Capítulo 9: "¡Nuestro salvador!"

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Abel se posó contra la roca muy cerca de sus compañeros, y con su mano sana sostenía de la muñeca la mano que estaba completamente lastimada. Ellos no tenían esperanzas, ahora sólo tendrían que esperar un milagro para ser salvados de esa circunstancia. La desesperación estaba dominando el corazón de Alan y de su amigo, mucho más se vio arraigado esto, cuando las bestias empezaron a desmantelar la pirámide. Pobre de ellos, tan desdichados y libres de toda beatitud.

No podremos sobrevivir Alan habló con sus labios apoyados sobre el cuerpo de su allegada, y con un tono ahogando, sus palabras apenas llegaban ser entendibles.

Supongo que hasta aquí llegamos replicó Abel, y el techo que estaba sobre sus cabezas fue removido, dejando ver, no sólo al nebuloso y oscuro cielo, sino también a los monstruosos seres que los superaba en número y en fuerza.

El rubio cerró los ojos, invitando así a la oscuridad para que lo devorara. Pero entonces, los aullidos de uno de esos bichos hizo que se estremeciera, y como si fuera un acto de luz, las esperanzas regresaron a él. Ante la ausencia de dientes en su carne, sus ojos se abrieron pudiendo advertir así una figura que antes no había divisado. Por lo que entendía, ésta estaba posada sobre los bordes destrozados, además, parecía una silueta femenina, la dichosa tenía una coleta y un largo cabello negro, o al menos, es lo que llegaba a descubrir desde la lejanía.

¡No deberían rendirse! exclamó la misteriosa mujer.

¡Quién eres! le exigió saber a la misteriosa figura.

Su nueva aliada. Yo los distraeré, ustedes escapen y la muchacha se deslizo por el borde de su lugar, dejando escuchar a lo lejos los chillidos de esas criaturas, las cuales habían desviado su atención ahora hacia ella.

¡Alan! ¡Alan! ¿La escuchaste? ¿La viste? le preguntó con apuro a su amigo, y éste levantó la cabeza de entre los escombros sacudiendo sus cabellos.

Sí, sí la escuche se sentó correctamente en el suelo un poco más relajado el morocho, pero era demasiado pronto para estarlo, ya que empezó a ver como su reloj comenzaba a titilar en dos tonos, uno cetrino y el otro en uno rosado. ¡Oh! ¡El arma está lista!

¡Genial! ¡Transfiérela!

¡Sí! apretó su reloj con su dedo, y por fin empezaba a aparecer a través de un rayo de luz. Al terminar de materializarse, se levantó para tomarla y la cargo. Ya está lista.

Deberías ir a ayudar a esa chica, no creo que pueda sola con esos monstruos.

¿En verdad crees que podré contra ellos?

Sí, eres el único que no está herido y que puede manejar esa cosa. Además, eres inteligente, Alan, y valiente.

No sabes lo que dices.

Claro que lo sé, después de todo te arriesgaste a traer contigo a Misa, no la dejaste morir El muchacho sonrió y su contrarió le regresó el gesto.

Bien, entonces eso haré tomó algo de aire y exclamó. ¡Volveré! hizo uso de su reloj para transportarse fuera de la pirámide, ya que los lados de ésta eran demasiado lisos como para poder intentar treparla, además, era demasiado alta, perdería mucho tiempo en hacer eso otro antes de llegar con la joven.

El aparato había transportado a Alan cerca de una de las esfinges, desde allí, y detrás de una de sus patas, podía ver como la desconocida estaba escapando de aquellas cosas. Ahora tenía la oportunidad de conocer más al detalle sus facciones como también de su vestimenta, la cual pudo observar que era de la siguiente manera: la ropa que usaba no parecía ser normal, estaban deshiladas, rasgadas, la tela era de cuero, pero lo más impresionante de todo, era que ella tenía un reloj, uno como el de ellos, y al parecer lo podía manejar a la perfección. Lo había adivinado con tan sólo verla luchar, ya que hacía que el objeto creara escudos, soltará rayos laser, y de paso, expulsaba un látigo que salía de él, y éste mantenía a raya a las bestias que la asechaban.

Sueños Bajo el Agua ©¡Lee esta historia GRATIS!