios, tristes árboles frutales, fuentes opacas y limpias, y pequeños caminitos bordeados por piedras grises. No había casas, ranchos, pueblos, edificios ni mercados a los alrededores, tan sólo un camino que venía de la ciudad y comunicaba el terreno de Villanueva con la civilización. Al llegar a su casa, lo recibió el mayordomo en la puerta y los sirvientes que pasaban le hacían un seco saludo junto a una hipócrita sonrisa. Se dirigió hacia sus habitaciones arrastrando los pies de cansancio y de tedio. Todo era cuestión de esperar. No se sentía con ánimos de ir a la oficina, así que tomó el teléfono, se sentó en un sillón y marcó a su secretaria. Una fría voz le contestó y recibió las órdenes del día y la noticia de que su jefe estaba enfermo y no podría ir, lo que ella tradujo mecánicamente en otra cruda sin sentido. Villanueva colgó y dejó el teléfono en una mesa limpia y sin adornos.

La casa estaba completamente en silencio pues ya era tarde y los sirvientes ya debían estar terminando sus quehaceres de la mañana, partiendo para descansar y pasear un poco por los jardines de la casa, aspirar el perfume fresco de flores ignoradas por su dueño y disfrutar un poco, antes de volver a trabajar bajo el silencio de la casa y la ocasional mirada molesta del patrón.

Villanueva mandó preparar un baño caliente para recuperarse un poco. Había pasado una noche larga y pesada. Mientras, revisó el correo sin más cartas que las del banco y el gobierno.

Una sirviente muy joven y de mirada fresca le avisó que el baño estaba listo, a lo que él respondió con un gruñido disfrazado de palabra, sin siquiera mirarla. Ella se retiró con una discreta caravana que él ni siquiera vio pero que siempre exigía, y se retiró. Aventó la correspondencia sin mirar siquiera si había caído sobre la mesita y se retiró hacia otra habitación. Se recostó en una cama dura que jamás hubiera reconocido como suya si no hubiese estado en su habitación y se quedó dormido.

Ese fue un día especialmente frío y seco a la vez, pero Villanueva ni siquiera se detuvo a observarlo. Nunca lo hacía. Sin embargo, la gente del pueblo sí lo percibió y lo había considerado como un pésimo augurio. Tal vez, después de todo, sí vale la pena escuchar a la gente. Tal vez tengan algo de razón o sus creencias sean siempre acordes a los sucesos de la vida, otorgándoles fieles coincidencias.

Era ya tarde cuando Villanueva despertó y se dirigió hacia su frío y limpio baño donde el agua ya estaba fría y las burbujas del jabón ya se habían tronado y pegado a las orillas de la tina, al igual que la espuma y los perfumes, tan efímeros son... Villanueva, sin embargo, estaba más ocupado pensando en otras cosas y no se fijó en todos estos detalles, después de todo son sólo eso, detalles. Se quitó la ropa y se metió a la tina.

Media hora después de gritos, órdenes ladradas y miradas de cólera por parte del patrón... y de trabajo y miradas llenas de tedio por parte de la servidumbre, el baño estaba listo, así que Villanueva al fin pudo relajarse un poco. Se hundió en la tina hasta el mentón y cerró los ojos. Al fin respiraba y se sentía con un poco de calma. Maldita casa, pensó, un día me iré y abandonaré todo y esta bola de infelices llorará por mi regreso, pero no volveré. Que se mueran de hambre o de lo que quieran, no me importa. Después de sus alegres reflexiones, se hundió un poco más hasta quedar con las orejas y la nuca dentro del agua, pero sin mojarse el rostro.

Al fin la calma, el silencio. Sólo podía escuchar su respiración a través del agua y las pequeñas olitas que surgían de ésta y chocaban con las paredes de la tina y después, nada. Bendito silencio y belleza de calma...

-Ah, mierda. ¿Pero qué...?- Sintió un dolor fuerte y agudo en la mano izquierda y notó que de pronto el agua de la tina se llenaba de un tenue color malva y entonces reconoció en el fondo unos ojos pequeños y en apariencia viejos que le daban extraños escalofríos en la espalda. Era Sogblé. Villanueva sacó del agua su brazo izquierdo y se encontró con que tenía enterrados un montón de cosas sucias y filosas a la altura de la muñeca.

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