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Pen Your Pride

CAPÍTULO 3

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En comparación con las oficinas que Gutiérrez & García tenía en Madrid, la delegación escocesa de Lovell & Hayes, la editorial amiga que publicaba sus obras en Gran Bretaña, era un sitio muy tranquilo, el destino indicado para el viejo Michael, un editor demasiado activo para retirarse y demasiado vago para seguir el ritmo del cada vez más agresivo mercado editorial.

Todo lo que Michael conocía de internet era el iconito del Outlook Express que había en el escritorio de su ordenador. Sabía dónde pulsar para que el programa se abriera y que las teclas de Enviar y Recibir servían, básicamente, para mantener el contacto con la central. Pero no se le podía pedir mucho más. A sus setenta y tres años ese era todo su conocimiento de las nuevas tecnologías.

En una ocasión, un listillo de la central de Londres había tratado de enzarzarse en una discusión con él sobre libros electrónicos y su importancia en el futuro del mercado editorial. Pero Michael, que no tenía ni idea de lo que eran los libros electrónicos, había zanjado el tema diciendo que no era su especialidad, aunque en su humilde opinión dudaba de que el futuro de las editoriales estuviera en publicar libros de una materia tan aburrida como la electrónica.

Michael tenía suerte de que la familia Lovell, principal accionista de Lovell & Hayes, le tuviera un cariño especial. Y es que el experimentado editor era el empleado en activo más antiguo de la editorial. No por nada había sido contratado a la edad trece años para redactar con plumilla y una letra angulosa, casi gótica, las cartas de agradecimiento que se enviaban a los lectores que habían intentado contactar con los autores.

Pero los tiempos habían cambiado. Ahora los agradecimientos se escribían por e-mail siempre que era posible. Y si no lo era, se imprimía una plantilla redactada en el ordenador, aparato con el cual nunca había hecho buenas migas el viejo Michael.

Como estaba demasiado oxidado para tener responsabilidades de verdad, el encargado del departamento de recursos humanos le había puesto al frente de la delegación de Edimburgo, donde podía beber cerveza a granel con otros colegas del gremio, atender de vez en cuando la llegada de algún novato enviado desde la central y, básicamente, darse a la buena vida de editor destinado en un puesto tranquilo. En Escocia lo único estresante que podía ocurrir era una firma de libros. Y eso sucedía de manera muy esporádica.

En ese momento estaba entregado en cuerpo y alma a su hipercalórico desayuno: un café con aguardiente acompañado de unos grasientos huevos escalfados con beicon, que encargaba todas las mañanas en la cafetería de enfrente. Su barriga colgaba hasta su regazo y los tirantes que sujetaban su pantalón se ponían más tensos con cada bocado que daba.

Colocada sobre un aparador había una vieja radio que escupía las notas del único éxito de The Bobbetts, un grupo de la década de los cincuenta. Michael estaba hojeando el periódico con los dedos manchados de grasa de beicon cuando escuchó aquel estruendo que le hizo ponerse en guardia. Sonaba como una manada de ciervos subiendo unas escaleras.

Sus ojos azules se abrieron de par en par cuando las bisagras de la puerta de entrada cedieron y dos muchachas salieron disparadas sobre la mesa, llevándose por delante el café y los huevos escalfados.

El viejo editor permaneció sentado un minuto, perplejo. En todos los años que había trabajado para aquella editorial había visto muchas cosas, algunas de ellas verdaderamente desagradables, pero jamás había visto a dos chicas retándose a una carrera para ver quién llegaba primero.

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