ENERO (3 parte)

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Ginelle trabajaba para el espectáculo burlesque Dainty Dolls, en Las Vegas. Mi mejor amiga era bajita y dulce como su nombre, y movía el culo de maravilla. Hombres de todas partes del mundo acudían para ver el espectáculo picante de la Franja. Pero, a pesar de ello, no ganaba lo suficiente como para sacarnos a mí o a mi padre de aquel embrollo, y a mí jamás se me habría ocurrido pedírselo.

-Vale, te quiero, zorra -dije con dulzura mientras me metía la trenza por el cuello de la chupa de cuero para que cayera entre mis paletillas.

-Yo a ti más, mi putita,dijo Gin.

Giré la llave de la moto en el contacto, arranqué y me puse el casco. Me metí el móvil en el bolsillo de la chaqueta, aceleré y salí corriendo hacia un futuro que no quería pero que no podía evitar..

-¡Sofia! ¡Mi niña guapa! -dijo mi tía mientras me rodeaba con sus huesudos brazos y me aplastaba contra su pecho. Era muy fuerte para ser tan delgada. Llevaba el pelo negro recogido en un torcido francés. Vestía una blusa suave como la seda -probablemente porque era de seda- metida en una falda de tubo de cuero negro que combinaba con unos altísimos tacones de aguja con esa suela roja sobre la que tanto había leído ojeando los últimos números de Vogue. Estaba muy guapa. Y , más que guapa, parecía «cara».

-Tía Millie, cuánto me alegro de verte -empecé a decir, pero dos dedos de largas uñas lacadas de rojo sangre y un siseo me mandaron callar. Chasqueó la lengua dos veces a modo de negación. -Aquí me llamarás señora Milan. Levanté la vista al techo con gran dramatismo. Ella entornó los suyos en respuesta.

-Preciosa..., para empezar, no pongas los ojos en blanco: es grosero e impropio de una dama. -Sus labios formaron una línea firme-. Y , en segundo lugar... Comenzó a rodearme, evaluándome como si fuese una obra de arte, una estatua, algo frío e impenetrable. Y tal vez lo fuera.

En la mano llevaba un abanico de encaje, el cual abría, cerraba y golpeaba contra la palma de su otra mano durante su escrutinio. -... no vuelvas a llamarme Millie. Esa mujer hace mucho que desapareció, murió cuando el primer hombre en el que confié me arrancó el corazón, lo frio y se lo dio de comer a sus perros. Era una imagen espantosa, pero si algo caracterizaba a la tía Millie era su honestidad.

-Levanta la cabeza. Me dio un golpecito en la parte inferior de la barbilla para que corrigiese mi postura inmediatamente. Después hizo lo mismo en la sensible zona de los riñones, donde la estrecha camiseta que llevaba no llegaba a tocar los vaqueros ceñidos que tanto me gustaban. Enderecé la columna al instante y saqué pecho. Su sonrisa de labios rojos se amplió y mostró unos dientes perfectos y blanqueados. Eran los más bonitos que se podían comprar con dinero, y un gasto habitual para las mujeres ricas aquí, en Los Ángeles. No podía dar ni cinco pasos sin encontrarme con alguien que acudía a su dentista más de lo que era médicamente necesario, aunque con menor frecuencia con la que acudían al dermatólogo para recibir sus inyecciones mensuales de bótox. La tía Millie era obviamente una clienta asidua del dermatólogo y el dentista. Pero he de decir que, aunque rozaba los cincuenta, se conservaba bastante atractiva.

