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—Ajá —respondo incrédula—. ¿Entonces llamaste para decirme que vas a saltar desde un acantilado?

—Sí, así que aprovecha porque esta es la última oportunidad que tendrás para decirme lo que amas de mí, que bueno, en realidad sé que es todo. Ah, pero si no lo haces de igual forma asumiré que la envidia que corroe tu corazón es la que te obliga a contenerte —expone con sorna a través del teléfono.

No sé si debería reír de sus intentos por bromear, o preocuparme por ello.

La última vez que hablé con Dylan no obtuve demasiado de él ya que desviaba de forma magistral la conversación cada vez que intentaba ahondar un poco en el cómo estaba yendo su estadía en Italia, o simplemente minimizaba los asuntos que según él debía resolver allá con su característica falta de seriedad. Pero en estos instantes es diferente, como si estuviera lo demasiado agotado como para siquiera poder camuflar la aflicción que se filtra en su voz siempre que evade la realidad y que justo en ahora es tan clara que me angustia. La verdad es que deduzco de la debilidad con la que sus cuerdas vocales formulan las tonterías que no ha cesado de murmurar a través del teléfono que, aunque se esfuerce por sonar bien, él definitivamente no lo está. Yo por mi parte, aun cuando me carcome la curiosidad por saber más de sí y de su travesía, no me atrevo a preguntar directamente aquello que deseo saber de él porque no quiero ser yo quien le recuerde los problemas que de forma notoria lucha por apartar de nuestra extraña conversación, y supongo que también de su mente, sin embargo, aún conservo la esperanza de que detrás de su llamada él esconda la intención de desahogarse conmigo y de igual forma apuesto porque sean sus propios demonios los que le impiden llevar a cabo su cometido.

Quiero que me hable con normalidad y que se abra conmigo, así como en su momento lo hizo. Quiero contarle sobre mí y sobre todo lo que ha acontecido en mi vida este último tiempo. Quiero envolverlo con mis brazos fuertemente toda una tarde porque sé que necesita de un abrazo tanto como yo anhelo un abrazo suyo. También quiero decirle que todo estará bien pero no puedo ser así de inconsciente sabiendo que Dylan está ocultándome cosas importantes pues podría herirlo con esas simples palabras, y es que lo sé bien, más que un intento de consuelo, para él podrían terminar siendo sólo una triste mentira. Sin embargo, esto de hablar como si fuéramos extraños que temen profundizar en la vida del otro además de ser engorroso, también creo que contribuye a que nuestra distancia comience a sentirse más grande.

Ahora que la confianza de Dylan parece estar fuera de mi alcance es cuando empiezo a desear con fervor que lo que sea que esté pasándole no afecte nuestra relación.

—¿Estás oyéndome, puritana? —Atrae mi atención de pronto.

Caigo en lo mismo de nuevo. Definitivamente no logro comprender cómo es que Dylan tiene energías para sacar a flote su lado bromista.

Eres de admirar, querido amigo.

Suspiro.

—Sí, te oigo, pedazo de narcisista.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora