Amor imperfecto

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El amor no se puede elegir

Golpea de frente y arrasa

Es algo salvaje

Al mismo tiempo animal y humano.

No era un buen día, no en el sentido completo de la palabra. En las reuniones sociales las damas podían reunirse y decir que no era un buen día cuando afuera caía lluvia o cuando por alguna razón la carreta cargada de mercancías de Marlen no llegaba a tiempo. Los caballeros podían decir que no era un buen día cuando uno de sus caballos se rompía una pata o se suspendía algún evento de caza por una neblina cerrada.

Pero ese día no era bueno para Elisa por motivos diferentes. Se había enamorado. La verdad sea dicha. Y todas las buenas solteronas de veintiséis años eran conscientes de que enamorarse a esa edad, tan a destiempo, tan abruptamente, tan espontáneamente, solo podía ser consecuencia de un encierro prolongado y los últimos intentos desesperados de un corazón que no quería marchitarse en agonía.

Lo que se dice un mal día.

Elisa no era una gran dama, no tenía mucha fortuna, tampoco era muy bonita, aunque los caballeros habían mencionado con cortesía que era simpática.

Veintiséis años eran muchos, Elisa tenía una hermanita adorable que se había casado a los diecisiete, sin fortuna ni nada, solo con el poder de sus ojos audaces y los bonitos rulos negros; también tenía un hermano: Josué, era bueno su hermano, pero entendía que ella significara una pesada carga para él. Era una solterona, lo comprendía y lo aceptaba, hacía tiempo había dejado de cuidarse la piel con enormes sombreros y ya a nadie le importaba si oía conversaciones indecentes cuando las mujeres casadas hablaban de niños o esposos.

En algún momento de su vida, por supuesto, le había llegado a agradar algún caballero, quizás lo había visto por el borde de su abanico incapaz de hablarle sabiendo que dada su condición social aquello sería una grosería, siempre esperando ser presentada, siempre en vano.

Pero aquel día de Febrero al asomarse por la ventana Elisa vio la imagen más perfecta del mundo. Lo vio a él. Sentado bajo el árbol del patio vecino con las piernas extendidas, los chinos castaños sueltos al aire y un blog de dibujo entre manos. Trazaba algo con carbón, los ojos encendidos del que se encuentra en medio de una tarea que le apasiona, Elisa pudo sentir la fuerza que destilaba, la excitación que desprendía.

Ganas de vivir. Eso era. Las ganas que ella había perdido conforme más y más era sepultada en el olvido por una sociedad que no la consideraba valiosa. A pesar de lo atrayente de la imagen no lo espío por mucho tiempo, preocupada porque alguien la viera. Prefirió guardar su imagen en la memoria, sus cejas gruesas y enfáticas, sus brazos musculosos que se dibujaban por debajo de la camisa.

—Madre. —Pero se podía ser curiosa, siempre se podía—. ¿Quién es el hombre que está visitando a los Ovalle?

—No sé, ¿tienen visita? —Su madre nunca había sido muy cotilla, por desgracia.

—Creo que sí, un hombre joven. —Hubo algo en los ojos de su madre, Elisa sabía reconocerlo, siempre dolía, aunque no tanto como antes, no solo en los ojos de su madre, también en los de su padre y hermanos: lastima.

—¿Quieres que busquemos una excusa para visitarlos? —Su madre se recuperó pronto, pero el daño estaba hecho, Elisa sentía que le ardían las orejas.

—No, solo me pareció extraño que se sentara tan cerca de nuestro patio siendo sus jardines tan extensos. ¡Me voy a mi habitación! —No era la mejor manera de despedirse para una dama, con las mejillas rojas y el orgullo bastante maltrecho. No iba a pensar más en él, en sus brazos torneados y la expresión de sus ojos. No iba a hacerlo.

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