Séptimo Día

155 65 189

"Y el séptimo día, comenzó el cataclismo digital"

Era domingo por la mañana, "el tan ansiado día de descanso". Un día destinado a hacer todas aquellas actividades ociosas que durante la semana se postergaban en pos de la faena profesional. Perfecto para leer algún interesante e-book, chatear con un amigo virtual de algún país extranjero al otro lado del mundo, tener un momento de "reunión familiar" a través de Skype, recrear la imaginación con algún entretenido juego en línea, ("prioritariamente" uno de ingenio, por "acostumbramiento" el Candy Crush) cambiar la estética corporal con las múltiples aplicaciones de belleza, dar un paseo por las tiendas virtuales y comprar un sinfín de pintorescos artículos innecesarios por medio de los catálogos on-line...En fin, un mundo de posibilidades al alcance de la mano, y con la ventaja de llevarlas a cabo desde la comodidad del sofá de nuestra sala.

Si...el mundo tecnológico era tan ventajoso y efectivo, tan imprescindible, intrínseco y cotidiano, en el sentido de que formaba parte del quehacer diario, que cuando Lucy se levantó de su cama, gracias al fulgor los rayos solares que se filtraban a través de su ventana, de aquel modo tan simple y natural, y no por efecto de la canción "Confident" seleccionada especialmente como el tema de alarma de su teléfono celular, (porque según las estadísticas "científicas" difundidas a través de la Wiki, los temas musicales que oíamos al despertar determinaban nuestro humor diario) lo hizo muy confundida, visiblemente extrañada.

Se fregó los ojos, para sacudirse los vestigios del sueño; una proyección que evocaba un paseo por la playa con sus padres cuando era niña, al despuntar el alba. En la imagen onírica las siluetas de las aves costeras se distinguían a la distancia. Sus alas se imprimían en aquel éter pincelado de ocres y naranjas, en su peregrinaje diario tras los barcos de pesca, y el rumor arrullador del agua era esparcido por la brisa mañanera y se escondía dentro de las caracolas que se apilaban en el muelle de piedra, desgastado por las constantes caricias de las olas, o en las conchas blancas diseminabas por la tostada arena. Lucy las recogía con afanoso esmero, porque más tarde comenzaría el armado de un collar artesanal con ellas, actividad que compartía junto a su madre.

Aquella imagen sin duda le había traído un poco de nostalgia, un deseo de una charla más profunda y prolongada con sus padres, un compartir más directo que el que solía hacer por las redes, a falta de tiempo para concretar un encuentro...o quizá no tenía que ver con los lapsus temporales, sino con las ganas o la falta de costumbre de aquella práctica, tan habitual en otras épocas.

Sea cual fuese el motivo, el anhelo estaba, y era tan intenso que no quiso ignorarlo. Así que se estiró para tomar el teléfono móvil, y hacerle una llamada a su madre para efectuar un encuentro, y de paso averiguar por qué la dichosa alarma no había sonado. Y entonces se dió cuenta que el celular estaba apagado, y más que eso, NO funcionaba. Lo comprobó después de conectarlo a tres cargadores diferentes, sin el menor éxito.

Entonces el estado de nervios y desesperación la embargó, lo mismo que las posibles hipótesis mediante las cuales intentaba explicar los "por qué" de aquella trágica situación.

De más está decir que Lucy, en su precaria formación técnica, aquella que le había otorgado su sentido común, desarmó el aparato, le quitó la batería, "la sopló", retiró el micro-chip, la tarjeta de memoria, y los examinó con ojo clínico, para luego volverlos a poner con magistral cuidado en el sitio correspondiente, y finalmente volvió a conectar y desconectar el móvil con los mismos fatídicos resultados.

Finalmente se dió por vencida y decidió dejar el arreglo del celular a un técnico más competente, pero aquella actividad tendría que esperar hasta el día siguiente. Solo deseaba que las fotos, videos, y demás material audiovisual que no había subido a la nube, las redes o compartido en otros dispositivos, no se le hubieran borrado, porque eso sería aún más nefasto. No tenía un medio físico, que le sirviera de respaldo.

Séptimo Día¡Lee esta historia GRATIS!