Abril, 2016 (I)

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Isabelle se fue al día siguiente, demasiado temprano como para que yo me despidiera de ella.

Los días siguieron pasando, y yo seguí entrando en los sueños de Dorian casi todas las noches, sin que nada realmente especial ocurriera. Él seguía con sus pesadillas y yo seguía queriendo ayudarle y sin poder hacer nada.

Sé que este es un tema que os preocupa especialmente, así que voy a dejarlo claro ya antes de que os lo sigáis preguntando: ¿qué pasa con los sueños eróticos?

Bien. Con todo lo que me ocurrió con Liesel, aprendí que introducirme en los sueños de otras personas es invadir su intimidad de una forma muy poco ética. Con el tema de los sueños eróticos es aún peor.

Obviamente, Dorian tenía esa clase de sueños, y mentiría si dijera que no despertaban mi interés en cierto modo. Podemos llamarlo curiosidad. Pero nunca me quedé a presenciarlos; no estaba dispuesto a cruzar esa línea. Una cosa era presenciar sus miedos e inseguridades y otra su sexualidad. Ni siquiera yo era tan rastrero, ni estaba tan desesperado. Simplemente, cuando veía que un sueño iba a tomar ese rumbo, me alejaba y volvía a mi propio mundo onírico. Sólo hubo un par de ocasiones en las que me quedé, porque era yo el protagonista, pero eso es algo que contaré más adelante.

El caso es que llegaron las vacaciones de Pascua, y durante esas dos semanas que pasamos cada uno en nuestra casa hablamos casi más que al vivir juntos. No sólo mantuvimos el contacto por Whatsapp, sino que además quedamos varias veces para jugar en línea e interactuamos en distintas redes sociales. Fue algo extraño, tengo que admitirlo, pero no puedo decir que me disgustara. Parecía que nos hacíamos amigos, después de todo.


Regresamos al piso un domingo por la tarde, tanto él como yo. Emily ya estaba allí cuando llegué, esperándome en el salón. También le había interceptado a él, cuya maleta descansaba en el suelo justo al lado del sofá donde se había sentado.

—¿Qué pasa? —pregunté extrañado, cuando casi me arrastró del brazo para que me sentara al lado de Dorian y me hizo dejar la maleta por el camino, en mitad del pasillo.

—Tengo que hablar con vosotros.

Emily, muy seria, se había sentado en el otro sofá y nos miraba alternativamente. Dorian parecía tan perdido como yo, y algo más asustado.

—Necesito vuestra opinión como tíos.

Estaba intentando encontrar una respuesta adecuada a eso cuando Dorian se me adelantó.

—¿...Perdón?

Emily resopló y se apartó el pelo de la cara con un movimiento rápido de cabeza a la vez que tamborileaba con las uñas sobre su pantalón vaquero.

—Sí. Mis amigas sólo han sido capaces de llamarme puta, así que necesito una segunda opinión.

Esta vez fue mi turno de parecer idiota, con una pregunta más absurda aún que la de Dorian, que no había sido precisamente brillante.

—¿...Qué?

Dorian y yo nos miramos un momento, mientras ella suspiraba de nuevo y se ponía de pie.

—Em, necesitamos más contexto aparte de que tus amigas te hayan llamado puta —le dije.

Ella se pasó la mano por el pelo, dio un par de pasos hacia la puerta y se giró hacia nosotros. Hizo ademán de empezar a hablar en un par de ocasiones, pero tal y como abrió la boca volvió a cerrarla.

Esta vez fue el turno de Dorian de suspirar, y le noté tensarse a mi lado en cuanto empezó a hablar.

—Emily... No te vamos a juzgar —le aseguró. Luego, pareció darse cuenta de que había hablado en plural y añadió—. Yo no, al menos.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora