El hombre en estado zen

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Noches atrás:

—Soy un atleta retirado— hablo en silencio —Eso es lo que soy—, me tortura mi mente.

A ver, pongamos los papeles en orden —Soy un atleta que no puede practicar su deporte predilecto—, pienso. La reflexión no es profunda aunque es convincente: No soy un atleta retirado.

Cierro los ojos en paz.


***


Hoy:


Hace tres semanas volví de una parada técnica —No profundicemos en detalles—. Tras haber retomado la rutina, queda demostrado que entrenar te mejora la salud física y emocional. Es probable que si no hubiese reiniciado mi relación con el running —¡Que término más patético, por dios!—, ahora estaría sentado en la cama muriendo de soledad, ahogándome en una vida condenada al aburrimiento y al sedentarismo.

El desafío constante es el motor de mi vida diaria; vivo pensando en el entrenamiento del día siguiente, en los días claves de las semanas posteriores y en cuáles son los objetivos que tengo en vistas al futuro. Y lo tomo tan seriamente que, para dar una idea, he pasado estos últimos  meses leyendo decenas de libros de atletismo, consejos de entrenadores consagrados y registros de entrenamientos —¿Todas las obsesiones son tan bellas? ¡Realmente amo correr!—.


***


Luego:


Supongo que lograr éxito mientras esté en movimiento es cuestión de tiempo, templanza y firmeza. Me gusta pensar que el entrenamiento no sólo fortalecerá mi cuerpo físico, sino también mi espíritu; yo creo que la gente que me ha visto crecer sería feliz al ver con cuánta devoción corro, porque siempre me devuelve el ánimo saber que cada paso mío lleva la sangre de un abuelo paterno que nunca voy a conocer.

Mientras se acorta la distancia —A medida que atravieso esos kilómetros infernales—,  la idea de que soy invencible se apodera de mí: Ir hacia delante, nada me puede detener. Ahora soy consciente de que la vida me rodea; de que yo soy vivir.

Verano a las corridasWhere stories live. Discover now