Capítulo 2

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Martes, 31 de octubre, de 2010.

No puedo creer lo que me ha sucedido. Trataré de escribirlo todo aquí en el orden en que sucedieron las cosas procurando no alterar nada. Me levanté en la mañana y me dispuse a partir. El día era otra vez lindo, aunque bastante nublado, debo decir. Saqué un pequeño mapa que llevaba para orientarme en la ciudad, aunque al final, no hubiera servido de nada y lo haya tirado al asiento de atrás. Hay calles completamente cerradas debido a la maleza y al derrumbe de algunos edificios. Yo seguía andando por las calles esperando encontrar algo, alguna libreta escondida, un periódico, una placa.... Caminé y me metí en varias casas como el día anterior. Sinceramente, ya no llevo tan claro mi registro de las casas y de las zonas, pero creo que ya había inspeccionado bastantes y aún así no había logrado hallar nada que pudiera ayudarme en mi investigación. Comenzó a llover así que me metí rápido al carro. Estaba comiendo de una lata que no recuerdo bien qué tenía, cuando, frente a mí, en la esquina de una calle, vi la silueta de una persona encorvada y cubierta por un abrigo, caminando tranquilamente sobre la calle y dando vuelta hacia su izquierda unas cuadras más adelante. No tengo idea de dónde salió, pero lo cierto es que parecía una persona caminando hacia su casa, como cualquier día, después del trabajo. Pensé que tal vez sería un vagabundo y que de nada me serviría hablar con él, pero al menos era algo y yo tenía que intentarlo. De manera que lo seguí sigilosamente con mi carro, que por desgracia se detuvo en un punto y no lo pude volver a arrancar. Agarré mi bolsa y lo seguí de lejos. Pronto llegamos a una vieja y abandonada casa que asombrosamente estaba libre de malezas. Pensé que seguramente la cuidaban de que se llenara y la rodearan los bichos y las plantas, por lo que seguramente alguien vivía ahí. Estaba a punto de abrir la reja de la entrada cuando me aproximé y le expliqué que necesitaba hablar con él unos minutos. Era un anciano de mirada cansada y cuerpo aparentemente frágil con varias cortadas y heridas en el rostro. Daba la apariencia de ser huraño y grosero. Sin embargo, me dirigió una amable sonrisa y me invitó a pasar.

Al entrar observé que la casa estaba llena de cera para velas y entonces el anciano encendió un par, alumbrando así la estancia donde nos encontrábamos. Nos sentamos a una mesa muy limpia aunque vieja y maltratada en varias partes. Le platiqué al señor que trabajaba para una revista y que si él sabía algo sobre la ciudad, le agradecería que me lo contara. Su respuesta me inquietó un poco pues me aseguró que podía darme todo lo que yo buscaba, pero que tal vez no me gustara saberlo. Insistí amablemente y le mostré mi identificación como reportera para asegurarle que ese es mi trabajo y que no tendría problema en escuchar la verdad, fuese como fuese, pues de cualquier forma, yo estaba muy interesada en saber todo lo posible al respecto. Miró vagamente la credencial que le ofrecí y la dejó sobre la mesa disculpándose porque no podía leer; tendría que esperarse hasta que volviera a salir un poco la luz del sol de entre las nubes para poder leerla, pero como dijo que de todas formas me contaría lo que sabía, le dejé la credencial y saqué mi libreta para hacer las anotaciones pertinentes y poder después escribirlo todo, como ahora lo hago.

Me pidió que no lo interrumpiera ni preguntara por la fuente de información, pues pronto, me quedaría todo claro.

Es una larga historia, así que trataré de no enredarme mucho.

Aún me aterro al leer mis notas y quisiera mejor no escribir ya nada, pero mi condición de reportera y mi pasión por el tema me obligan a continuar. Así que aquí voy, esperando poder escribirlo todo tal cual me lo contaron.


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