Elizabeth

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Algún lugar de Inglaterra… 

—¿Entonces, dice que no ha habido mejoría alguna desde la última visita del médico?

La circunspecta voz del vetusto clérigo resonó en aquella fastuosa habitación de estilo barroco que brillaba sutilmente, como la perla irregular que era, bajo las flamas de los múltiples cirios distribuidos sobre el mobiliario, en torno al lecho de sabanas revueltas.

En el mismo, yacía tendida una mujer de unos veinte años de edad en estado de convalecencia, vestida con un camisón de lino blanco ligeramente humedecido por el sudor corporal y por el cálido vaho que desprendían las crepitantes llamas del hogar.

Pese a su estado de enfermedad, se notaba que se trataba de una fémina refinada, de porte ínfimo pero regio. Sus facciones eran armónicas, gráciles y su nacarada faz destacaba de sus negros cabellos que caían en cascada sobre los hombros.

De los delgados cortes de sus muñecas, en aquella pose de brazos extendidos en cruz que le otorgaba la imagen doliente de un mártir torturado, colgaban algunos hilos de sangre borgoña que se acumulaba en las vasijas de porcelana ubicadas en cada flanco del camastro. Residuos de la resiente sangría que el doctor había recomendado practicarle eventualmente para aliviar la fiebre.

—Muy poca padre...—musitó, con cierto ápice de desconsuelo y ansiedad, el esposo de la aludida.

Aquel era un hombre de cuerpo enjuto pero de huesos anchos y de elevada altura. Tenía unos cincuenta años de edad y ya se estaba quedando calvo, y eran aquellas pronunciadas entradas frontales, sumadas a los afilados rasgos de su rostro, los que más acentuaban las diferencias con su esposa.

En cuanto a su temperamento, podría deducirse a simple vista que era un hombre de nervioso carácter y de marcadas ansias. Más hábil e interesado en los negocios que en la erudición.

Se trataba de un flamante burgués, cuya fortuna había sido cogida de las arcas de un incipiente capitalismo inglés.

Dicho caudal le había proporcionado el dinero suficiente para vivir en cierto estado de opulencia, en aquella suntuosa propiedad recientemente adquirida.

Tampoco había escatimado en destinar una buena parte de este capital en la contratación del médico "más apto" que el pueblo disponía para que se ocupara de la salud de su esposa, pero no le había servido para curarla con la premura que él deseaba.

—Creo que los métodos empleados no están surtiendo efecto—dictaminó desde su ignorancia pesaroso, resignado. Y es que aquel burgués estaba acostumbrado a ver a su amada vigorosa, enérgica, dedicada, siempre dispuesta a colmarlo de atenciones y tener ahora esa versión suya tan antagónica: marchita, inválida, era algo que no soportaba—.  Por eso, ha sido imperativo convocar su presencia, ya sea para que desde la fe me conceda la cura que la ciencia no ha podido otorgarme, o bien para implorar su bendición final.

El perspicaz sacerdote, que oía atentamente las conjeturas que aquel hombre "desesperado y afanoso" había formulado, paseó sus desvaídos ojos carentes de color por el paso de los años, pero no así de aquella expresión astuta, inquisitiva, que caracterizaba su mirada, por los ornamentos y las obras de arte que engalanaban la estancia, hasta centrarse específicamente en el rosario de cuentas rojas, único elemento religioso que colgaba de la chimenea y se acercó hacía ella para examinarlo.

—Ese objeto sacro es uno de los pocos elementos originales que conservo de la propiedad. Y no es el único ejemplar...—explicó el burgués al verlo interesado—. El dueño anterior los comercializaba y hay varias cajas de esos rosarios en uno de los cuartos donde he confinado los bártulos. Me pareció conveniente dejar este aquí en la habitación.

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