Tu primera carta de confesión | KageHina

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Género: G.

Serie: (Quiero ser) Todas tus primeras veces.

Tema: Confesión de amor por carta.

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Sabía que confesarse podía ser complicado, pero... ¿tanto?

Lo que pensó que sería cuestión de unas horas de nerviosismo anticipado y un estallido de pocos segundos que podría llevarlo a una emoción infinita o a un desánimo indefinido, resultó ser cuestión de días de nerviosismo anticipado y un estallido incompleto que no podría llevarlo a otra parte más que a una frustración prolongada. Para ser exactos, Hinata ya había acumulado dos semanas de intentos fallidos —no, interrumpidos— de expresarle sus sentimientos a Kageyama.

Cada vez que estaba a punto de confesarlo, algo o alguien se interponía en su camino. Ya había probado en la escuela —había demasiada gente que podía aparecer en cualquier momento—, al final del entrenamiento —ahí parecían ser vigilados—, antes de las actividades del club —pero otro compañero o alguno de los adultos llegaba oportunamente— y camino a casa —pasaban tanto tiempo comiendo sus bollos que, cuando al fin no tenían la boca llena, quedaba muy poco para separarse o algo les llamaba la atención en la calle—; de ida a Karasuno quedó descartado como opción por las carreras que se echaban.

Cualquier otro habría interpretado tantos inconvenientes como señales del destino que le indicaban que debía callarlo todo para no salir tan herido, dejar que sus sentimientos se diluyeran naturalmente y no por una catástrofe buscada. Hinata no era cualquier otro. Hinata no creería en un supuesto mal augurio. Hinata no planeaba preguntarse por el resto de su vida qué habría sucedido. Mientras alguno de los posibles resultados fuera positivo, valía la pena intentarlo.

Cansado de tantos infortunios, pensó en otras maneras de confesarse. Quería estar ahí para ver el rostro de Kageyama, así que un mensaje o una llamada estaban descartados. No le convencía visitarlo porque quién sabía si su mamá estaría ahí para escucharlos, además de que, en un caso negativo, seguramente saldría mal de la casa y eso solo le causaría problemas innecesarios; ni hablar de invitarlo a la suya, Natsu siempre estaba ahí. ¿De qué manera podía reservar unos minutos de su tiempo sin que sospechara de sus motivos?

El día siguiente escuchó una conversación vecina entre varios de sus compañeros de clase. No era que los estuviera espiando, simplemente hablaban tan fuerte que todo el salón podía oírlos. Apenas se pronunciaron las primeras palabras, Hinata parpadeó y abrió muy bien los ojos.

—¿A quién se le han confesado en una carta?

¡Eso era! ¡Una carta de confesión era la solución a todos sus problemas! Podía ser ambiguo y citarlo en algún lugar apartado de la escuela a una hora donde nadie estorbaría, así seguiría viendo su reacción cuando se percatara de quién se trataba. Hinata casi no pudo concentrarse en otra cosa por el resto del día, ni siquiera en el voleibol, hasta regresar a su casa. Recibió muchos llamados de atención y regaños —y múltiples: «¡Idiota!» acompañados de su nombre— por esa gracia; nada importó cuando por fin estuvo sentado en el escritorio de su habitación frente a un papel en blanco, bolígrafo en mano.

Y su mente decidió imitar al color de la hoja.

Después de todo lo que viajó de un lado al otro de su cabeza, ¿iba a quedarse vacío justo en el momento de la verdad? No, esto no podía estar pasando, no podía permitirlo. ¿Él mismo iba a ser la causa de su nuevo impedimento? ¡No, no lo aceptaría! Pero... ¿cómo siquiera se escribía una carta? ¿Por dónde debía empezar? ¿Qué debía decir? Hinata se haló unos cuantos pelos. Recordó algo típico y lo copió:

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