-No hay duda de que eres preciosa. Y lo estarás aún más cuando te pongamos algo presentable y te hagamos algunas fotos para el porfolio. Hizo una mueca de desagrado al contemplar mi atuendo de motera. Retrocedí y choqué con una butaca de piel que había cerca. -No he accedido a nada. Millie entornó los ojos hasta que apenas podía verlos. -¿No dijiste que necesitabas mucho dinero y rápido? Creo recordar algo acerca de que el inútil de mi cuñado estaba en el hospital, que tenía problemas. Se sentó despacio, cruzó las piernas y apoyó los dos brazos con delicadeza sobre los blancos reposa brazos de piel de su silla. A la tía Millie nunca le había gustado mi padre, cosa que me entristecía, porque el hombre lo hizo lo mejor que pudo como padre soltero cuando su hermana, mi madre, abandonó a sus dos hijas. Yo tenía diez años por aquel entonces. Mi hermana tenía cinco, y, hasta la fecha, no tiene ni el más mínimo recuerdo de nuestra madre al que aferrarse. Me mordí la lengua y la miré directamente a sus ojos verde pálido.

Nos parecíamos mucho. Dejando a un lado todos los retoques que se había hecho, era como si me estuviera mirando en un espejo dentro de veinticinco años. Sus ojos eran del mismo tono verde claro, casi amarillo, que tanto llamaba la atención a la gente. De color «verde amatista», decían. Era como mirar un insólito diamante verde. Nuestro pelo era del mismo tono exacto de negro azabache; tanto era así que, cuando le daba la luz, parecía azul. Me senté, apoyé los hombros en el respaldo de la incómoda butaca e inspiré hondo. -Sí, papá se ha metido en un buen lío esta vez con Blaine. Millie cerró los ojos y sacudió la cabeza. Me mordí la lengua de nuevo al recordar a mi padre, pálido y demacrado, con todo el cuerpo lleno de moratones, yaciendo casi sin vida sobre la cama del hospital. -Ahora mismo está en coma. Hace cuatro semanas le dieron una paliza de órdago. Todavía no se ha despertado. Los médicos creen que podría ser por el traumatismo cerebral, pero no sabremos nada hasta que pase un tiempo. Le rompieron muchos huesos. Lleva todo el cuerpo escayolado -le expliqué.

-Por todos los santos. Qué salvajes -susurró, y se pasó la mano por el pelo para acomodarse un mechón suelto detrás de la oreja mientras se recuperaba del impacto que le había causado la noticia. Millie era una gran manipuladora y sabía controlar sus emociones mejor que nadie que hubiese conocido. Ojalá yo tuviese ese talento. Lo necesitaba.

-Sí. Y la semana pasada, mientras lo velaba junto a su cama, uno de los matones de Blaine vino a verme. Me dijo que me fuera despidiendo de mi padre, que, si no le devolvíamos su dinero con intereses, lo matarían. Y que después irían a por mí y a por mi hermana. La deuda de los herederos lo llaman. Total, que necesito conseguir un millón de dólares, y rápido. La tía Millie sacó los morros y empezó a darse golpecitos con la uña del dedo índice sobre el pulgar. El incesante soniquete me estaba poniendo de los nervios. ¿Cómo podía mostrarse tan tranquila, tan cruel? La vida de un hombre, mi vida y la de mi hermana pequeña pendían de un hilo. Sé que mi padre le daba igual, pero mi hermana y yo siempre habíamos sido su ojito derecho. Millie me miró con unos ojos feroces que centelleaban con una emoción desconocida.

-Puedes conseguirlo en un año. ¿Crees que te darán un año si vas pagándoles a plazos? Frunció el ceño hasta que sus cejas se tocaron mientras mantenía toda la atención fija en mí. Se me empezaron a poner los pelos de punta y eché los hombros hacia atrás adoptando una actitud defensiva.

Sacudí la cabeza. -No lo sé. Sé que Blaine quiere su dinero, y puesto que tuvimos algo hace tiempo, supongo que podría suplicarle. A ese puto sádico siempre le gustó verme suplicando de rodillas.

-Guárdate tus correrías sexuales para ti, preciosa. -Sonrió con malicia-. Visto lo visto, tendremos que ponerte a trabajar de inmediato. Sólo en las cuentas de mayor caché. Tenemos que organizarlo todo rápidamente. Quiero que estés aquí mañana a primera hora para la sesión de fotos, que durará todo el día. Haremos instantáneas, algunos vídeos, etcétera. Les pediré a mis chicos que las suban a la página segura al día siguiente.

El Calendario de SofiaWhere stories live. Discover now