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Querido Primo

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Tan pronto como salí del aeropuerto los helados vientos típicos del mes decembrino comenzaron a azotarme sin piedad, cerré mi chaqueta hasta el cuello y me dispuse a tomar un taxi. 

Conocía de memoria el camino hasta la casa de la Tía Dali, todos los años las reuniones familiares se habían llevado a cabo en su casa y las celebraciones de éste mes no serían la excepción. 

Por cuestiones de trabajo no había podido asistir a la cena navideña, pero luego de la llamada reprendedora de mi tía hice hasta lo imposible para poder estar aquí en año nuevo. 

Las calles se encontraban desiertas tanto por ser el ultimo día del año como por la intensa nevada que dejaba un rastro blanco a su paso. Sin embargo, tan pronto como vi las luces encendidas dentro de la casa, sentí un calor familiar invadirme, Por más que había querido negarlo extrañaba estar con mi familia. 

Bajé la pesada maleta sin ayuda del amargado taxista y luego de pagar lo que me pareció una fortuna por tan corto trayecto, arrastré mis pertenencias hasta la entrada e inmediatamente toqué el timbre. 

El ruido de música en el interior y las conversaciones a todo volumen no se interrumpieron, sin embargo sentí pisadas dirigiéndose hacia la puerta. 

-¡Hasta que por fin llegas!- enunció mi tía. Me tomó entré sus brazos y de un solo jalón me metió a la casa.- Pero cariño, si estas congelándote.- comentó palpando todo mi rostro.-¡Familia la pequeña Ana ha vuelto a casa!.- gritó por encima de todas las chácharas y empujándome hacia el recibidor. 

La escena parecida salida de una típica película americana.Mis numerosos parientes que hasta hace poco se encontraban separados en pequeños grupos conversando y pasando el rato inmediatamente se aglomeraron a mi alrededor y comenzaron con el repertorio de preguntas: 

¿Cómo has estado? 

¿Qué tal la universidad? 

¿Cómo va el trabajo? 

Te ves muy flacucha. ¿Estas comiendo bien? 

¿Y los novios?  

Con toda la paciencia que pude, intenté responder sus preguntas de la forma mas educada posible.Pero me sentía exhausta, tan pronto como dejé de ser el centro de atención, tomé mi abandonada maleta del pasillo y la llevé hasta el segundo piso para instalarme en el cuarto. 

Ésta enorme casa había sido el hogar de infancia de mi madre y sus cuatro hermanos. A pesar de que sólo la tía Dali y sus 3 hijos seguían viviendo ahí, cada uno de mis tíos tenía su propia habitación en esa casa; la cual compartía con su progenie cada vez que asistíamos a una reunión familiar. Yo solía llamarle: confinamiento masivo, pero el resto de mis tíos y primos parecían disfrutar durmiendo todos amorochados. 

Desde la muerte de mi madre el año pasado había hecho todo lo posible por escapar de éste tipo de reuniones que únicamente conseguían remover la espinita en mi interior, así que hasta ahora no me había percatado que tendría una habitación para mi sola. 

¡Que afortunada!. Pensé con amargura. 

Tiré la maleta a un lado del closet y me quité la pesada chaqueta que se había vuelto innecesaria gracias a la calefacción. Revisé mi celular y me encontré con la hora: 11 en punto, tiempo de cenar. 

En el gran comedor todos se encontraban atacando la enorme cantidad de comida reunida en la mesa.Y a pesar de que disponía de 10 asientos, se había quedado corta para recibir a tanta gente. Por lo cual, aquellos que bajamos tarde para la cena tuvimos que conformarnos con tomar un plato, servirnos y disfrutar la comida en cualquier asiento que por suerte se encontrara vacío alrededor de la casa. 

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