Capítulo 3

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El representante de la ciudad Aracena, el grandísimo Manuel Villanueva, venía casi trastabillando. Se sabía perdido, acorralado por sus propios ideales y ambiciones, acorralado por sí mismo. La ciudad vecina se le estaba viniendo encima. Maldita ciudad, pensó, por eso la dejé hace tantos años; es una mierda. Con el tiempo, descubrí que en su infancia siempre fue feroz en sus decisiones, por lo que lograba aprender con verdadera facilidad y lograba pronto sus objetivos. Sin embargo, su tenacidad, aprendida en la niñez y que lo había llevado a una juventud exitosa, ahora era una terquedad irrefutable, cada vez más grande gracias a su poder político, pero también más atroz y destructiva. Cada decisión que tomaba, la tomaba solo y no permitía la participación de algún otro, mucho menos de alguien a quien considerase inferior. Esta actitud lo había levantado, pero ahora, lo hundía y lo asfixiaba por todas partes. Era como si él mismo buscara su destrucción, pues con esto tal vez acabaría también con su soledad.

Villanueva era entonces un hombre decididamente ambicioso que, no viendo más futuro en su ciudad natal, Almasi, partió lejos a los 24 años de edad, sin mayor experiencia que la de la universidad y los pocos negocios en los que había llegado a participar, cayendo irónicamente en la ciudad vecina. Ahora era el máximo representante en ella por lo que podría decirse que era un hombre realizado con una buena casa, sirvientes y demás lujos, además de popularidad, propiedades, y sobre todo, poder. Tenía un inmenso poder político con el cual se había sentido resguardado, o no, incluso más que eso: se sentía invencible. Tenía proyectos maravillosos que estaban protegidos por su invulnerabilidad política y popular, y eran siempre alcanzados sin importar el costo o las circunstancias... hasta ese día.

En la mañana había recibido una carta de la Unión en la que le notificaban la negativa a una parte de sus planes de expansión por lo que se le pedía asistir a la junta que se llevaría acabo en dos días. Villanueva, por supuesto, estaba frenético. No era demasiado lo que pedía, ni mucho menos lo que se perdía; sólo era cuestión de engañar a Almasi, su ciudad vecina, para que les diera ciertos derechos e invadirla después o enviarla a una guerra que sabrían perdida desde el inicio. Es cuestión de carácter, se había dicho. Pero él bien sabía que la Unión lo consideraría un riesgo, por lo que sólo les había confiado parte de la estrategia. Ahora, al parecer, se habían acobardado y se le oponían a sus propósitos. Villanueva no era una persona que se dejara vencer y en su enferma ambición solía considerar cualquier obstáculo como elemento enemigo así como a cualquiera que lo provocara.

Así, dos días después, se presentó temprano a la junta a la que lo habían citado, con una actitud irrevocablemente agresiva, dispuesto a no perder territorio en ningún momento de la conversación o lo consideraría una derrota definitiva. Lo primero, fue explicar la situación a toda la Junta, pues no todos estaban completamente enterados de la situación. Todo se desarrollaba con una parsimoniosa tranquilidad que hacía perder la paciencia a Villanueva hasta que tocaron justo el punto que le importaba: Almasi.

Esta ciudad, al verse sin remedio asediada, decidió unirse a la Unión bajo ciertos términos. Para Villanueva, esto fue demasiado: una cosa eran los derechos políticos y económicos, y otra muy diferente era unirse; según las condiciones en que quedaban frente a Almasi, su plan era imposible. Lo habían hecho a un lado, les había importado nada que él, el máximo representante de Aracena, el miembro más activo en la Unión, el más importante por el momento, se hubiera pasado meses trazando aquel perfecto plan; hubiera planteado todo a manera que fuese conveniente para todos e incluso se hubiera ofrecido como embajador para arreglar todos los menesteres que fuesen necesarios. Y así, de repente, como si no importara, lo hacían a un lado para llevar acabo sus mediocres y cobardes planes.

Tuvieron que dejarlo decir todo lo que quería para, al fin, ponerlo un poco en calma y poder explicarle que todo hubiera sido como él planteaba si no fuera porque Almasi se había convertido en un punto realmente importante, como ya habían dicho, pues había descubierto recientemente grandes cantidades de petróleo y se había posicionado perfectamente entre las potencias activas, de manera que era imposible destruirla. La única forma sería que la ciudad misma se destruyera, cosa prácticamente imposible. Villanueva salió furioso y sin querer firmar su consentimiento para los nuevos planes. ¡Son una mierda todos!, había pensado y se había marchado hacia su casa sin más.

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