X. La primera escena del crimen

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X. La primera escena del crimen

Unos minutos después estamos deambulando por Miraflores rumbo al patio en el que había vivido con mi mamá y mi familia toda mi vida.  Yo iba por delante, seguido de Cliste y finalmente por Astra.  Mientras que ella tenía su atención puesta en el distrito mismo, en el paso de las aves, en los humanos que se pueden apreciar a esa temprana hora, Cliste está interesado en otros detalles.  Estás observando fijamente las plantas en las esquinas, las manchas en las paredes, la basura en el suelo.  Es un espectáculo interesante.  Combinados estoy seguro que tienen un panorama confiablemente completo de cómo es el distrito.  Sin embargo, cada uno por separado tiene apenas una imagen parcial de la situación.

“Falta poco”, les digo sin voltearme a verlos.  Sé que me están siguiendo porque me deberían de estar siguiendo.  No obstante, cuando no obtengo respuesta, paro y giro para ver si ha pasado algo.  Ahí están los dos parados y sentados en el suelo, con sus colas moviéndose en el aire.  Ambos me están mirando sin decirme nada.  Yo doy una vuelta y regreso hacia ellos dos.  Cuando estoy lo suficientemente cerca, me habla Cliste.

“¿Por qué quieres ser detective?”, me pregunta.  Yo sé la respuesta antes de que él termine de formular la pregunta.

“Porque quiero que el culpable de todo esto reciba su castigo”, respondo.

“Pero de eso nos podemos encargar nosotros, niño”, comenta él. “Puedes regresar con tu hermana y estar con ella.  Te necesita en este momento tan difícil. ¿No lo crees?”

“Pues, sí, podría hacer eso...”, medito unos instantes y luego le respondo. “Pero ustedes no van a estar aquí para siempre.  Ustedes dos viajan mucho.  Hacía un buen tiempo que no venían por aquí.  Nunca los había visto.  Pero la gente los recuerda. ¿Por qué?”

“Bah”, dice Cliste haciendo un gesto con su garra. “¿Quién sabe? Quizás porque aquí en Miraflores hemos resuelto casos muy difíciles.  El secuestro de los hijos de Jaque, por ejemplo”

“Sí lo recuerdo... ¿Fueron ustedes los que...?”

“El asesinato del anterior curandero”, me interrumpe Astra.

“El robo de las joyas de Maliki”, continúa Cliste.

“La desaparición de documentos valiosos de Orion”, sigue Astra.

“Y muchos otros.  Y nosotros fuimos héroes para los gatos de Miraflores.  A nosotros nos amaban aquí.  Hasta que llegó la Matanza.  Y de pronto, Astra y yo éramos los culpables de todo”

“¿Por qué?”, pregunto. “¿Qué fue la Matanza?”

“Otro día te cuento, niño”, responde Cliste. “El mensaje que te quiero transmitir es éste.  Ser detective no es realmente gratificante.  Claro, es emocionante mientras dura un caso.  Y sí es satisfactorio cuando lo solucionas.  Todos te aman por un tiempo, pero eso no sirve de nada si es que no hay otro caso después de ése.  Y si hay otro después de ése.  Y así hasta que algo pase.  Y ese algo seguramente será algo que haga que todos te odien.  Y que si te apareces en tu hogar, la gente sospeche de ti”

“¿Por qué?”, vuelvo a preguntar. “Si fueron héroes, ¿por qué los odiarían?”

“Porque los gatos son así.  No sabemos ser agradecidos con los que se merecen nuestro agradecimiento”

Noto que nuevamente está serio y sin esa sonrisa burlona que lo suele acompañar.  Realmente está deprimido y ofendido por lo que pasó después de ese evento del cual no me quiere hablar.  No importa.  Apenas pueda le preguntaré a quién sea.  Alguien que sí quiera contarme lo que pasó.

“No me importa”, respondo. “Alguien hizo esto y no debe volver a hacerlo nunca.  Jamás una familia debe pasar por lo que pasó la mía.  Nunca una niña como Bianca debe perder a su madre de esta manera.  Jamás”

Para cuando termino de decir esto, mis ojos están húmedos.  Cliste me mira y duda.

“No está mal que llores”, me dice. “Pero nunca lo hagas en público.  Cuando te dedicas a esto, tu imagen pública es muy importante.  Si te quedas con nosotros un tiempo lo verás.  Límpiate esas lágrimas y síguenos indicando el camino”

Yo regreso a la punta de nuestra expedición.  En cierta manera estoy optimista.  Me gusta la idea de aprender y dedicarme a lo que Cliste hace, aunque no sé muy bien cómo es que lo hace.  Cuando era más pequeño mi madre siempre me preguntaba qué clase de gato quería ser.  Si quería ser un cazador, como lo había sido mi padre Picasso y como lo estaba aprendiendo a ser Iker.  O si quería ser un gato de casa, como lo había sido ella.  Había muchas opciones, de las cuales se suponía que yo algún día tendría que escoger.  Y si bien aún no sabía el tipo de gato que quería ser, lo que sí tenía claro era el tipo de gato que no quería ser.

Y ahora se me presentaba la opción de aprender a ser detective.  Como cualquier otra ocupación debía ser aprendida de un maestro.  Así que ser aprendiz de Cliste sonaba como una buena oportunidad.  Una que no pensaba desperdiciar.

Damos un par de saltos para comenzar a ascender al muro detrás del cual estaba el patio al que nos dirigíamos.  No hemos llegado aún a lo más alto de ese muro, cuando escuchamos un sonido extraño.  Astra se apresura y la vemos observar el patio desde allá arriba, pero no bajar al otro lado.  Cuando Cliste y yo llegamos, segundos después, entendemos qué es lo que estaba pasando.

Ibis y un grupo de gatos estaban dando vueltas en lo que había sido mi hogar.  Estaban husmeando por todos lados.  Buscando algo.

“Buenos días, consejera Ibis”, grita Cliste desde arriba.  Todos los gatos del patio se voltean hacia él. “Qué día tan soleado y agradable, ¿no lo cree?”

“Oh, Cliste”, dice ella sonriendo maliciosamente. “Veo que por fin llegaste a la escena del crimen”

“A una de las muchas”, corrige Cliste. “Pero si te vas a poner territorial, te la regalo.  No creo que encuentre nada ahora que ustedes lo han pisoteado y han metido sus narices en todos los rincones.  Más bien, la próxima vez que el Consejo me encargue algo, sería bueno que tu envidia no haga mi trabajo más difícil”

Ibis abrió la boca para decir algo, pero Cliste se le adelantó.  Sin esperar respuesta, saltó hacia la calle.  Astra y yo lo seguimos.  Sin embargo, una fracción de segundo antes de que salte me volteé hacia la gata blanca y pude ver preocupación en su cara.  Preocupación de qué, eso no pude reconocer.

Los gatos de MirafloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora