El Árbol Consciente (capítulo I)

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A veces las cosas no suceden como cabe esperar, pero ello no significa que no sucedan como deben suceder... A menudo el destino tiene sus propios métodos y maneras para maravillarnos, alcanzando sus fines más remotos e insospechados...

Existe una verdad secreta que pocos conocen. Todos los árboles viven, eso lo sabemos, lo aprendemos en la más temprana infancia, así como a cuidarlos, aunque muchos olvidan esto. Pero hay ciertos árboles que viven de una forma que pocos pueden imaginar. Estos árboles tienen consciencia, sienten y piensan, se motivan por banalidades como los hombres, y se enojan, asustan y sufren como cualquier otro ser vivo con libre albedrío. Algunos de ellos pueden moverse, aunque sólo lo hagan cuando nadie mira, otros en cambio son incapaces. Unos hablan, otros sólo escuchan. Y todos, sin excepción, bailan al son del viento, cantando con el roce de sus ramas. Hay muchas clases de árboles conscientes: abetos, encinas, sauces llorones, almendros, ficus de troncos retorcidos... Pero del que vengo a hablaros, es un laurel de las indias.

El secreto que nadie sabe y que procedo a revelar aquí en un susurro escrito, es que todos estos árboles conscientes tienen una dama que los cuida, los anima y da conversación. Esta dama es en esencia como su árbol, aunque en forma puede adoptar múltiples posibilidades.

He aquí el relato de uno de estos árboles conscientes, desde sus comienzos, hasta donde debe narrarse. Resulta que una vez, por capricho del hades o de cualquier otro limbo, un inmenso árbol dejó caer una de sus semillas. Lo habitual en aquel bosque es que sus retoños crecieran extendiéndose en la planicie, como en los últimos milenios, pero esta vez no fue el caso. Cuando la semilla cayó al pasto, a los pies de este gran árbol, el viento la recogió y llevó lejos. Se trató de una ráfaga enviada, o no, por algo mayor. Algunos pensaron que era el destino, esas fuerzas inmensurables que lo hacen todo, pero otros pensaron que el viento es el único que se mueve sólo, a su propio ritmo, y que la semilla viajó por mera casualidad. El caso es que viajando grandes leguas, cruzando campos yermos, saltando ríos y pasando desapercibida entre hombres y otros habitantes de la tierra que podrían haberlo arruinado todo, llegó a caer a una charca que hasta ese momento no era más que lodo.

Tal vez la porquería y la inmundicia engendraron la vida, alimentando la semilla, y así nació una flor de loto en tono azulado. Fue una flor bellísima, cuyas hojas flotantes pronto cubrieron el pantano, creciendo y creciendo, hasta que un tallo fue capaz de elevarse del agua. Así nació aquel árbol consciente. Aquel tallo se irguió cuanto pudo, alimentándose de la podredumbre del pantano, purificándolo, y así sus aguas quedaron cristalinas y bellas. Aquello que una vez fue una ciénaga, se convirtió en un lindo bosque. Los árboles retorcidos de alrededor se estiraron buscando la luz. Los helechos, marrones y arruinados, cogieron un color verde vivo. El suelo arcilloso se cubrió de pasto y florecillas de diferentes colores. Brotaron setas de todas las formas y sabores, acudieron animales de todos los lugares, piaron los pajarillos, revolotearon las libélulas y nacieron los peces en la charca. Aquel sitio se convirtió en un bello oasis en mitad de aquel lúgubre bosque.

Fue entonces cuando nació ella: la dama del árbol. La primera semilla que un árbol consciente deja caer no es para reproducirse, sino para traerla a ella al Mundo. Ésta cayó desde las ramas bajas, y fue a parar al agua cristalina. Y allí, en las profundidades, nació U, la sirada. U no era un hada, ni una sirena, era una sirada. Fue diminuta y nunca creció. Pronto le crecieron largos y oscuros cabellos sobre una tez marrón. Cuando estaba sumergida tenía el cuerpo de una preciosa sirena, y cuando emergía, adoptaba la forma de un hada sin alas.

U era tan bonita... Era muy pequeña, diminuta, pero no le importaba. Vivía entre las ramas de su árbol consciente, bailando sin igual. Jugaba con las libélulas, o brincaba de hoja en hoja de los nenúfares, asustando a las ranas. Entre las hojas danzaba, trepando por tronco y ramas, saltando con destreza, pero ansiaba poder alzar en vuelo, planear hasta el pasto y a ras del agua, saborear cada segundo en el aire... Pero no tenía alas, y no había otra cosa que anhelara más en el mundo. Su mayor deseo era que en su preciosa y morena espalda le crecieran alas con las que revolotear por la pradera, entre el bosque, e ir y venir gritando, verse capaz. Pero no lo era. Por ello era una sirada triste, esperando que le crecieran. Envidiaba a las mariposas, a quienes miraba en su viajar, codiciosa por sus alas. Recelosa, trataba de cazarlas, para quitárselas e intentar pegárselas a la espalda, pero al ver que no podía, lloraba desde lo alto de su árbol viejo. Entre hojas, en los recovecos de su tronco, en las alturas, vivía triste aquella sirada preciosa. Sólo aguardaba a que crecieran en su espalda...

U cuidó por largo tiempo de su árbol consciente, con quien hablaba. Habitó entre sus raíces sumergidas, entre sus ramas en lo alto de su copa, y en el interior de su tronco, donde nadie podría encontrarla. Fue feliz, aunque siempre ansió muchas cosas. Hasta que un día apareció alguien que le invitó a echar un vistazo más allá de aquel lugar encantador, a internarse entre los árboles retorcidos que crecían alrededor del oasis en que vivía, y a conocer la realidad de un mundo cambiante e inmenso... Ella renegó desde un principio, sin querer saber, hasta que se despertó con la duda, y lloró con la idea de abandonar su árbol y aquel lugar maravilloso en que se sentía protegida, al que pertenecía. No podía abandonar su árbol, ni sus aguas cristalinas, ni sus ramas y hojas... Adoraba demasiado ese lugar mágico...

Alguna vez había pensado en adentrarse en aquel bosque retorcido, pues curiosidad no le faltaba, pero le daba muchísimo miedo. Su charca, y su árbol consciente, eran un lugar maravilloso del que no deseaba alejarse, pero aquella intriga siempre estuvo ahí. Aquel manantial terminaba donde los árboles retorcidos crecían entre gigantes helechos, con sus copas prohibiendo la entrada al sol, y los musgos creciendo de sus ramas. Era aterrador. Su árbol consciente, y un gnomo amigo suyo, le habían hablado mucho del exterior. Y de entre todas aquellas historias de miedo, la del monstruo Acarulga era la que más le aterraba. Era una bestia tan horrible, que hasta le quitaba el sueño por las noches... La verdad es que U era un poco miedica. Aunque le encantaban los cuentos, después a menudo tenía pesadillas en que los recordaba vívidamente. Jamás se había atrevido a saciar aquella curiosidad, y hasta ahora desconocía lo que pudiera haber más allá de su charca...

Hacía varias noches que U no dormía bien, un grillo cantarín se había instalado en algún lugar ¡y no hacía más que cantar y cantar! Y ya no podía más. Caminó muy despacito, con sigilo felino, entre las raíces de su árbol. Dándose impulso saltó sobre un nenúfar, haciendo equilibrio como si surfeara el lago, tan reluciente y cristalino. Aquella noche cerrada sólo las estrellas brillaban en lo más alto, observando desde el cénit de la bóveda del cielo. De aquel nenúfar saltó a otro, y a otro más, y allí vio al grillo. ¡El muy traicionero estaba oculto entre unas matas! Tras aquellas noches tratando de darle caza, había dado con él. Y pensaba mandarlo a paseo. Pero cuando éste la vio acercándose, dio un respingo y saltó hasta otro junco más lejano. La sirada, entonces, viéndose descubierta, saltó al agua, convirtiendo su cuerpito de hada en el de una sirena, y buceó hasta la orilla, donde estaba el insecto cantarín.

–¡Te pillé! –gritó ella al asomarse del agua.

–¡No me hagas nada! –le dijo él.

–¿Cómo? ¡Llevas noches atosigándome! ¡Ni dormir puedo! Vete o acabaré contigo, grillo.

–¿Atosigándote? –preguntó el grillo, con todo lo feo que era¬–. Pero si te estoy cantando…

U, viendo al grillo apenado, hasta dudó de lo que había venido a hacer. –Pero es que no puedo dormir… –sólo pudo decir.

–Perdóname, sirada preciosa, pero no pude evitarlo.

U puso cara de burla, ¿qué no podía evitarlo? ¡Ella sólo quería dormir!

–¿Y por qué no te vas a otra parte a cantar, grillo?

–Bien podría cantar en otra parte, pero es que hace unos días, cuando pasé por aquí, te vi, paseándote de rama en rama, nadando con presteza y charlando con tu árbol, y me enamoré perdidamente de ti. De cómo te mueves entre las hojas de laurel, de cómo bailas con el agua, y de tu vocecilla de sueño.

Ella no supo reaccionar. Miró al grillo y al ver sinceridad en su mirada, se apenó de él. No podía echarle por cantarle, lo acababa de entender. U era una sirada complicada. A ella le encantaba que la cuidaran, que la mimaran y que la cortejaran, como hacía el grillo con su cantar, pero jamás lo habría admitido.

–Grillo, te agradezco tus cantos. Pero es que no puedo dormir con ellos… Hagamos una cosa que te propongo: ven de vez en cuando y cántame al anochecer, pero después guarda silencio y déjame dormir. –El grillo hasta sonrió, asintiendo–. Creo que seremos buenos amigos –terminó U.

–Así haré. –Y de un salto salió volando hacia el bosque, perdiéndose en la noche. Mientras se iba, pensó que aquella sirada le gustaba más que cualquier cosa que hubiera visto, y decidió que desde entonces, sólo le cantaría a ella y a nadie más. Y así, alguna vez, regresó a cantarle a U, hasta que ella se iba a dormir, cuando él la velaba observando su carita preciosa…

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