Relatos breves - Un buen remedio -

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―¡Papá! ―gritó Raúl cuando su padre ya se disponía a bajar los escalones que le llevarían a la planta baja, donde se encontraban su mujer y su suegra―. ¡¡Papá!!

―¿Qué quieres ahora? —preguntó sin encender la luz, asomando tan sólo la cabeza en la estrecha rendija formada entre la puerta y el marco.

―¿Me traes un vaso de agua?

―Vale ―dijo tras un suspiro―. Ahora te lo traigo.

Manuel era un hombre paciente, pero se encontraba muy cansado. Su suegro murió hacía cinco años y la anciana, con setenta y tres, ya no se valía para hacer grandes faenas como arreglar el césped, cortar los pinos o dar pintura a la casa, tareas que él se encargaba de realizar cuando acudían religiosamente cada verano para pasar una semana echándole una mano. Así, además, tenían a los niños contentos, los cuales pasaban gran parte de las horas del día en la piscina de los vecinos, viejos e íntimos amigos de la familia que se mostraban realmente encantados de tener risueñas sonrisas de niños llenando nuevamente su casa tras la marcha de su hijo menor a la universidad.

―¿Se han dormido ya, cariño? ―le preguntó María al verle pasar por delante de ellas.

―Raúl tiene sed.

―¡Esos niños te mangonean! —intervino de súbito la anciana—. Imagina cuando cumplan los quince o dieciséis. Para entonces no tendrás autoridad ninguna sobre ellos.

―No me mangonean, señora. Si mi hijo tiene sed, no me importa llevarle un vaso de agua.

―Espera, espera, que subo. Verás cómo a mí sí me hacen caso.

Su suegra ya hacía el intento de levantarse del sofá, lo cual le llevaría casi un minuto, tal era la obesidad de la mujer, que la encajaba, literalmente, en el sofá. Manuel se apresuró a evitar que hiciera el esfuerzo.

―No se preocupe, de verdad. No es necesario que usted suba.

―Pues haz bien tu trabajo de padre y que dejen de quejarse.

―Descuide.

El hombre reanudó su camino hacia la cocina, con María ya de pie y siguiéndole muy de cerca.

―Cariño —empezó a decir ella en voz baja mientras le sujetaba por una de las manos y le obligaba a volverse—, no le hagas caso; no lo dice con mala intención.

―Tranquila, Mari. No es algo que me afecte demasiado.

―Por cierto, ¿alguna vez la llamarás por su nombre, en lugar de señora?

―Soy respetuoso con ella, sólo es eso.

―Ya, lo sé, pero es que a veces parece que la trates como a un sargento.

―Bueno, a veces se comporta como tal.

La mujer se acercó un poco más a su marido y rodeó su cuello con los brazos.

―No me gusta que en ocasiones te haga sentir incómodo, pero sólo nos quedan tres días para irnos. Te prometo que podrás descansar y disfrutar de tus vacaciones en cuanto lleguemos a casa.

―Hmm... Lo sé. Todas las noches cojo el calendario de mi cartera y voy tachando los días que llevamos. ―La mujer esbozó una tierna sonrisa y besó a Manuel en los labios―. Además, hago esto más por ti que por ella. Entiendo que te preocupes y quieras que le echemos una mano.

―Es muy mayor y necesita nuestra ayuda ahora que está sola. ¿Qué le vamos a hacer? Es una gruñona, pero no deja de ser mi madre.

―¡Mira! Pues he visto fotos suyas de joven y sois clavaditas. Pelo largo y rubio, delgaditas, altas, muy guapas... ¿No podría ser igual de amable y cariñosa que tú?

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