Me senté en la silla de madera de la cocina mientras veía a Luna cocinar con gesto concentrado, y admiré la calidez que ofrecía la cocina. Era un sitio coqueto y hogareño, las blancas paredes estaban adornadas por pequeños cuadros pintados por Álex y estantes repletos de libros de cocina que Luna solía leer con frecuencia. La encimera de mármol era larga y estaba llena de objetos como boles con fruta, una batidora, una máquina para hacer café y un jarrón con flores frescas. En frente de la encimera había dos mesas con baldes, donde había mil y una cosas, como cestas de mimbre con cacerolas y tarteras, bolsas para hacer la compra, muñecas de tela y cuadros con frases positivas que a Luna le encantaba coleccionar.

Al sentir un sonido por parte de Luna me giré y vi como sus cejas se juntaban y sus manos se apoyaban en su cintura, dejando los brazos en jarra.

—¿No deberías descansar?

—Sí... — suspiré —. Pero echaba de menos verte cocinar, me gusta verte relajada.

—Has vivido muchas emociones, mi niña. Ve a tu habitación y duerme un poco, te despertaré cuando esté todo hecho, aun faltas varias horas para cenar.

—Está bien... te veo luego entonces —Me despedí después de darle un tierno beso en la mejilla.

Subí las viejas escaleras de madera hasta el piso de arriba, aún chirriaban al soportar el peso de mis pies. Al llegar al baño que se encontraba cerca de mi habitación me detuve. Había vivido tantas emociones y estaba tan agotada que no sabía que saciar primero, el cuerpo me pedía a gritos comer, ducharme y dormir, todo a la vez. Consciente de lo sucia que aún me sentía por dentro, opté por ducharme primero. Me dirigí hasta mi habitación y abrí mi gran armario blanco de madera, dejando ver los conjuntos que había dejado para cuando viniera a visitarles. Cogí uno de los pijamas que estaba perfectamente doblado, seguramente por Zeus, y fui hasta el baño.

Al cerrar la puerta y trabar con el seguro, me detuve a contemplar el baño. Quizá parecía una tontería que me parase a contemplar todo pero para mí parecía que habían pasado veinte años sin regresar, el tiempo retenida se me había hecho eterno. Los azulejos azules brillaban con fuerza y las paredes estaban decoradas con las siluetas de las olas del mar, la bañera seguía siendo tan grande como la recordaba y las cortinas de Mickey Mouse seguían dándole ese aspecto infantil tan característico al baño que compartía con Álex.

Aparté las cortinas y comencé a llenar la bañera con agua templada mientras echaba sales y especias que a Zeus le encantaba tener, pues decía que relajaban a la par que contribuían a mejorar el cuidado de la piel. Me sentía mal por bañarme en vez de ducharme, pues Luna se había encargado de educarnos enseñándonos la importancia de cuidar el medio ambiente, pero por una vez no pasaría nada, lo necesitaba.

Al meter un pie en la bañera y sentir el agua templada, mi piel se respigó en respuesta, hacía mucho tiempo que no me daba un buen baño de espuma. Suspiré y me dejé caer dentro de la bañera, apoyando la espalda en una de las esquinas.

Mientras me enjabonaba el cuerpo con fuerza tratando de quitar toda la suciedad, no paraba de pensar en lo ricos que éramos teniendo cosas que otras personas no tienen y quizá nunca tendrán, cosas como agua potable para beber, bañarte, cepillarte los dientes... comida todos los días, variada y rica, a pesar de que la tiremos o la echemos a perder...un techo donde refugiarnos del frío, el calor, la lluvia, el viento... y una familia, un hogar donde protegerte y sentir la calidez y el amor. En ese momento me di cuenta de lo afortunada que era, lástima que eso solo sucede cuando pasan cosas así, duras, que te hacen replantearte todo.

Pensé en Lucía y en Valeria, además de en el resto de chicas. Me sentí reconfortada al saber que habían sido atendidas en el hospital y ahora estarían rehaciendo sus vidas, aunque sabía que tendría que ir a verlas, pues se habían convertido en una parte importante para mí.

Me envolví en una toalla al terminar, notando el suave tacto de esta cubriendo mi piel. Me quité las gotas de agua de mi cuerpo y me vestí con el pijama morado de franela que tanto añoraba.

Al llegar a la habitación me tiré en la cama, sintiendo como el mullido colchón se acostumbraba a mi delicado cuerpo. Contemplé desde ahí mi antigua mesa de escritorio, el ordenador que había encima y me había hecho conocer a Daniel, me respigué al recordarle.

Eche un rápido vistazo a las paredes violetas que daban color a mi habitación, a los cuadros que tenía y al amplio ventanal oculto tras una cortina violeta de tul. Estaba en casa de nuevo, con ese sentimiento presente me dormí, completamente exhausta.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando una voz me despertó, una voz dulce y familiar que me avisaba de que la cena ya estaba hecha. Me desperecé, mi cuerpo aún estaba resentido pues me pedía seguir durmiendo pero lo ignoré y bajé a la cocina.

Allí les vi a todos en la mesa, felices y sonrientes al estar todos reunidos de vuelta, parecía que nada había pasado. Devoré mi plato de carne con patatas y ensalada a una velocidad que sorprendió a todos, pues siempre había sido la más lenta.

—Cariño ¿quieres más? —Me preguntó Luna sonriente.

—Por favor —asentí, mirando con deseo la comida.

Al acabar de cenar, Zeus se puso a leer en salón y Álex se fue a su habitación para poder hablar por teléfono en privado con Sara, así que me quedé en la cocina con Luna.

—Te noto pensativa cariño —dijo Luna sonriente—. ¿Algo te preocupa?

—Me siento un poco confusa...por todo, supongo.

—He soñado que sostenías una balanza y la mirabas muy atenta, esperando a ver por qué lado se terminaba decantando —Me miró con dulzura y añadió—. ¿Estoy en lo cierto?

—Sí... —suspiré—. Que duro es el amor.

—Oh...pero gratificante si sabes que es el amor de tu vida —Me miró con ojos de enamorada.

—No lo sé...estar con él es como jugar a la ruleta, nunca sabes lo que te va a tocar —contesté arrugando la nariz.

—Escucha a tu corazón y lo sabrás —respondió guiñándome un ojo—. Buenas noches, tesoro.

—Buenas noches, mamá.

Me volví a mi habitación y me tiré en la cama, por primera vez después de tanto tiempo encendí el nuevo móvil que me habían regalado y miré el número de teléfono dudosa. Tenía muchos mensajes suyos a los que tarde o temprano sabía que tenía que contestar, pero estuve bastante rato pensando el qué, intuía que iba a hacer lo correcto pero temía equivocarme. Suspiré y pulsé el tono de llamada.

—Sergio, soy Alma. Tenemos que hablar.

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